Mt 19, 03-12 - La Iglesia Esposa
Mt 19, 03-12 - La Iglesia Esposa
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LA IGLESIA ESPOSA

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Hay otros que han renunciado al matrimonio por el Reino de los cielos. Que lo comprenda aquel que pueda comprenderlo» (Mt 19, 12)

Amigo mío: mi esposa amada es la Santa Iglesia y, en configuración conmigo, eres esposo de la Santa Iglesia.

¿Cómo trato yo a mi esposa? ¿Acaso consentirías pensar que yo la dejaría, que de ella me divorciaría?

Jamás. Mi amor es para siempre. La amaré, la abrazaré, será mía eternamente.

La Santa Iglesia es el pueblo de Dios. Yo he dado mi vida por ella, he perdonado sus infidelidades, he olvidado sus pecados, porque ya han sido perdonados.

Aquellos miembros de la Iglesia que no quieran permanecer unidos a ella serán arrancados de mí. El que está con ella está conmigo, y el que está contra ella está contra mí.

Mi Iglesia y yo somos una sola carne. ¿Cómo podría un cuerpo divorciarse de sí mismo? Dividirse… Eso no es posible sin destruirse.

El matrimonio bendecido por Dios es por Dios unido hasta que la muerte lo separe. ¿Por qué no lo han entendido?

Es un sacramento, es un don divino, es una vocación. Por tanto, un medio de santificación, que yo bendigo con la vida, cuando de ellos nace un nuevo ser a imagen y semejanza de Dios.

¿Cómo podría alguien creer que separar a una familia es voluntad de Dios? La división es causada por la dureza de corazón, por la soberbia, el orgullo, el egoísmo, el pecado, que los lleva a pensar cada uno en sí mismo, y no logran tolerarse, no pueden soportarse, porque no viven el verdadero amor. No viven en mí, se aman a ellos mismos, su corazón está lejos de mí.

Si me amaran por sobre todas las cosas, y amaran al prójimo como a sí mismos, no se divorciarían un hombre y una mujer.

La ley de Dios se basa en el amor. Si tan sólo me imitaran y vivieran como viví yo, cumplirían mis mandamientos y tendrían paz en todo momento.

¡Cuántos dramas viven las familias por su falta de amor!

Yo ruego al Padre pidiendo que lo que Él una no lo separen los hombres.

Yo ruego al Padre para que tú, amigo mío, ames a tu esposa, mi esposa, la Santa Iglesia, como la amo yo.

Respétala, procúrala, bendícela, protégela, consiéntela, provéela, aliméntala, vístela de novia, enjóyala de virtud, y preséntala ante mí en el altar.

Lo que yo vea en ella será el reflejo de tu virtud, de tu entrega y de tu amor.

Si has pensado en dejarla, en abandonarla, poniendo cualquier pretexto, pide perdón, no actúes como pueblo, sino ¡como cabeza del cuerpo del Hijo de Dios!

«Apresado por Cristo Jesús (Fil 3, 12) hasta el abandono total de sí mismo en él, el sacerdote se configura más perfectamente a Cristo también en el amor, con que el eterno sacerdote ha amado a su cuerpo, la Iglesia, ofreciéndose a sí mismo todo por ella, para hacer de ella una esposa gloriosa, santa e inmaculada (cfr. Ef 5, 26-27).

Efectivamente, la virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión, por la cual los hijos de Dios no son engendrados ni por la carne, ni por la sangre (Jn 1, 13) (cfr. LG, n. 42 y PO, n. 16)» (Pablo VI, Enc. Sacerdotalis Caelibatus, n. 26).

¡Muéstrate Madre, María!

(Pastores, n. 63)