SEGUIR A JESÚS
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres» (Mc 1, 17)
Amigo mío: ¡sígueme!
Ese es mi llamado de hoy, y de cada día, para mis sacerdotes.
Y tú ¿me sigues?
Me sigues cuando dices “sí, hágase tu voluntad en mí”.
Me sigues cuando caminas en medio del mundo, dando buen ejemplo, viviendo como yo viví en el mundo.
Me sigues cuando escuchas mi Palabra y crees en el Evangelio.
Me sigues cuando te levantas cada mañana, bien dispuesto, e invocas al Espíritu Santo para cumplir bien tu ministerio.
Me sigues cuando pones tu fe por obra.
Me sigues cuando llevas al mundo esperanza.
Me sigues cuando haces caridad.
Me sigues cuando te compadeces de las multitudes que caminan perdidas, como ovejas sin pastor, y las enseñas.
Me sigues cuando rezas con devoción.
Me sigues cuando te acercas al Sagrario y me abres tu corazón.
Me sigues cuando acudes al confesionario y me pides perdón.
Me sigues cuando perdonas los pecados de aquellos que se acercan a ti con verdadero arrepentimiento.
Me sigues cuando aceptas tu cruz, y la llevas con alegría y dignidad.
Me sigues cuando celebras la misa y somos uno en el altar.
Me sigues cuando administras los sacramentos, derramando mi misericordia.
Me sigues cuando haces un buen examen de conciencia, reconociéndote pecador, doliéndote por tus pecados por faltar a mi amor.
Me sigues cuando te reconoces mi amigo, pero sabes que eres mi siervo, y me sirves.
Me sigues cuando renuncias a ti, a los placeres del mundo, a los pecados y tentaciones que te alejan de mí.
Me sigues cuando echas las redes, y en pescador de hombres te conviertes, trabajando para mí.
Me sigues cuando te santiguas para dormir.
Me sigues cuando acompañas a mi Madre, y permites que ella te acompañe a ti.
Me sigues cuando bendices en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Sígueme, amigo mío, cumpliendo la misión que yo te di, a pesar de las dificultades, de lo difícil o imposible que parezca para ti, porque yo te doy la gracia. Nada es imposible para mí.
Sígueme, cuidando y guiando a la Iglesia, perdonando los pecados de mi pueblo.
Sígueme, haciendo bien tu trabajo, rechazando toda distracción, agradeciendo cada día este amor de predilección que te tengo yo.
Sígueme, aquí estoy, soy yo quien te llama, deseando encender el fuego de mi amor en tu corazón y derramar gracias de conversión para todos mis obispos y sacerdotes.
Es mi deseo que reine la siempre Virgen Santa María de Guadalupe en sus corazones, que mi luz los ilumine, y que brille, a través de ustedes, para el mundo entero.
«Considerad la fe y obediencia de estos discípulos. Hallándose en medio de su trabajo –y bien sabéis cuán gustosa es la pesca–, apenas oyen su mandato, no vacilan ni aplazan un momento su seguimiento.
No le dijeron: Vamos a volver a casa y decir adiós a los parientes. No, lo dejan todo y se ponen en su seguimiento, como hizo Eliseo con Elías.
Ésa es la obediencia que Cristo nos pide: ni un momento de dilación, por muy necesario que sea lo que pudiera retardar nuestro seguimiento.
No habían visto milagro alguno del Señor, y, sin embargo, creyeron en la gran promesa que les hacía y todo lo pospusieron a su seguimiento.
Ellos creyeron, en efecto, que por las mismas palabras con que ellos habían sido pescados lograrían también ellos pescar a otros.
A Andrés y Pedro eso les prometió el Señor, mas en el llamamiento de Santiago y Juan no se nos habla de promesa alguna.
Seguramente la obediencia de los que les precedían les había ya preparado el camino»
(San Juan Crisóstomo, Homilía 14).
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 6)
