COMPLICIDAD DE AMIGOS
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Cuando llegaron a donde estaba Jesús, le dijeron: “Juan el Bautista nos ha mandado a preguntarte si eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro”» (Lc 7, 20)
Amigo mío:
Los amigos se conocen, se tratan, se entienden con pocas palabras.
Pueden expresarse y comprenderse perfectamente, sin necesidad de explicaciones.
Muchas veces una sola palabra basta, una sola frase, para que el otro comprenda perfectamente qué le quiere decir.
Juan el Bautista y yo nos conocíamos desde antes de nacer. Tan solo con sentir mi presencia –en el vientre de mi Madre aún estaba–, y él saltó de gozo en el vientre de su madre Isabel.
Nos tratamos. Juntos jugamos. Crecimos.
Éramos familia. Éramos hermanos.
Fuimos los mejores amigos.
Cuántas veces charlamos. Juntos soñamos con un mundo convertido, para la gloria de Dios.
Hablábamos de nuestra misión con gran ilusión. Él me conocía, y sabía perfectamente lo que decía aquel día en prisión.
Y también sabía que nadie más que yo su mensaje comprendería.
No eran solo palabras. Era la exigencia de un hermano, de un amigo, que me urgía a cumplir mi misión, porque esa era su misión: anunciar a aquel que venía detrás de él, y que traía al mundo la salvación.
Y yo le respondí con obras.
“Está hecho, hermano, esto de lo que tú y yo tanto hablamos.
Llegó mi hora, y también la tuya. Mi misión comienza en medio del mundo.
Esta es mi revelación. Los milagros que me pides son tan solo la manifestación de esta revelación. Y aquí puedes dar por terminada, y bien cumplida, tu misión.
Prepararé el camino para que los hombres lleguen al Paraíso, en donde charlaremos, jugaremos, gozaremos, nuestra amistad celebraremos eternamente, tú y yo.
Aquel a quien anunciaste con tanta pasión, con tanto fervor, con tanta devoción, con tanta humildad, ha manifestado en el mundo su poder. Dichoso sea aquel que no se escandaliza de Él, sino que cree, porque será salvado. Alégrate conmigo.
Ese proyecto del que hablamos, para el mundo, será consumado”.
Y así, amigo mío, es como se hablan, sin palabras, los amigos.
Así me gustaría mucho tener una conversación contigo cada día, de manera que llegue el día en que me exijas los medios para concretar tu misión, sabiendo que no me ofenderás, sino que me complacerás, porque serás, como Juan el Bautista, para el mundo, un gran intercesor ante tu Señor, que te ha llamado y te ha ordenado sacerdote, para ser su siervo, pero que te ha llamado amigo.
Ojalá tú quieras tener la misma complicidad que tuvo mi hermano Juan conmigo.
Entonces te diré al final de tu vida: “has cumplido bien con tu misión. Continuaremos nuestra amistad eterna en mi Paraíso. Y tendrás parte conmigo, no como siervo, sino como verdadero amigo”.
«Espiritualmente hablando ya hemos dicho que en San Juan se encontraba el tipo de la ley que anunciaba la venida de Jesucristo. San Juan envió sus discípulos al Señor para que concluyesen de instruirse, porque Jesucristo es la plenitud de la ley.
Y puede decirse que estos dos discípulos son los dos pueblos, de los que uno es el judío que creyó, y otro el de los gentiles, que también creyó, pero fue porque oyó. Estos quisieron ver, porque son bienaventurados los ojos que ven.
Y cuando llegó la predicación del Evangelio, y vieron que los ciegos eran iluminados, que los cojos andaban, etc., dirían entonces: «Lo hemos visto con nuestros propios ojos»: nos parece que vemos lo mismo que leemos; o al menos en cierta parte de nuestro cuerpo nos parece haber recorrido la pasión de nuestro Señor: porque la fe llega a muchos por medio de pocos.
La ley anuncia que Jesucristo había de venir, y el Evangelio dice que ha venido ya».
(San Ambrosio, Catena Aurea)
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 206)
