EN PERFECTA CONFIGURACIÓN
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Como todos comentaban, admirados, los prodigios que Jesús hacía, éste dijo a sus discípulos: “Presten mucha atención a lo que les voy a decir: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres”. Pero ellos no entendieron estas palabras» (Lc 9, 43-44).
Hijo mío: tú eres sacerdote para siempre.
Has recibido el don de la configuración con Cristo, el Señor.
Pero no todos comprenden esto.
Algunos hombres tienen un velo en los ojos. No pueden ver ni comprender la grandeza y la belleza del ministerio sacerdotal.
Pero a ti el velo de tus ojos te fue quitado, para que veas y comprendas las maravillas de tu vocación.
Algunos de mis hijos sacerdotes cierran los ojos porque tienen miedo. No quieren ver, no quieren preguntar, no quieren saber qué tan grande es su responsabilidad, y pierden la oportunidad de vivir la vida de Cristo dando la vida, como la dio Él, para salvar a su pueblo.
No aceptan la total configuración con el Hijo de Dios, y, como consecuencia, no ejercen bien su ministerio.
Tú, hijo mío, mantén tus ojos abiertos.
Permanece atento a las inspiraciones del Espíritu.
Busca en todo cumplir la voluntad de Dios, agradeciendo cada día esta elección de predilección, con la que te ha llamado a ser su siervo fiel.
Pero te ha llamado amigo, porque todo lo que el Padre le ha dicho a Él te lo ha dado a conocer, para que hagas sus obras, y aun mayores.
Y te ha prometido que estará contigo todos los días de tu vida.
Decídete. Ríndete ante tu Señor. Deja que sea Él, y no tú, quien viva en ti.
No tengas miedo al sufrimiento de la cruz. Mira más allá de lo que todos ven.
Descubre la belleza del misterio, a través del sufrimiento por amor a Dios y al prójimo.
Atraviesa la oscuridad, confiando totalmente en Dios, y verás la luz. Y vivirás participando de esa luz, iluminando al mundo, llevando almas a Dios. Encontrarás la verdadera felicidad, que no se encuentra en esta tierra ni en esta vida pasajera, sino en la única verdad, que es eterna.
Toma mi mano, camina conmigo. Yo te ayudaré a descubrir a Cristo en ti.
Te trataré de la misma manera que lo traté a Él.
Te cuidaré como lo cuidé.
Te ayudaré para que crezcas en estatura, en gracia y en sabiduría, como lo hizo Él.
Persevera en la oración, reza conmigo, adoremos al Señor.
Él es tu única razón de ser.
Él es el aire que respiras, el aliento que te da vida, el Espíritu que te mueve, la gracia que te anima, la bondad que te llama para derramar sobre ti su misericordia.
Él es el amor que te ama, y que te dice: “no te deslumbres con los milagros y prodigios que puedo hacer sobre mi pueblo. Participa del misterio de mi cruz. Entrega tu vida en manos de los hombres, y yo te transformaré en luz. Harás milagros y prodigios mayores que los míos, porque yo he subido al Padre y te he dado el poder de hacerme permanecer contigo”.
Escucha las palabras del Señor y hazlas tuyas, predícalas con la palabra y con las obras. Tú hablas y obras en el nombre del Señor, no como cualquier hombre, sino como verdadero Cristo, en perfecta configuración, porque te ha elegido y te ha dado el don.
Tú eres un hombre sagrado. Muéstrate digno de tal consideración y de tan maravilloso regalo.
Tú eres un hijo predilecto de María, la Madre de Dios.
«Es esencial, para una vida espiritual que se desarrolla a través del ejercicio del ministerio, que el sacerdote renueve continuamente y profundice cada vez más la conciencia de ser ministro de Jesucristo, en virtud de la consagración sacramental y de la configuración con Él, Cabeza y Pastor de la Iglesia.
Esa conciencia no solo corresponde a la verdadera naturaleza de la misión que el sacerdote desarrolla en favor de la Iglesia y de la humanidad, sino que influye también en la vida espiritual del sacerdote que cumple esa misión. En efecto, el sacerdote es escogido por Cristo no como una «cosa», sino como una «persona». No es un instrumento inerte y pasivo, sino un «instrumento vivo», como dice el Concilio, precisamente al hablar de la obligación de tender a la perfección (PO, 12). Y el mismo Concilio habla de los sacerdotes como «compañeros y colaboradores» del Dios «santo y santificador» (PO, 5).
(Juan Pablo II, Ex. Ap. Pastores Dabo Vobis, n. 25)
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 189)
