DOMINGO DE RAMOS
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Vayan al caserío que está frente a ustedes. Al entrar, encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí. Si alguien les pregunta por qué lo desatan, díganle: ‘El Señor lo necesita’» (Lc 19, 30-31).
Hijo mío, sacerdote: tu Señor te necesita. Alégrate.
Tienes el honor de haber sido llamado y elegido para llevar sobre tus espaldas la sagrada carga del Señor, que es el ministerio que te encomendó, para que continúes su misión de salvación.
Siéntete honrado y privilegiado de que Él te haya considerado como al burrito consideró, para participar en su plan de salvación.
Un burrito cualquiera, que después de haber llevado al Señor en su entrada triunfal a Jerusalén, ya no fue tan sólo un burrito cualquiera, sino el trono del Rey.
Tú tienes ese honor cuando elevas entre tus manos a tu Señor en la Sagrada Eucaristía.
Siéntete dichoso cuando ante Él el pueblo de Dios se pone de rodillas, adorándolo, reconociendo y exclamando ¡Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre! ¡Hosanna en el cielo! ¡Viva Cristo Rey!
Reconócelo y adóralo tú también. Alábalo con ímpetu, con emoción. Que el pueblo entero se dé cuenta de que tú crees que Él es verdaderamente tu Señor, crucificado, muerto y resucitado, entre tus manos exaltado, alimento sagrado, para la vida eterna de todo aquel que sea digno de recibirlo.
Entra a la celebración de cada Misa en procesión, como en este Domingo de Ramos, con la disposición interior de participar, no en un recuerdo de algo pasado, sino en la conmemoración, en tiempo presente, del sacrificio único y eterno de tu Señor, y de su resurrección.
Acércate al altar con alegría, como en la entrada triunfal. Sé ejemplo para el pueblo de que esta acción de gracias se vive de verdad.
Entrégate a la cruz de tu Señor. Déjate con Él crucificar. Experimenta en tu corazón los mismos sentimientos de Él, en ese preciso momento de su crucifixión.
Que tú y Él sean uno, dando la vida para perdonar los pecados del mundo.
Vive, hijo mío, con Él este sacrificio redentor en el momento de la consagración. Arrodíllate con fervor. Deja que el pueblo vea tu fe, tu devoción y tu amor.
Eleva el cuerpo y la sangre de tu Señor, para que el pueblo lo vea y crea, cuando fortalezcas su fe con tu devoción y tu entrega en el altar.
“Este es mi cuerpo”, “esta es mi sangre”. Dilo, hijo mío, creyéndolo de verdad. Tu cuerpo y tu sangre con el Señor vas a entregar. Muéstrales a Cristo vivo, resucitado en el altar, porque el Señor no los alimenta con un pan inerte. Él les da vida con su muerte. Los alimenta con el pan vivo bajado del cielo, que es el Rey del universo, y eres tú con Él.
Esta es tu entrada triunfal hacia la Pascua. Canta alabanzas, glorifica a Dios, invita al pueblo a unirse a tu acción de gracias.
Predica con fuerza la palabra. Que nadie calle tu voz. Deja que hable el Señor desde lo más profundo de tu corazón, para que enciendas del fuego de su amor los corazones de tus fieles, y alaben al Señor con júbilo, en unidad contigo, porque si ustedes callan, gritarán las piedras.
¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Viva Cristo Rey! ¡Alabado sea Jesucristo en el trono de las manos de sus sacerdotes!
Benditos sean los siervos del Señor que han aceptado su carga, porque su yugo es suave y su carga ligera, y ya no son hombres cualquiera, son el mismo Cristo vivo, en perfecta configuración.
Benditos sean, porque vienen en el nombre del Señor.
«Como no recuerdo lo que os dije otras veces sobre el tema de esta fiesta en la cual Jesucristo nuestro Señor hizo su entrada en Jerusalén, he pensado explicaros las razones que le movieron a escoger una burra y su pollino para esta entrada real.
La primera es la humildad de este animal; la segunda su paciencia y la tercera, que se dejó montar... No fue casualidad que la burra ya hubiese llevado carga y que el pollino nunca hubiera llevado peso; es porque Dios había cargado ya al pueblo judío con su Ley mientras que los gentiles nunca la habían recibido; venía pues el Señor a imponer su yugo, esa es la razón de haber montado un pollino...
La primera razón era la humildad: escogió, entre todos los animales, el más simple y humilde, pues estando enamorado de la humildad y la bajeza, nada que no fuera humilde podía servirle de montura, Dios no habita ni descansa sino en el corazón humilde y sencillo... Le han humillado y despreciado porque Él así lo ha querido y Él mismo es quien se ha abajado y ha escogido las abyecciones; Él, que era siempre y en todo igual a su Padre, sin dejar de ser lo que era, buscó la repulsa y el rechazo de los hombres.
La segunda es la paciencia... El Señor ha amado tanto esta virtud que ha querido ser un ejemplo y un espejo de ella; ha sufrido con una paciencia invencible que le pegasen y maltratasen. La humildad tiene tanto en común con la paciencia que no pueden ir una sin la otra: quien quiera ser humilde, tiene que ser paciente pues no se pueden soportar, por largo tiempo, los trabajos y adversidades de esta vida sin tener humildad, y ésta nos vuelve dulces y pacientes...
El tercer motivo fue porque este animal es obediente y se deja cargar cómo y tanto como se quiere, sin disgusto y sin sacudir nunca la carga que se le pone encima... ¡Bienaventuradas las almas que son dóciles y sumisas, pues el Señor las conducirá!»
(Francisco de Sales, Sermón (20-03-1622)).
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 145)
