Mt 9, 32-38 - La más sagrada vocación
Mt 9, 32-38 - La más sagrada vocación
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LA MÁS SAGRADA VOCACIÓN

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos”» (Mt 9, 36-38).

Hijo mío: el Señor es compasivo y misericordioso.

Jesús es el Señor, y Él ha tenido compasión de su pueblo, y ha derramado sobre él su misericordia.

Tú, hijo mío, eres misericordia de Dios para su pueblo. Eres el instrumento que Él eligió para administrar su misericordia a su pueblo. Por eso es necesario que seas fiel, que seas obediente, que tengas los mismos sentimientos de tu Señor, y ejerzas un ministerio santo con todo el amor de tu corazón.

Sagrada es tu misión. Ten tú también compasión. Mira cómo camina el pueblo sin dirección, como ovejas perdidas que no tienen pastor. Reúnelas en el rebaño del Buen Pastor y ruega como tu Señor te pidió, al Dueño de la mies, para que envíe más obreros a sus campos.

Grande es la mies del Señor, escasos son sus ministros. Tú mismo te has dado cuenta de la falta que le hacen sacerdotes santos a la Iglesia.

Tú trabajas mucho, haces todo lo que puedes, entregas tu vida sin descanso para ganar a los más que puedes, pero no te alcanzan las horas del día. Y, a veces, ni las horas de las noches que no duermes son suficientes.

¡Cuánta necesidad tiene el pueblo de ti!

¡Cuánta angustia le causa a tu corazón no tener para todos una solución en tus manos, porque tu visión humana no te deja ver lo que solo se ve con los ojos de la fe!

Mira con visión sobrenatural, y encontrarás que la solución a todos los problemas, dificultades, y preocupaciones de tus fieles, en tus manos están, cuando elevas a la Misericordia misma en el altar.

Pídele que resuelva todo lo que tú no puedes. Él lo hará.

Pídele la fuerza, la sabiduría, y todos los dones y gracias que necesitas, para dirigir bien al rebaño que Él te ha encomendado. Y no te preocupes por aquellos a los que no puedes llegar. Ocúpate de hacer oración, y rogar al Señor que les conceda sacerdotes según su Corazón, y Él te lo concederá.

Pero ocúpate también de dar buen ejemplo, porque de entre tu rebaño puede el Señor enviar nuevas vocaciones, que por tu buen ejemplo pueden prosperar, pero que también por un escándalo, ocasionado por tu mal comportamiento, pueden morir y no germinar.

Si tú supieras, hijo mío, cuánto fruto da un sacerdote que vive procurando su santidad, desearías con todo tu corazón buscar y alcanzar tu propia santidad. Amarías tanto tu vocación, que aun aquellos jóvenes que no han sido llamados ni elegidos a la vocación sacerdotal desearían seguir tus pasos, sentirían arder su corazón con el amor de Cristo, y aunque no sean llamados para el ministerio sagrado, seguirían tus pasos para ser santos, de acuerdo a su propia vocación.

Y el ejemplo de ellos podría fortalecer la vocación de otros a los que el Señor haya elegido, como a ti, desde antes de nacer, y digan “sí”, contagiados de ese fervor y deseo de santidad que propició la alegría con la que tú llevaste tu cruz.

Promueve entre tus fieles la oración por los sacerdotes, y por nuevas y santas vocaciones, y el Señor se los concederá, porque ese es el deseo de su Corazón y del mío.

Yo deseo sacerdotes santos para la Iglesia, que consigan con compasión dirigir a todo el pueblo a la casa del eterno Padre.

Yo intercedo uniéndome a tus ruegos, para que el Señor tenga compasión de ti y de mí, y nos conceda tu santificación y la de todos aquellos llamados y elegidos para el sacerdocio de Cristo, que es la más sagrada vocación, y el Señor nos lo concederá.

 

«Ante la muchedumbre que le sigue, Jesús “sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor”. El Señor, a diferencia de los falsos líderes del pueblo, que como mercenarios huyen en el momento de la prueba, se presenta como el Pastor bueno y verdadero, porque está dispuesto a dar la vida por sus ovejas. El testimonio supremo y la prueba mayor de Cristo como Buen Pastor es el dar la vida pos sus ovejas: lo cual realiza en la cruz, en la que ofrece el sacrificio de sí mismo por los pecados de todo el mundo. Esta cruz y este sacrificio son el signo que distingue radical y transparentemente al Buen Pastor de quien no lo es, de quien sólo es mercenario.

Cristo, Buen Pastor, sale al encuentro de la cruz, porque conoce a sus ovejas y sabe que el sacrificio de sí es necesario para la salvación de ellas. Es necesario que Él ofrezca su vida por las ovejas. Sí. El Buen Pastor conoce sus ovejas y las ovejas le conocen a Él. Le conocen como a su Redentor.

En esta hora de la historia, en la que asistimos a profundas transformaciones sociales y a una nueva configuración de muchas regiones del planeta, es necesario proclamar que, cuando pueblos enteros se veían sometidos a la opresión de ideologías y sistemas políticos de rostro inhumano, la Iglesia, continuadora de la obra de Cristo, Buen Pastor, levantó siempre su voz y actuó en defensa del hombre, de cada hombre y del hombre entero, sobre todo de los más débiles y desamparados. Defendió toda la verdad sobre el hombre, pues, “el hombre es el camino de la Iglesia”, como ya dije al inicio de mi pontificado.

La defensa de la verdad sobre el hombre le ha acarreado a la Iglesia, como le sucedió al Buen Pastor, sufrimientos, persecuciones y muerte. La Iglesia ha tenido que pagar en la persona de sus pastores, de sus sacerdotes, de sus religiosos y religiosas, de sus fieles laicos, también en tiempos recientes, un precio muy alto de persecución, cárcel y muerte. Ella lo ha aceptado en aras de la fidelidad a su misión y al seguimiento del Buen Pastor, consciente de que “no es el discípulo mayor que su Maestro. Si a Él lo han perseguido, también a ellos los perseguirán” (cf. Jn 15, 20). Cristo, Buen Pastor, obedeciendo al Padre, ofrece su vida libre y amorosamente por la redención de los hombres (cf. Ibíd., 10, 18)».

(San Juan Pablo II, Homilía en Ciudad de México, 7.V.90)

¡Muéstrate Madre, María!

(Pastores, n. 240)