Lc 9, 23-26 - ¿Para qué te hiciste sacerdote?
Lc 9, 23-26 - ¿Para qué te hiciste sacerdote?
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¿PARA QUÉ TE HICISTE SACERDOTE?

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará» (Lc 9, 23-24)

Hijo mío: dime, ¿para qué te hiciste sacerdote?

¿Para qué es un hombre ordenado sacerdote?

¿Para qué envió Dios a su único Hijo al mundo?

Para entregar la vida para la salvación de los hombres.

Para eso se hace un hombre sacerdote.

Para perder la vida por Cristo, y así encontrarla.

Para vivir un martirio de amor cada día, cargando su cruz con alegría, y así seguirlo.

Para glorificar a Dios con su vida.

Para predicar el Evangelio con la Palabra y con el ejemplo.

Para ser intermediario entre Dios y los hombres, y llevar a los hombres a Dios.

Para reunir a los hijos de Dios en un solo pueblo santo.

Para enseñar la doctrina cristiana, invitando a los hombres a la conversión.

Para exaltar la cruz con orgullo, haciéndose parte con Cristo, en su único y eterno sacrificio.

Para ser cordero y pastor.

Para ser hijo de Dios y ser llamado padre al mismo tiempo.

Para ser discípulo y ser maestro.

Para perdonar los pecados, siendo un pecador que lleva un tesoro en vasija de barro, que comprende y compadece al más pecador.

Para entregar la vida como Cristo la entregó, poniendo su confianza en las manos del Padre.

Un hombre se hace sacerdote no para ser servido, sino para servir.

Para atar y desatar, para derribar y construir.

Pero, sobre todas las cosas, un hombre se hace sacerdote para amar con el amor de Dios, hasta el martirio, dando la vida por el mejor de los amigos, correspondiendo a la bondad y a la justicia del verdadero amor.

El mejor amigo es Cristo. Nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

Aprende bien esto hijo mío: UN HOMBRE SE HACE SACERDOTE PARA SER SANTO.

«En su Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis, el beato Juan Pablo II delinea la identidad del sacerdote: Los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu»[1] (Congregación para el Clero, Directorio para la vida y ministerio de los sacerdotes, I).

«Madre de la Iglesia, nosotros, los sacerdotes, queremos ser pastores que no se apacientan a sí mismos, sino que se entregan a Dios por los hermanos, encontrando en esto la felicidad.

Queremos repetir humildemente cada día no sólo de palabra sino con la vida, nuestro “aquí estoy”.

Guiados por ti, queremos ser Apóstoles de la Misericordia divina, llenos de gozo por poder celebrar diariamente el santo sacrificio del atar y ofrecer a todos los que nos lo pidan el sacramento de la Reconciliación.

Abogada y Mediadora de la gracia, tú que estás totalmente unida a la única mediación universal de Cristo, pide a Dios para nosotros un corazón completamente renovado, que ame a Dios con todas sus fuerzas y sirva a la humanidad como tú lo hiciste.

Repite al Señor esas eficaces palabras tuyas: “No tienen vino” (Jn 2, 3), para que el Padre y el Hijo derramen sobre nosotros, como una nueva efusión, el Espíritu Santo»[2].

¡Muéstrate Madre, María!

(Pastores, n. 248)


[1] Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis, 15.

[2] Benedicto XVI, Acto de consagración de los sacerdotes al Corazón Inmaculado de María (12 de mayo de 2010): “L’Osservatore Romano”, edición en lengua española, n. 20, 16 de mayo de 2010, 15.