Lc 12, 08-12 - Reconocer a Cristo
Lc 12, 08-12 - Reconocer a Cristo
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RECONOCER A CRISTO

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Yo les aseguro que a todo aquel que me reconozca abiertamente ante los hombres, lo reconocerá abiertamente el Hijo del hombre ante los ángeles de Dios; pero a aquel que me niegue ante los hombres, yo lo negaré ante los ángeles de Dios» (Lc 12, 8-9)

Amigo mío: que el Espíritu Santo esté contigo.

Abre tu corazón y ¡llénate de Él!

El Espíritu Santo es Dios. Es la fuerza que sale de mí, y yo te la doy, porque estás configurado conmigo.

Pero algunos de ustedes me niegan ante los hombres.

Algunos blasfeman contra Él.

Yo estoy aquí. Me he puesto a la merced del mundo, para que hagan conmigo lo que quieran.

Algunos me adoran.

Otros me crucifican. De sus corazones me destierran.

Pero yo soy el perdón. Estoy aquí para soportarlos.

El Padre envió al mundo a su único Hijo para servir a los pecadores, para ser humillado de los hombres, para salvarlos.

Pero Él le da el Espíritu Santo a los que lo aman.

Por tanto, los que hablen mal de mí, los que obren contra mí, por mi cruz serán perdonados, si se arrepienten.

Pero los que blasfemen contra el Espíritu Santo son unos mentirosos, no aman a Dios como dicen, no merecen su perdón.

Mi Padre no tolerará esas ofensas que cometen al no creer en mí, al no reconocerme, porque, para negarme, hay que tener valor, mucho más que para aceptarme.

Negar al Hijo de Dios es la más grande blasfemia contra el Espíritu Santo.

Cuando un sacerdote reniega de su sacerdocio comete blasfemia contra el Espíritu Santo, porque es a mí a quien niega.

«El que rechaza el Espíritu y la Sangre permanece en las «obras muertas», o sea en el pecado. Y la blasfemia contra el Espíritu Santo consiste precisamente en el rechazo radical de aceptar esta remisión, de la que el mismo Espíritu es el íntimo dispensador y que presupone la verdadera conversión obrada por él en la conciencia.

Si Jesús afirma que la blasfemia contra el Espíritu Santo no puede ser perdonada ni en esta vida ni en la futura, es porque esta «no-remisión» está unida, como causa suya, a la «no-penitencia», es decir al rechazo radical del convertirse. Lo que significa el rechazo de acudir a las fuentes de la Redención, las cuales, sin embargo, quedan «siempre» abiertas en la economía de la salvación, en la que se realiza la misión del Espíritu Santo. El Paráclito tiene el poder infinito de sacar de estas fuentes: «recibirá de lo mío», dijo Jesús. De este modo el Espíritu completa en las almas la obra de la Redención realizada por Cristo, distribuyendo sus frutos.

Ahora bien, la blasfemia contra el Espíritu Santo es el pecado cometido por el hombre, que reivindica un pretendido «derecho de perseverar en el mal» —en cualquier pecado— y rechaza así la Redención. El hombre queda encerrado en el pecado, haciendo imposible por su parte la conversión y, por consiguiente, también la remisión de sus pecados, que considera no esencial o sin importancia para su vida. Esta es una condición de ruina espiritual, dado que la blasfemia contra el Espíritu Santo no permite al hombre salir de su autoprisión y abrirse a las fuentes divinas de la purificación de las conciencias y remisión de los pecados».

(San Juan Pablo II, Enc. Dominum et Vivificantem, n. 46).

¡Muéstrate Madre, María!

(Pastores, n. 176)