Lc 4, 14-22 - Ungidos por el Espíritu Santo
Lc 4, 14-22 - Ungidos por el Espíritu Santo
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UNGIDOS POR EL ESPÍRITU SANTO

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos» (Lc 4, 20)

Hijo mío, sacerdote: el Espíritu Santo está sobre ti.

Del mismo modo que el Señor Jesús se dejó mover por su fuerza, con docilidad, para predicar la Palabra –que es Él mismo–, en medio del mundo, déjate tú mover por Él. Y, con la fuerza del Espíritu Santo, predica, llevando la buena nueva a los pobres, la libertad a los cautivos, proclamando el año santo del Señor.

Tú has sido ungido para continuar la misión para la que el Hijo de Dios fue enviado por su Padre.

Reconoce a Cristo en ti. Sé consciente, sacerdote, de que Cristo vive en ti. Ya no eres solo tú. Desde el momento de tu Ordenación eres uno con Cristo Jesús, el Señor. Estás configurado con la Palabra de Dios. Date cuenta de la grandeza de tu vocación.

Ten el valor de predicar la verdad, y si alguno te rechaza, es a Cristo al que rechaza. Si alguno te admira, es a Cristo al que admira.

Dime, ¿cómo quieres que sea tratado tu Señor: rechazado o admirado?

Él es digno de admiración. Por tanto, pon todo de tu parte para que aquellos a quienes anuncias la buena nueva queden admirados de tu predicación.

Prepárate, fórmate, estudia, lee, escucha, medita, reflexiona, lleva a la oración la Palabra de Dios, que se cumple en ti cuando predicas desde tu corazón y haces lo que dices.

Tu misión es evangelizar, dar a conocer a tu Señor, enseñar al pueblo de Dios todo sobre Él, para que lo conozcan y crean en Él, y lo amen, y lo admiren, y lo adoren, y lo alaben, y lo sigan, y sean, como tú, uno con Él.

Vive, sacerdote, como vivió tu Señor en medio del mundo.

Alza tu voz, eleva los ojos al Cielo, anuncia la venida próxima del Hijo de Dios.

Llama a su pueblo a la conversión, para que, cuando Él venga, encuentre fe sobre la tierra, y a ti cumpliendo tu misión.

En este mundo, gobernado por la globalización, aprovecha la oportunidad y los medios que el Señor te da para llegar con su Palabra, movido con la fuerza del Espíritu, a todos los rincones del mundo.

Cumple con tu deber, para que sobre el mal reine el bien, confiando en la Palabra del Señor, que te dice: “¡Ánimo!”.

No tengas duda de que tienes el poder de Cristo para vencer al maligno y santificar al pueblo de Dios, porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.

Escucha la Palabra del Señor.

Conviértete tú primero, poniéndola en práctica.

Cree en la verdad y en que la verdad te hace verdaderamente libre.

Predica la Palabra de Dios con libertad. Todo está en tu corazón.

No tengas miedo, ten ánimo, el Espíritu Santo está sobre ti y te ayudará, te recordará lo que debes decir.

La Palabra vive en ti, no te quedes callado. Cada vez que tú hablas de amor llevas paz y alegría a las almas que desean conocer a Dios.

«Hermanas y hermanos: la rigidez no nos cambia, solo nos esconde. La Palabra de Dios nos cambia. Y lo hace penetrando en el alma como una espada (cf. Hb 4, 12).

Porque, si por una parte consuela, revelándonos el rostro de Dios, por otra parte provoca y sacude, mostrándonos nuestras contradicciones y poniéndonos en crisis.

No nos deja tranquilos, si quien paga el precio de esta tranquilidad es un mundo desgarrado por la injusticia y el hambre, y quienes sufren las consecuencias son siempre los más débiles. Siempre pagan los más débiles.

La Palabra pone en crisis esas justificaciones nuestras que siempre hacen depender aquello que no funciona del otro o de los otros. Cuánto dolor sentimos al ver morir en el mar a nuestros hermanos y hermanas porque no los dejan desembarcar. Y esto lo hacen algunos en nombre de Dios.

La Palabra de Dios nos invita a salir al descubierto, a no escondernos detrás de la complejidad de los problemas, detrás del “no hay nada que hacer” o del “¿qué puedo hacer yo?” o del “es un problema de ellos o de él”.

Nos exhorta a actuar, a unir el culto a Dios y el cuidado del hombre. Porque la Sagrada Escritura no nos ha sido dada para entretenernos, para mimarnos en una espiritualidad angélica, sino para salir al encuentro de los demás y acercarnos a sus heridas.

Hablé de rigidez, de ese pelagianismo moderno, que es una de las tentaciones de la Iglesia.

Y buscar una espiritualidad angélica es la otra tentación de hoy: los movimientos espirituales gnósticos, el gnosticismo, que te ofrece una Palabra de Dios que te pone “en órbita” y no te deja tocar la realidad.

La Palabra que se ha hecho carne (cf. Jn 1, 14) quiere encarnarse en nosotros. No nos aleja de la vida, sino que nos introduce en la vida, en las situaciones de todos los días, en la escucha de los sufrimientos de los hermanos, del grito de los pobres, de la violencia y las injusticias que hieren la sociedad y el planeta, para no ser cristianos indiferentes sino laboriosos, cristianos creativos, cristianos proféticos».

(Francisco, Homilía de la Misa del Domingo de la Palabra de Dios, 23.I.22).

¡Muéstrate Madre, María!

(Pastores, n. 110)