PROTEGIDOS POR MARÍA
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María
En la fiesta de Nuestra Señora del Carmen
16 de julio
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Recibe hijo mío este Escapulario de tu orden, que será de hoy en adelante señal de mi confraternidad, privilegio para ti y para todos los que lo vistan. Quien muriese con él, no padecerá el fuego eterno. Es una señal de salvación, amparo en los peligros del cuerpo y del alma, alianza de paz y pacto sempiterno» (Palabras de la Virgen del Carmen a San Simón Stock, el 16 de julio de 1251).
Hijo mío, sacerdote: yo soy la Estrella de mar, el faro que ilumina en medio de la noche, para que puedan con seguridad navegar, y a puerto seguro llegar.
Yo soy a quien tú acompañas a hacer las obras de Dios, y a cumplir su divina voluntad.
Yo soy quien te lleva al monte alto de la oración, y te enseña cómo obtener fruto abundante de tu contemplación, para que comprendas y enseñes la Palabra de Dios.
Yo soy quien permanece al pie de tu cruz, del mismo modo que lo hice con Jesús.
Yo soy Madre de los sacerdotes, y en medio de la noche oscura de cada uno brilla mi luz, para que vengan a mí, y se refugien en mi Corazón Inmaculado, que es consuelo y auxilio de los pecadores.
Yo deseo mostrarme madre contigo. Quiero que recibas mi protección, que confíes en mí, y entregues tus preocupaciones y angustias en mis manos. Y que descanses en mí, y en este Niño sentado en mi regazo, con quien tú has sido configurado.
Haz lo que Él te diga, y vivirás glorificando a Dios. Él se complacerá en ti mientras haces sus obras, cumpliendo con amor y total entrega tu ministerio. Pero Él te pide que aquello que predicas y enseñas lo apliques en tu vida primero, para que des buen ejemplo.
Lee, escucha, y pon en práctica el Evangelio, y vivirás en perfecta configuración con tu Señor. Él te ha llamado su “madre” y sus “hermanos”. Te ha hecho su siervo y, sin embargo, te ha llamado “amigo”.
Que lo dejes todo, tomes su cruz y lo sigas, te ha pedido, porque solo así será en ti complacido.
Este día es de fiesta, y el regalo yo lo doy. Un sacramental como escapulario les he dado. Úsenlo, pórtenlo, siéntanse honrados, seguros de mi protección.
Las llamas del infierno no los tocarán, sus almas salvarán, la perseverancia final alcanzarán. Solo les pido devoción, porque aquel que ama y alaba a la Madre de Dios, honra y alaba al mismo Dios que lo creó.
Reza el Rosario. Yo te aseguro que quien lo reza diariamente, con amor y devoción, eleva su espíritu al Cielo, y recibe la gracia de Dios para permanecer conmigo, contemplando el misterio de la salvación, en un encuentro cotidiano con Cristo en el monte alto de la oración.
Acompáñame, hijo mío, a buscar a mis hijos perdidos. Tú eres el pastor. Yo deseo encontrarlos para llevarlos a ti, porque eres tú quien tiene el poder para perdonarlos y abrirles las puertas del Paraíso.
Yo bendigo a quienes portan mi escapulario y rezan el Santo Rosario. Pero el sacerdote es Cristo, y sin Cristo no hay salvación. Tú tienes el poder de ayudarme a cumplir mis promesas. Sin ti no puedo salvarlos yo.
Te ruego, hijo mío, que lleves a mis hijos ante el justo Juez llenos de la gracia de Dios. Yo por ellos intercederé y serán salvados, y Dios, en ti, por Cristo glorificado.
Tú ven a mí, y yo te llevaré de mi mano al lugar que el Señor tiene para ti en el Cielo reservado.
¡ALABADO SEA JESUCRISTO!
«Con el signo del escapulario se manifiesta una síntesis eficaz de espiritualidad mariana, que alimenta la devoción de los creyentes, haciéndolos sensibles a la presencia amorosa de la Virgen Madre en su vida. El escapulario es esencialmente un “hábito”. Quien lo recibe se une o se asocia, en un grado más o menos íntimo, a la Orden del Carmen, dedicada al servicio de la Virgen para el bien de toda la Iglesia. Por tanto, quien se reviste del escapulario se introduce en la tierra del Carmelo, para “comer sus frutos y sus productos” (cf. Jr 2, 7), y experimenta la presencia dulce y materna de María en su compromiso diario de revestirse interiormente de Jesucristo y de manifestarlo vivo en sí para el bien de la Iglesia y de toda la humanidad.
Así pues, son dos las verdades evocadas en el signo del escapulario: por una parte, la protección continua de la Virgen santísima, no solo a lo largo del camino de la vida, sino también en el momento del paso hacia la plenitud de la gloria eterna; y por otra, la certeza de que la devoción a ella no puede limitarse a oraciones y homenajes en su honor en algunas circunstancias, sino que debe constituir un “hábito”, es decir, una orientación permanente de la conducta cristiana, impregnada de oración y de vida interior, mediante la práctica frecuente de los sacramentos y la práctica concreta de las obras de misericordia espirituales y corporales. De este modo, el escapulario se convierte en signo de “alianza” y de comunión recíproca entre María y los fieles, pues traduce de manera concreta la entrega que en la cruz Jesús hizo de su Madre a Juan, y en él a todos nosotros, y la entrega del apóstol predilecto y de nosotros a ella, constituida nuestra Madre espiritual».
(San Juan Pablo II, Mensaje a la Orden del Carmen con motivo de la dedicación del año 2001 a María, n. 5, 25 de marzo de 2001)
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 242)
