CORAZÓN PURO E INMACULADO
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María
En la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María
8 de diciembre
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”» (Lc 1, 28).
Hijo mío, sacerdote: ¡Alégrate! porque el Señor está contigo.
Tú has sido elegido, desde antes de nacer, para ser consagrado al Señor y configurado con Él.
Yo fui elegida, desde antes de nacer, sin pecado concebida, creada pura y perfecta tal y como Dios pensó desde un principio a su creatura.
La humanidad entera, en el plan de Dios original, debía haber nacido con el alma pura, como yo, pero el pecado del primer hombre y la primera mujer todo lo cambió.
El Señor, en su bondad y misericordia, no quiso destruir su obra, sino renovarla, y a su propio Hijo envió para rescatar a la humanidad de la terrible oscuridad en la que el pecado original los sumergió.
Y a mí me eligió para que el mundo viera la luz, para que naciera su Hijo Jesús, y pudieran alcanzar la pureza original y la salvación, a través de la muerte y resurrección del Señor.
Pero a mí, así como a ti, me preguntó, me dio libertad para elegir, igual que a ti, y yo dije: “sí, hágase en mí según tu Palabra”, y Él obró maravillas en mí. El Espíritu Santo me cubrió con su sombra y la pureza absoluta fue engendrada en la pureza de la creatura.
Tú dijiste: “sí, hágase según tu voluntad en mí”, y el Señor, la pureza absoluta, que habías ya engendrado en tu corazón por el sacramento del bautismo, con Él te configuró.
Por tanto, hijo mío, por Cristo, con Él, y en Él, tú has sido engendrado en mi corazón y en mi vientre también. Eso es lo que te hace distinto a mis otros hijos, que a través del deseo que Cristo manifestaba con las palabras en la cruz, engendré en mi corazón como mis propios hijos, pero de modo distinto que a Cristo. Por eso yo te digo que te amo con predilección, con el mismo amor que al Hijo de Dios.
Pero, hijo mío, solo la pureza puede ser unida a la pureza. Lo impuro se desprende, no permanece en lo que es absolutamente puro.
Si tienes tu corazón manchado de pecado, yo te acompaño, te ayudo, intercedo por ti, y espero con paciencia que acudas al sacramento de la reconciliación con Cristo, para que, una vez renovado, estés totalmente con Él configurado y unido a Él y a mí.
Duele mi corazón cuando te alejas de Dios, porque también te alejas de mí. Yo doy gracias al Señor, lo alabo, lo adoro, porque Él les concedió la posibilidad de renovarse constantemente para conseguir un corazón puro e inmaculado como el mío, a través de los sacramentos, fruto de la cruz.
Yo permanezco al pie de tu cruz, hijo mío, la misma cruz de Jesús. Acepta ser purificado, déjate lavar todos tus pecados, por el sacrificio de tu Señor, que ha sido por ti, para tu salvación, crucificado.
Sube con Él a esa cruz, déjate sanar, renueva tu alma, y ve en su nombre a predicar su Palabra, a purificar a su pueblo para que permanezcan mis hijos unidos a mi Corazón Inmaculado, y tú en ellos glorifiques al Padre, conduciéndolos al Paraíso, como lo hace Cristo.
Permanece unido a Él y unido a mí. Yo nunca te dejaré. Si un día te alejas, te sientes perdido, y quieres regresar, pero no encuentras el camino, mira a tu derecha, hijo mío, ahí estará la Reina, tu Madre, la Inmaculada, que tanto te ama y que te ayudará a purificar tu alma. Por ti intercederá ante el Rey, y conseguirá tu conversión, para que vuelvas a Él, y una vez por Él purificado, seas con Él totalmente configurado, y el cielo entero se alegre por haberte encontrado.
La gloria con la que glorifica el Hijo al Padre en un sacerdote es la misma gloria con la que se glorifica el Padre a sí mismo en su Hijo Jesucristo.
Yo soy la Inmaculada Concepción, la Virgen María, la Madre de Dios, Madre de Cristo y Madre de todos los hombres.
La Iglesia entera me alaba. Pero yo te digo, hijo mío, yo soy la esclava del Señor, y tú eres el mismo Cristo engendrado en mi vientre y en mi Corazón Inmaculado.
Hijo mío: te amo como amo al mismo Cristo.
«El misterio de la Inmaculada Concepción es fuente de luz interior, de esperanza y de consuelo. En medio de las pruebas de la vida, y especialmente de las contradicciones que experimenta el hombre en su interior y a su alrededor, María, Madre de Cristo, nos dice que la Gracia es más grande que el pecado, que la misericordia de Dios es más poderosa que el mal y sabe transformarlo en bien.
Por desgracia, cada día nosotros experimentamos el mal, que se manifiesta de muchas maneras en las relaciones y en los acontecimientos, pero que tiene su raíz en el corazón del hombre, un corazón herido, enfermo e incapaz de curarse por sí solo.
La Sagrada Escritura nos revela que en el origen de todo mal se encuentra la desobediencia a la voluntad de Dios, y que la muerte ha dominado porque la libertad humana ha cedido a la tentación del Maligno.
Pero Dios no desfallece en su designio de amor y de vida: a través de un largo y paciente camino de reconciliación ha preparado la alianza nueva y eterna, sellada con la sangre de su Hijo, que para ofrecerse a sí mismo en expiación «nació de mujer» (cf. Ga 4, 4).
Esta mujer, la Virgen María, se benefició anticipadamente de la muerte redentora de su Hijo y desde la concepción fue preservada del contagio de la culpa. Por eso, con su corazón inmaculado, nos dice: confiad en Jesús, él os salvará».
(Benedicto XVI, Alocución a la hora del Ángelus, 8 de diciembre de 2010)
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 202)
