Mt 3, 1-12 - Conversión, penitencia, consagración
Mt 3, 1-12 - Conversión, penitencia, consagración
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CONVERSIÓN, PENITENCIA, CONSAGRACIÓN

Reflexión para sacerdotes

desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Entonces comenzó a recorrer toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados» (Lc 3, 3)

Hijos míos: conversión, penitencia, consagración a mi Inmaculado Corazón.

Esa es mi petición.

Ese es mi llamado para que sus obras sean agradables al Señor.

Eso es lo que les mandó enseñar, a través de la voz de Juan el Bautista: conversión y penitencia por sus pecados.

Y a mí me envió para ayudarlos. Todo aquel que consagra su vida a mi Corazón Inmaculado se consagra a Cristo Jesús, porque mi corazón está unido al suyo. Yo siempre los llevo a Jesús.

Vengan a mí. Yo los haré descansar en mis brazos. Confíen en su Madre del cielo. Yo no voy a defraudarlos, porque el Señor concede todo lo que yo le pido, especialmente lo que necesitan sus amigos.

Ustedes, mis hijos sacerdotes, tienen una gran misión: perdonar los pecados del pueblo de Dios. Pero también hacer penitencia por esos pecados, para desagraviar el Corazón Sagrado del Hijo de Dios.

¿Con quiénes dicen ustedes que están? ¿Con los justos o con los pecadores?

Ustedes están con los justos, con los que sirven a Dios. Pero conviven con los pecadores, como Jesús les enseñó.

No se confundan, hijos míos. No quieran justificar sus faltas, sus debilidades y sus infidelidades comportándose como aquellos a los que el Señor los envió. Si así lo hicieren, sepan que ustedes son los primeros que necesitan conversión.

El Señor no vino a buscar a justos, sino a pecadores, para transformarlos en justos, para corregirlos, para enseñarles el camino de la salvación. Pero Él jamás pecado cometió.

No se relajen en los ambientes paganos, en los que les pone tantas tentaciones el diablo, engañándolos, haciéndoles creer que, comportándose como ellos, los pecadores, es como los podrán convencer. Ni siquiera un pecador admira las obras de otro.

Ellos quieren ser rescatados, y no abandonados, sumidos con ustedes en el lodo.

Ellos necesitan un justo a quien respetar, admirar y seguir, que les enseñe y les ayude a limpiar su mente, su alma y su corazón.

Ellos necesitan ver en ustedes a Cristo, Buen Pastor.

Compórtense a la altura de su sagrada vocación.

Invoquen al Espíritu Santo, para que los ayude a tener un verdadero encuentro con Cristo y una total conversión.

Decídanse, de una vez por todas, a pisar fuerte, con los dos pies, en el Reino de Dios.

El camino es la conversión y la santificación. Pidan al más grande entre los hombres, san Juan Bautista, su intercesión, para que ustedes tengan el valor, como él, de cumplir con su misión.

Yo los acompaño con mi protección de Madre, y mi intercesión suplicante.

 

«Puesto que Juan perseveró en la santidad, precisamente porque se mantuvo humilde en su corazón, y en cambio, muchos han caído precisamente porque se envanecieron en sí mismos con pensamientos altivos, dígase con razón: Todo valle será terraplenado, y todo monte y collado, allanado; porque los humildes reciben la gracia que rechazan de sí los corazones de los soberbios.

Prosigue: Y así los caminos torcidos serán enderezados, y los escabrosos, igualados. Los caminos torcidos son enderezados cuando los corazones de los malos, torcidos por la injusticia, se rigen por la norma de la justicia; y los escabrosos se tornan planos cuando las almas que no son mansas, sino iracundas, vuelven a la suavidad de la mansedumbre por la infusión de la gracia celestial.

De manera que, cuando el alma iracunda no recibe la palabra la verdad, es como si la aspereza del camino impidiera el paso del caminante; en cambio, cuando el alma iracunda, por la gracia de la mansedumbre que ha recibido, acepta la palabra de exhortación, el predicador encuentra llano el camino allí donde antes no podía dar un paso por la escabrosidad del mismo camino, esto es, donde no podía predicar»

(San Gregorio Magno, Homilía sobre los Evangelios, Homilía XX).

 

 

¡Muéstrate Madre, María!

 

 

(Pastores, n. 95)

 

PASTORES: COLECCIÓN DE REFLEXIONES PARA SACERDOTES

 

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