Lc 12, 32-48 - Mirar de frente a Jesús
Lc 12, 32-48 - Mirar de frente a Jesús
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MIRAR DE FRENTE A JESÚS

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela» (Lc 12, 37)

Amigo mío: dichoso seas si puedes sostenerme la mirada, verme a los ojos y sentir paz. Saber que vengo a pedirte cuentas, y tú puedas decirme: “Señor, aquí estoy, he venido para hacer tu voluntad”.

Dichosos seas, porque con mis ángeles y mis santos a mi Padre glorificarás.

Ojalá te des cuenta a tiempo de la oportunidad que Dios te da de servirlo, de recibir mi misericordia, de ser uno conmigo.

Acepta mi consejo, amigo mío. Prepara tu alma, conserva mi espíritu, porque nadie sabe ni el día ni la hora. Pero en tu juicio serás tratado con rigor, porque a ti, más que a muchos, te he manifestado mi amor.

Te he dado mi poder.

Para veneno beber, sin que te haga daño.

Para expulsar demonios, sin ser dominado por ellos ni por el miedo.

Para perdonar los pecados de mi pueblo.

Para gobernar.

Para evangelizar, predicando mi Palabra, haciéndola cumplir.

¡Permanece atento! ¡Despierta! ¡Sal de tu comodidad y mírame!

Y, si no puedes mirarme a los ojos, porque estás lleno de vergüenza, por tus pecados y tus ofensas, no pierdas el tiempo: ¡levántate!, y acude inmediatamente al sacramento de la reconciliación.

Busca a uno de tus hermanos y dile que tenga de ti compasión y perdone tus pecados, porque estoy pronto a venir. Mi justicia caerá sobre ti.

Tanto te amo, que te lo digo una y otra vez: ¡arrepiéntete!, ¡conviértete!, ¡cree en mí!

Vive con tu alma en estado de gracia. Los medios ya te los di. Y camina con la cabeza erguida, elevando tu mirada, esperando mi llegada con ilusión, sabiendo que ese día será para ti la dicha, cuando sientas que te abrazo en el fuego del amor de mi Sagrado Corazón.

Yo estoy impaciente por mirarte a los ojos y escuchar tu voz diciéndome: ¡ven, Señor Jesús! Tuyo soy.

Mientras tanto, quiero hacerte esta pregunta: ¿estás cumpliendo con tu deber?

Cuando yo venga ¿encontraré fe sobre la tierra?

«Habéis oído, hermanos, la Escritura que nos exhorta e invita a estar en vela con vistas al último día.

Que cada cual piense en el suyo particular, no sea que opinando o juzgando que está lejano el día del fin del mundo, os durmáis respecto al vuestro.

Habéis oído lo que dijo a propósito de aquél: que lo desconocen tanto los ángeles como el Hijo, y sólo lo conoce el Padre.

Esto plantea un problema grande, a saber, que guiados por la carne juzguemos que hay algo que conoce el Padre y desconoce el Hijo. Con toda certeza, cuando dijo «lo conoce el Padre», lo dijo porque también el Hijo lo conoce, aunque en el Padre.

¿Qué hay en aquel día que no se haya hecho en el Verbo por quien fue hecho el día? «Que nadie, dijo, busque el último día, es decir, el cuándo ha de llegar».

Pero estemos todos en vela mediante una vida recta para que nuestro último día particular no nos coja desprevenidos, pues de la forma como cada uno haya dejado su último día, así se encontrará en el último del mundo.

Nada que no hayas hecho aquí te ayudará entonces. Serán las propias obras las que eleven u opriman a cada uno»

(San Agustín, Sobre los Evangelios Sinópticos, Sermón 97, 1).

¡Muéstrate Madre, María!

(Pastores, n. 69)