SACERDOTE RENOVADO
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«El vino nuevo hay que echarlo en odres nuevos» (Lc, 5, 38)
Amigo mío: como te lo prometí, todos los días estoy contigo.
Yo soy el novio. Tú eres mi invitado especial, porque no sólo compartes la mesa conmigo, como los demás, sino que con el novio estás configurado.
¿Acaso el novio ayunaría en su propio banquete?
Sin embargo, se hace banquete, dando la vida por sus invitados. Se sacrifica voluntariamente. No para cumplir una ley, como una tradición. No para presumir delante de la gente. Sino para que en Él muera el hombre viejo, y nazca el hombre nuevo.
Yo he venido a renovar todas las cosas.
Yo he traído el vino nuevo, y te he transformado, para que seas odre nuevo, y contengas en ti el mejor de los vinos.
Yo te he llamado para que participes conmigo en mi único y eterno sacrificio, dando tu vida voluntariamente para salvar a mi pueblo, víctima de expiación, como yo.
Sin embargo, no te pido tanto, como lo que te di yo. Y te doy todo lo que necesitas.
¡Mírame, aquí estoy! Celebra conmigo la vida.
Cuéntame cómo estás, qué necesitas.
Dime ¿a quién buscas?
¿Por qué piensas en acudir a alguien más para desahogar tus penas, para pedir ayuda, para apacentar tu corazón, para minar tu soledad, para llorar tus culpas, o para celebrar tus alegrías, tus triunfos, las batallas ganadas de cada día?
Aquí estoy, búscame a mí. ¿Acaso no sabes quién soy?
¿Acaso no crees que estoy aquí, que te veo, que te escucho, que te atiendo, que lloro contigo y río contigo, que me intereso por ti, porque te amo?
¿Acaso no crees en mí, y en que no basta todo lo que haces, sin mi gracia? Esos sacrificios no son agradables para mí.
No basta que me digas que me amas, si no me lo demuestras.
No basta que me digas “Señor, Señor”, si no haces lo que yo te digo.
No basta que vengas y te sientes a la mesa, y cenes conmigo, si tu corazón está lejos de mí.
Yo te he enviado a preparar a la novia, a enjoyarla, a vestirla de pureza con el mejor vestido de fiesta, para presentarla ante mí.
La novia es la Santa Iglesia. Y ¿quién eres tú?
Yo te digo, amigo mío, que, si participas plenamente conmigo, cumpliendo la voluntad de Dios, entonces participas también conmigo, como el novio, en las bodas del Cordero.
No bastan mil ayunos en mi presencia. Pero hazlos, si sientes mi ausencia. Y pide perdón. Yo te los tomaré en cuenta, porque, si no me sientes junto a ti, eres tú quien se ha ido.
¡Yo permanezco aquí!, esperando a que vuelvas y te sientes junto a mí, para hablar cara a cara, como hacen los amigos; para que arreglemos cuentas, y yo te renueve; para que seas, como antes ya ha sido: tú y yo uno.
Conquista a la novia con palabras de amor, derramando por ella mi sangre en la cruz, haciéndole llegar mi misericordia, el mejor de los vinos, contenido en el mejor de los odres, renovado, que eres tú.
«Porque nadie —les dice— echa un retazo nuevo sobre un vestido viejo. Nuevamente apoya el Señor su razonamiento en ejemplos de la vida corriente. El sentido de sus palabras es éste: “Mis discípulos no son todavía fuertes, sino que necesitan de mucha indulgencia. Todavía no han sido renovados por el Espíritu Santo. Y a quienes en tales disposiciones se hallan, no hay que imponerles demasiada carga de mandamientos”. Al hablar así, sentaba el Señor una ley y regla a sus propios discípulos para que, cuando ellos a su vez se atrajeran discípulos, de toda la tierra, se portaran con ellos con grande mansedumbre»
(San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, n. 30).
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 51)
