EL YUGO DE LA MISERICORDIA
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera» (Mt 11, 29-30).
Amigo mío: tu trabajo es mucho.
Tu responsabilidad es grande.
La carga que llevas sobre tus espaldas es pesada.
Quieres cumplir con tu deber, para agradar a Dios.
Te exiges mucho, porque sabes que tienes la capacidad para hacer lo que yo te mando.
Deseas conducir a mi pueblo para santificarlo.
Te preocupas por tantas cosas, y pasas algunas noches en vela, sin dormir, porque la angustia invade tu corazón, y tus pensamientos giran en torno a tu preocupación, porque quieres hacerlo todo con tus propias fuerzas, y no pones aquello que te pesa en mis manos.
Pierdes la paz, porque no confías en mí, aunque creas que sí.
Yo te llamé y te elegí para labrar la tierra conmigo, no sin mí. Y tú te has sometido a un yugo que no es el mío. Y te ha dirigido hacia otros caminos, errados. Y ahora el peso de tu conciencia está sobre ti, porque la voluntad de mi Padre no ha sido prioridad para ti.
Aprende de mí, que soy manso y humilde de corazón.
Ven a mí, entrégame tu carga, que yo te aliviaré.
Sométete bajo mi yugo, que es tan suave, que incluso te dará fuerzas para seguir.
Contempla mi cuerpo crucificado en la cruz.
Entrégame tus pecados.
No digas que no me quieres herir, porque mi cuerpo ya ha sido abierto cuando los cometiste.
Yo quiero que me entregues tu culpa con el corazón contrito y humillado, verdaderamente dolido y arrepentido por haberme ofendido.
Yo quiero todo de ti. Deseo que vuelvas a mí, reconociendo con humildad que, aunque no mereces mi perdón, debes cumplir mi voluntad, y yo te mando que me entregues todo eso que te aleja de mí.
Crees que mereces la muerte. Que no mereces mi perdón.
Yo te digo que tú nada mereces, pero yo todo te doy. Te doy mi vida y mi corazón.
¡Renuncia a esa soberbia que te nubla la razón!
Si quieres agradar a Dios, entrégame tus pecados. Por ellos yo ya he pagado. Y lo hago una y otra vez, ¡para salvarte, porque te amo!
Dale a quien merece todo lo que te pide, y luego agradece, y glorifica al Padre en aquel que lo merece todo: el Hijo, que yo soy, con la gracia del Espíritu Santo, invocándolo, para que te dé el valor.
Y luego, llora amargamente, si quieres. Y lava mis heridas con tus lágrimas, como signo de reparación.
Y vuelve a ejercer tu ministerio, haciendo tu trabajo con amor, no llevando tu carga pesada, sino mi carga, que es ligera, con el corazón manso y humilde, dejándote guiar por el Espíritu Santo.
Y dile a mi pueblo lo misericordioso que ha sido el Señor contigo.
Tu testimonio es veraz. Y, a través de tu ejemplo, con tu guía, sometidos bajo tu yugo, que será el mío, el yugo de la misericordia, los santificarás.
Ve y haz lo que te digo.
Examina tu conciencia, amigo mío.
Descansa en mí y en mi paz.
Permanece pequeño. No quieras ser grande y poderoso ante el mundo.
Sé ligero, sé sencillo, sé fresco, alimenta tu vida espiritual con la oración, y siembra mi semilla en la tierra que labramos juntos, perseverando en la humildad hasta el final.
Entonces, la semilla crecerá y fruto en abundancia darás.
«Jesús promete que dará a todos «descanso», pero pone una condición: Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.
¿En qué consiste este «yugo», que en lugar de pesar aligera, y en lugar de aplastar alivia? El «yugo» de Cristo es la ley del amor, es su mandamiento, que ha dejado a sus discípulos (cf. Jn 13, 34; 15, 12).
El verdadero remedio para las heridas de la humanidad —sea las materiales, como el hambre y las injusticias, sea las psicológicas y morales, causadas por un falso bienestar— es una regla de vida basada en el amor fraterno, que tiene su manantial en el amor de Dios.
Por esto es necesario abandonar el camino de la arrogancia, de la violencia utilizada para ganar posiciones de poder cada vez mayor, para asegurarse el éxito a toda costa.
También por respeto al medio ambiente es necesario renunciar al estilo agresivo que ha dominado en los últimos siglos y adoptar una razonable «mansedumbre».
Pero sobre todo en las relaciones humanas, interpersonales, sociales, la norma del respeto y de la no violencia, es decir, la fuerza de la verdad contra todo abuso, es la que puede asegurar un futuro digno del hombre.
Que la Virgen nos ayude a «aprender» de Jesús la humildad verdadera, a tomar con decisión su yugo ligero, para experimentar la paz interior y ser, a nuestra vez, capaces de consolar a otros hermanos y hermanas que recorren con fatiga el camino de la vida».
(Benedicto XVI, Ángelus, 3 de julio de 2011)
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 203)
