LA DICHA DE DAR
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor» (Lc 1, 45)
Hijo mío, sacerdote: dichosa soy, porque en mí se hizo según la Palabra del Señor.
Y apenas fue engendrado el Cordero de Dios en mi vientre inmaculado, por obra del Espíritu Santo, y el Señor dio inicio al cumplimiento de su misión.
Su corazón sacerdotal infundió en mí el deseo de acudir con prontitud a servir. ¡Y sentí tal dicha!
Había recibido el mayor tesoro de Dios. En mi vientre vivía ya su propio Hijo, que es la eterna felicidad y, sin embargo, yo sentía la dicha de dar. Más dicha hay al dar que al recibir.
Y yo debía darlo a la humanidad, desde ese preciso momento, porque el Señor no vino a ser servido, sino a servir.
Y acudí con prontitud a visitar a Isabel. ¡Cuánta dicha sentí cuando ella recibió la gracia del Espíritu Santo a través de mí! Yo estaba llena de Él, y mi alegría con ella compartí. Y me quedé con ella para servirla, mientras el Señor la servía a través de mí.
Todo el que tiene a Cristo en su corazón siente lo mismo: el deseo de darse. Porque el corazón para sí mismo no puede contenerlo. Y aquel que se dispone a hacer la voluntad de Dios se transforma en su instrumento.
¡Dichoso seas tú, sacerdote de Cristo, porque tienes un corazón como el suyo!
Tu vocación es al servicio. Fuiste consagrado a Dios desde antes de nacer. Eres su elegido para vivir en configuración con aquel que fue enviado al mundo para darse, para entregarse a la muerte sirviendo a los hombres, liberándolos para que tengan vida.
Tú dijiste “sí”. Tú tienes un corazón sacerdotal, para ser en todo como tu Señor, para servir a Dios sirviendo a los hombres. Por tanto, no te sientas superior a ellos. A ti el Señor te ha hecho siervo. Los quiere a ellos. Tu deber es darle lo que quiere Él. Tienes la obligación de llevar muchas almas al cielo.
Debes darte, entregarte con todo tu corazón al servicio de tu ministerio, sabiendo que tu premio será grande en el cielo. No busques complacerte a ti mismo, sino complacer a Dios, a través de tu servicio. Tú has jurado servir a la Iglesia, el Señor espera de ti que cumplas tus promesas.
Pero no te ha enviado solo. Aquí estoy yo, que soy tu Madre. Tengo la dicha de hacer contigo lo mismo que hice con mi Hijo Jesucristo: acogerte, cuidarte, protegerte, ayudarte y servirte, como instrumento fiel, para que tú cumplas con tu misión.
Tú eres sacerdote de Cristo, configurado con el Cordero de Dios, el Mesías, el Señor, el Buen Pastor. Y yo soy la sierva del Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos, y que está contigo, como lo prometió, todos los días de tu vida.
Deja que arda tu corazón de deseo de servir. Lleva el servicio en el nombre de Cristo a los hijos de Dios. Siente la dicha de dar, que será mayor que la que sentiste cuando recibiste el sacramento sagrado de manos de Cristo, en la persona del obispo, cuando fuiste ordenado.
¡Dichoso seas, sacerdote!, porque tu deber lo cumples sirviendo al Rey.
«Observas que María no dudó, sino que creyó, y por eso ha conseguido el fruto de la fe.
Bienaventurada tú, dice, que has creído.
¡Mas también sois bienaventurados vosotros que habéis oído y creído!, pues toda alma que cree concibe y engendra la Palabra de Dios y reconoce sus obras.
Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor; que en todos resida el espíritu de María para exultar en Dios.
Si corporalmente no hay más que una Madre de Cristo, por la fe Cristo es fruto de todos: pues toda alma recibe el Verbo de Dios, a condición de que, sin tacha, preservada de vicios, guarde castidad en una pureza sin detrimento.
Toda alma que llega a este estado engrandece al Señor, como el alma de María ha engrandecido al Señor y como su espíritu ha saltado de gozo en el Dios Salvador»
(San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (1))
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 100)
