Mt 22, 1-14 - Vestidos de fiesta
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VESTIDOS DE FIESTA

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Cuando el rey entró a saludar a los convidados, vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’. Aquel hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a los criados: ‘Atenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación’. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos» (Mt 22, 11-14).

Hijo mío: muchos son los llamados, pero pocos los elegidos. Tú has sido llamado y elegido para ser el último y el servidor de todos, configurado con el Cordero de Dios, para traer a Él a todos los invitados al banquete, y hacerlos partícipes de su Paraíso.

Tú has sido ordenado sacerdote de Cristo para servirlo. Pero Él no te ha llamado siervo, te ha llamado amigo del Novio. Por tanto, te ha dado lugar en la mesa de honor para que te sientes con Él, y cenes con Él, y Él contigo. Y espera de ti que traigas a sus invitados contigo.

Tu misión es llamar, invitar y vestir de fiesta a los invitados, asegurarte de que todos los lugares sean ocupados en la fiesta de las bodas del Cordero, llenar el Cielo de alegría por los pecadores que, con tu auxilio, se convierten, darle al Hijo de Dios lo que es suyo y le pertenece, que es su pueblo, por el que ha dado la vida y ha salvado, derramando su preciosa sangre, hasta la última gota.

Eres un hombre que tiene fuerza para predicar, que convence, que conquista a las almas y llena la mesa del Señor, convidando a los invitados con un gran banquete que exaltas entre tus manos, y que es pan bajado del Cielo. Atraes a la multitud hablándoles del amor de Dios predicando el Evangelio. Te creen, te siguen, y aunque a veces algunos te persiguen, te aclama el pueblo.

Las ovejas siguen a su pastor, buscan y obtienen la misericordia de Dios que tú administras a través de los sacramentos, acuden a ti buscando consejo, y obtienen algunos muy buenos, que les dan soluciones a sus problemas, esperanza en sus penas, y paz. Perdonas sus pecados y con el Señor reconcilias sus almas, les das seguridad, y en medio de la tormenta, calma.

Cumples tu misión salvando muchas almas. Pero ¿de qué te sirve, hijo mío, salvar al mundo entero, si tu vida la pierdes? ¿Por qué acudes a la fiesta del Señor con tus vestiduras rasgadas y sucias, y no eres digno de participar en el banquete que tú mismo a los invitados del Señor ofreces?

Examina tu conciencia, revisa las intenciones de tu corazón, cuida la pureza de tu alma, procura proteger tu castidad, aplícate a ti mismo lo que predicas, haz lo que dices, exígete a ti mismo cumplir la ley de Dios.

Blanquea tus vestiduras acudiendo al sacramento de la penitencia y busca con el Novio la reconciliación, porque no te sentará a su mesa por tu servicio, sino por el amor con el que cumplas tus promesas. No te premiará por tu eficacia, sino por tu caridad.

Vístete de fiesta, hijo mío. Ven conmigo, yo te ayudo, yo intercederé por ti ante el Señor para que tenga paciencia contigo y te dé la gracia de permanecer unido a Él, participando de las delicias de su amor. Corrígete, rectifica el camino, conviértete. No quiero perderte, porque te amo.

Hijo mío: que el Espíritu Santo te dé la luz para que veas con claridad y sigas el buen camino.

«El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros (Jn 6,53).

Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. San Pablo exhorta a un examen de conciencia: Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo (1 Co 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar».

(Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1384 y 1385).

¡Muéstrate Madre, María!

(Pastores, n. 185)