Mt 8, 5-11 - Servir al Rey
Mt 8, 5-11 - Servir al Rey
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SERVIR AL REY

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; cuando le digo a uno: ‘¡Ve!’, él va; al otro: ‘¡Ven!’, y viene; a mi criado: ‘¡Haz esto!’, y lo hace”» (Mt 8, 9).

Amigo mío:

Yo te he llamado y te he elegido como mi siervo.

Te he configurado conmigo, para que seas uno conmigo.

Mediador entre Dios y los hombres.

Intercesor de los hombres, pobres pecadores, ante Dios.

Instrumento de mi misericordia.

Portador de vida y de paz.

Tú creíste en mí y dijiste sí, y me diste una gran alegría.

Yo no te llamé siervo, te llamé amigo.

Pero me parece que estás un poco confundido.

Tú sigues siendo mi siervo, aunque yo te llame amigo.

Un siervo obedece las órdenes de su Señor.

No las cuestiona, no las cambia, no las ignora: las cumple.

Tú eres un soldado del Rey. Mi Reino no es de este mundo, pero a establecer mi Reino en este mundo yo te envié, y te dije que no estarías solo.

Te prometí estar contigo, y te di mi poder.

Te he tratado como un verdadero amigo.

Yo he sido fiel.

De ti muchas obras buenas he recibido. Frutos buenos has dado. Me has alabado, has rezado, cumples tu ministerio, y tienes fe.

Pero a veces no haces lo que yo digo. No pones en obra tu fe. Y una fe sin obras es una fe muerta. Yo soy un Dios de vivos, y no de muertos.

He encontrado en mi pueblo, en medio de los fieles, algunos con tanta fe, que me han dejado admirado.

En medio de mis amigos no encuentro tanta fe.

¡Yo quiero admirarme de tu fe!

Quiero que acudas a mí con confianza, para por mi pueblo interceder.

Quiero que seas un siervo fiel, a quien yo le pueda decir “ve”, y vayas; “ven” y vengas; “haz esto”, y lo hagas.

Qué fuerte sería mi ejército si todos pudieran obedecer, ¡si todos quisieran servir al Rey!, si todos aceptaran y sometieran su voluntad a la voluntad del Rey.

Quiero que hagas milagros. Tienes mi poder.

Pero te falta fe. Pídeme que aumente tu fe.

Si tú me pides fe, yo te la daré, porque esa es mi voluntad.

Mis sacerdotes son los soldados del Rey, y deben aprender a obedecer, a humillarse, a someterse, a dejarlo todo para tomar su cruz y seguir al Rey hasta la cruz… ¡y dejarse crucificar con el Rey!

Entonces verán cuán grande es su poder.

Quiero que mi pueblo se admire de tu fe. Dales buen ejemplo.

Quiero que te tengan confianza. Dales esperanza.

Quiero que te sigan. Muéstrales el camino.

Háblales de la verdad. Condúcelos al Paraíso.

Quiero sanar tu alma.

Quiero darte un corazón como el mío.

A veces tú no sabes pedir lo que te conviene.

Y entre mi pueblo he elegido algunas personas que me han dejado admirado de su fe, para que intercedan por ti con su oración y sus sacrificios.

Yo te daré la fe que te falta, correspondiendo a la fe de esas almas.

Pero debes tener la disposición de convertir tu corazón. Debes amar tu vocación y decidirte con total convicción de dejarlo todo ¡para servir al Rey!

Quiero escucharte decir, con todo tu corazón: “yo sirvo al Rey”.

 

«Se declaraba indigno de que el Señor entrase bajo su techo. Y, sin embargo, no habría dicho estas palabras si el Señor no hubiese entrado ya en su corazón. Luego añadió: «Mas dilo sólo de palabra y mi hijo quedará sano (Mt 8,8). Sé a quién me dirijo; basta que hable él y se realizará lo que deseo». Y añadió una comparación en extremo grata y verdadera. «Pues también yo, dice, soy un hombre, mientras que tú eres Dios; estoy bajo autoridad, mientras tú estás sobre toda autoridad; tengo bajo mi mando soldados, mientras tú tienes también a los ángeles, y le digo a uno «Vete» y se va, y a otro «Ven» y viene; y a mi siervo «Haz esto» y lo hace (Mt 8,9). Sierva tuya es toda criatura; sólo es preciso que mandes para que se haga lo que mandas».

Volviéndose al centurión le dice: Vete y que te suceda según has creído. Y en aquella hora quedó sano el niño (Mt 8,13). Como creyó, así sucedió. Dilo de palabra y quedará sano: lo dijo de palabra y quedó sano. Que te suceda según has creído: la pésima enfermedad se alejó de los miembros del niño. ¡Admirable la facilidad con la que el Señor de toda criatura le da órdenes!

No cuesta fatiga mandar. ¿O es tal el Señor de la criatura que da órdenes a los ángeles y no se digna dárselas a los hombres? ¡Ojalá los hombres quisieran obedecerle! Dichoso aquel a quien le da órdenes, pero no al oído carnal, sino al oído del corazón, y allí le corrige y le guía. Deducid que el Señor da órdenes a todas las cosas del hecho de que no se sustraen a su imperio ni los gusanillos. Dio órdenes a un gusano y royó la raíz de la calabaza y pereció lo que proporcionaba sombra al profeta. Dio órdenes, dice el profeta, al gusano de la mañana; éste royó la raíz de la calabaza y desapareció la sombra (Jn 4,7). El gusano matutino es Cristo.

(San Agustín, Sermón “No habría dicho tales palabras si el Señor no hubiera entrado ya en su corazón”)

¡Muéstrate Madre, María!

(Pastores, n. 201)