Mt 5, 1-12 - Sentirnos dichosos
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SENTIRNOS DICHOSOS

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Dichosos serán ustedes, cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos» (Mt 5, 11-12).

Amigo mío:

Dichoso seas, por haber sido llamado y elegido por mí para ser mi siervo.

Dichoso seas, por haber renunciado a todo, por haber tomado tu cruz y haberme seguido.

Dichoso seas, porque yo te he llamado amigo.

Dichoso seas, por ser perseguido por mi causa.

Dichoso seas, por haber recibido el don para actuar en mi persona.

 

Todos los males, los sufrimientos, las incomodidades…

Esas pequeñas cosas que nadie sabe, que padeces por mí…

Esas grandes cosas que haces por mí…

Esas pequeñas y grandes renuncias que día a día haces por amor a mí…

Tu caridad, tus largas horas administrando mis sacramentos, llevando a mi pueblo mi misericordia, que te configuran conmigo en la cruz…

… te conseguirán una gran recompensa en el Cielo.

 

Yo te aseguro que, cuando llegues a mi Reino y veas tu tesoro, te acordarás de este momento: de tu encuentro conmigo cotidiano, que te enciende el corazón, y te hace arder en deseo de entregarme tu vida, manifestando tu amor a Dios, adorándome, haciendo mis obras. Porque es aquí, conmigo, en donde has encontrado la felicidad, has descubierto la dicha de ser mi amigo.

 

Ante la tribulación yo te doy mi paz.

Cuando tienes sed, solo yo te puedo saciar.

En tus sufrimientos, en tu llanto, en tu enfermedad, yo soy tu consuelo, tu alivio, tu salud, tu esperanza, tu Cielo.

Dichoso seas, amigo mío, porque yo te he dado un corazón como el mío.

Pero aún más dichoso serás cuando anuncies, a través de tu predicación, las bienaventuranzas a mi pueblo.

La felicidad, la alegría, la paz, la dicha de cada uno de tus fieles será un tesoro para ti en el Cielo, que te dará, ya desde esta vida, la oportunidad de recibir el ciento por uno.

Cuando veas la sonrisa de un anciano que refleja la paz por haber recibido la Unción de los enfermos de tus manos, siéntete dichoso, y recibe esa paz, que es también para ti, porque todo, absolutamente todo lo que tú das es mío, y regresará a ti, porque es así como yo me muestro agradecido contigo.

Pero debes tu corazón abrir para que puedas recibir. No pienses que nada mereces. Eso solamente yo lo puedo decidir. Y si tú cierras tu corazón porque piensas que no eres digno de ser feliz porque estás en este mundo tan solo para servir, estás muy equivocado.

¿Qué acaso tu Señor, que ha dado la vida por ti y ha resucitado, no es feliz?

Tú y yo somos uno. Déjame hacerte feliz. Yo te amo. Desde antes de que nacieras yo te consagré para mí.

Humíllate, despójate de ti, renuncia a todo también. A esa obsesión que tienes de creer que no vales nada, que no mereces nada, que no eres digno de mí. Me duele que pienses así, porque yo, la dignidad sacerdotal que te di, para ti la merecí en la cruz, cuando en la mirada de Juan te vi.

La dicha de mi cruz fue mirarte y decirte: “ahí tienes a tu Madre”. Y desde siempre y para siempre ella permanece junto a ti. Esa es la dignidad que yo te di, para que seas como yo, infinitamente dichoso.

«La alegría es fruto del amor. El sacerdote es el hombre que ama. Se desprende de los bienes materiales, de la dicha del hogar y de sí mismo para darse. No niega las cosas ni anatematiza a los hombres: se desprende de ellos para amar con más intensidad y con más universalidad. No es un misántropo ni un resentido ni un evadido. Es el hombre que, por estar más en el corazón de la humanidad, se eleva sobre ella, se libera y se le entrega. Sería fundamentalmente malo un sacerdocio que, bajo el pretexto de amar a Dios, negara las cosas y los hombres.

La alegría es perfecto descanso en el Bien Sumo: perfecta “quies in optimo”. El sacerdote es el hombre que ha encontrado el único Bien, lo disfruta en toda su riqueza interior y lo reparte en su palabra y en su acción.

La alegría es fruto del Espíritu Santo (Gal 5, 22). El sacerdote es el hombre plenamente poseído por el Espíritu Santo, permanentemente conducido por Él y que vive la inquietud de comunicarlo siempre -como Cristo- a través de su humanidad crucificada y glorificada.

Por consiguiente, el sacerdote es el hombre de la alegría. Pero de la alegría austera, majestuosa e inalterable, que supone la cruz y el recogimiento.

La alegría no es dispersión, disipación o bullicio. Eso indica el vacío interior y lo produce. Las almas dispersas o agitadas pueden ser divertidas (en el sentido de «apartarse» o «quebrarse»), pero no alegres. La verdadera alegría va siempre precedida del silencio, y lo desea.

La verdadera alegría es riqueza interior, plenitud de vida, posesión perfecta de sí mismo. Hay una exacta correspondencia entre la plenitud de la gracia y la perfección del gozo: María Santísima es, por eso, «la llena de gracia» y «la causa de nuestra alegría». También hay una exacta correspondencia entre la serenidad interior -plena posesión de sí mismo- y la alegría».

(Beato Eduardo Card. Pironio, Revista Pastores, n. 11 (1998) 12-14)

¡Muéstrate Madre, María!

(Pastores, n. 274)