APRENDER Y ENSEÑAR
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«El que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos» (Mt 5, 19).
Hijo mío, sacerdote: enseñar es uno de los deberes del sacerdote, y no es solo un deber, sino una virtud que debe practicar heroicamente, porque es su obligación, su responsabilidad.
El sacerdote conoce mejor la ley de Dios y su Palabra que cualquier otro hombre. Para eso ha sido formado, para eso ha estudiado, para eso su vida ha entregado.
Y debe transmitir todo lo que ha aprendido y que, con la gracia del Espíritu Santo, ha atesorado en su corazón, para enriquecer al pueblo de Dios.
Y ¿cómo puede enseñar un maestro a su discípulo si no ha aprendido bien su lección, si no ha practicado lo que le han enseñado, si no está convencido de lo que predica, si hace una cosa y dice otra, o si dice una cosa y hace otra? ¿Cómo puede haber veracidad en él?
Un sacerdote debe enseñar a sus discípulos, que son sus fieles, como un padre enseña a un hijo.
Debe mostrarle el camino, para que sepa comportarse.
Debe enseñarle la ley, para que pueda cumplirla.
Debe corregirlo cuando se equivoca, y debe, con su comportamiento, poner el ejemplo.
Es por eso necesario que un sacerdote reciba una buena formación, no solo en el Seminario, sino cada día, todos los días de su vida, de forma permanente, porque infinita es la sabiduría de la Palabra de Dios. Todos los días el que la escucha aprende, y, si la aplica en su vida, se santifica. Pero, el que además la enseña, es el más grande a los ojos de Dios, porque, al enseñarla, lo glorifica.
Pero ¡ay de aquel que no cumpla los preceptos de la ley, que cause escándalo o que enseñe una doctrina distinta a la que es! Más le valdría no dejarse ver, porque con su mal ejemplo haría a otros caer.
¡Cuánta oración necesita un sacerdote! Grande es su tentación, grande es su sabiduría y, por tanto, gravísimo es su pecado. Ojalá no supiera lo que hace. Pero un sacerdote sí lo sabe. De nada le sirven los pretextos cuando quebranta la ley de Dios, porque sabe que está escrito que antes se acabarán cielos y tierra a que deje de cumplirse la ley, hasta la última letra.
Enseñar es una virtud hermosa, maravillosa. ¡Cuánta satisfacción da ver a los hijos crecer en estatura, en sabiduría y en gracia, como Jesús, ante Dios y ante los hombres!
¡Qué grande es aquel que ha sido maestro de un santo! ¡Cuánta gracia hay en él! ¡Cuánta alegría al darse cuenta de que ha enseñado bien!
¡Cuánta gloria da al Señor el que dirige espiritualmente a un alma santa, que antes de caer la levanta, le muestra el camino de la perseverancia!
Es bueno reconocer a los grandes maestros, aquellos que forman personas íntegras, porque les dan buenos consejos, pero, sobre todo, buen ejemplo.
Y, aunque no sean reconocidos siendo elevados en los altares en esta tierra, son los más grandes en el Reino de los cielos, por haber enseñado la ley y haberla vivido en plenitud, como les enseñó el Maestro Jesús.
«Como ha recordado Benedicto XVI “el tema de la identidad sacerdotal [...] es determinante para el ejercicio del sacerdocio ministerial en el presente y en el futuro" (Discurso 12.III.10).
Estas palabras del Santo Padre constituyen el punto de referencia sobre el cual fundar la formación permanente del clero: ayudar a profundizar el significado de ser sacerdote.
“El sacerdote tiene como relación fundamental la que le une con Jesucristo, Cabeza y Pastor” (Pastores dabo vobis, n. 16) y, en este sentido, la formación permanente debería ser un medio para acrecer esta relación “exclusiva”, que necesariamente se repercute sobre toda la persona del presbítero y sus acciones.
La formación permanente es una exigencia, que nace y se desarrolla a partir de la recepción del sacramento del Orden, con el cual el sacerdote no es sólo «consagrado» por el Padre, «enviado» por el Hijo, sino también «animado» por el Espíritu Santo.
Esta exigencia está destinada a asimilar progresivamente y de modo siempre más amplio y profundo toda la vida y la acción del presbítero en la fidelidad al don recibido: «Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti» (2Tim 1, 6).
(Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, n. 87).
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 138)
