Lc 24, 35-48 - La paz de Cristo
Lc 24, 35-48 - La paz de Cristo
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LA PAZ DE CRISTO

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Mientras hablaban de esas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”» (Lc 24, 36).

Amigo mío: la paz sea contigo.

Yo he venido a traerles la paz de mi resurrección.

Paz de vida eterna.

Paz del triunfo de la vida sobre la muerte.

Paz de libertad.

Paz del corazón.

Paz interior.

Paz de quien cree en mí, y se sabe hijo de Dios.

En el mundo hay mucha tribulación. No tengas miedo.

Yo he vencido al mundo, y aquí estoy.

Yo soy aquel que te llamó y te eligió.

Yo soy aquel que hizo arder de amor tu corazón la primera vez que me buscaste.

Pero fui yo el que me acerqué y te encontré. Te vi debajo de la higuera, y ardió en mi corazón mi deseo de que fueras mío para siempre.

Te llamé como mi siervo, y te llamé amigo.

Mi corazón, enamorado de los hombres, tiene tu nombre tatuado.

Yo soy con quien tú estás configurado.

Eres mío porque dijiste sí.

He venido por ti, pero no te salvaré sin ti.

Te necesito. Necesito tu sí.

Permanece en mí, como yo permanezco en ti.

Yo te prometo el Paraíso, que es infinitamente más bello y más placentero que lo que encuentras aquí en este mundo, que es pasajero.

Cree en mí, renuncia a todo aquello que te aleja de mí.

Camina conmigo.

Vive en mi paz. Llévala al mundo entero.

Cree en el Evangelio, y en que todo lo que de mí anunciaron los profetas se ha cumplido, y se cumplirá hasta la última letra.

Yo he venido a morir por ti, y por toda la humanidad, para sus pecados perdonar.

Pero es necesario que cada uno se vuelva a Dios y acepte que es pecador, y se arrepienta y pida perdón, porque la libertad de los hombres yo mismo la respeté en la cruz.

La libertad es intocable. Es más grande incluso que la cruz. Puedes rechazar la gracia que yo te doy. Elegir las tinieblas a la luz. Elegir la muerte a la vida. Ser indiferente a mi amor.

Pero yo te digo, amigo mío, que no tendrás paz en tu corazón, porque es mío, ¡y ahí mando yo!

Ven, recibe mi perdón. Recibe mi amor. Siente mi paz.

¡Reconóceme frente a ti cuando me tienes en tus manos! ¡Yo Soy!

Recuerda tus promesas. Es a mí a quien prometiste amar y seguir. Y cuando yo digo “yo soy” eres tú en mí, y yo en ti. Somos uno.

Eres muy importante para mí: ¡compréndelo!

Entiende mis palabras. Siéntelas en tu corazón. Y, una vez que aceptes esto, preséntate ante el mundo con seguridad y, en mi nombre, diles “La paz esté con ustedes”.

Tienes mi poder.

Mi paz será su paz.

«La paz esté con vosotros (Lc 24, 36). Fijémonos en el saludo inesperado, tres veces repetido por Jesús resucitado, cuando se apareció a sus discípulos reunidos en la sala alta, por miedo a los judíos (Jn 20, 19). En aquella época, este saludo era habitual, pero en las circunstancias en que fue pronunciado, adquiere una plenitud sorprendente. Os acordáis de las palabras: «Paz a vosotros». Un saludo que resonaba en Navidad: “Paz en la tierra” (Lc 2, 14) Un saludo bíblico, ya anunciado como promesa efectiva del reino mesiánico (Jn 14,27). Pero ahora es comunicado como una realidad que toma cuerpo en este primer núcleo de la Iglesia naciente: la paz de Cristo victorioso sobre la muerte y de las causas próximas y remotas de los efectos terribles y desconocidos de la muerte.

Jesús resucitado anuncia pues, y funda la paz en el alma descarriada de sus discípulos… Es la paz del Señor, entendida en su significación primera, personal, interior, aquella que Pablo enumera entre los frutos del Espíritu, después de la caridad y el gozo, fundiéndose con ellos (Gal 5, 22) ¿Qué hay de mejor para un hombre consciente y honrado? La paz de la conciencia ¿no es el mejor consuelo que podamos encontrar?… La paz del corazón es la felicidad auténtica. Ayuda a ser fuerte en la adversidad, mantiene la nobleza y la libertad de la persona, incluso en las situaciones más graves. Es la tabla de salvación, la esperanza… en los momentos en que la desesperación parece vencernos…. Es el primer don del resucitado, el sacramento de un perdón que resucita (Jn 20,23)»

(San Pablo VI, Catequesis, Audiencia General, 9.IV.75).

¡Muéstrate Madre, María!

(Pastores, n. 149)