RESISTIR LAS TENTACIONES
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«El Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto, donde permaneció cuarenta días y fue tentado por Satanás» (Mc, 1, 12).
Hijo mío, sacerdote: conversión, conversión, conversión.
Ese es el llamado en este tiempo, que son los últimos tiempos. Conversión de cada corazón.
Renuncien, hijos míos, a la tentación y al pecado, resistiendo ante las asechanzas del enemigo, con la gracia de Dios.
Ustedes no tienen un Sumo Sacerdote que no los comprenda. Su Señor Jesucristo fue igual en todo, como ustedes, pero Él nunca pecó. Él vino a poner ejemplo de que, con Dios, todo lo pueden. Y, cuando fue llevado al desierto por el Espíritu, lo demostró.
Aunque la carne es débil, sí se puede resistir a la tentación. El amor a Dios puede superarlo todo, dominar las pasiones y las necesidades, con el espíritu fortalecido por los frutos del sacrificio y de la oración.
Es necesario que ustedes, sacerdotes de Cristo, se conviertan, se arrepientan, pidan perdón y crean en el Evangelio, predicando y practicando la Palabra de Dios, invitando a todos los hombres a la conversión, profesando la fe, la esperanza y la caridad, en un mundo que, empapado del amor del Hijo de Dios –a través de la sangre que en la cruz ha derramado–, aún no ha aprendido a vivir con verdadero amor, respetándose unos a otros, amándose unos a otros, como Él los amó.
Y si los sacerdotes, que son pastores del pueblo de Dios, no ponen el ejemplo…
Si ustedes, que son los elegidos de Dios, para mostrar a las ovejas perdidas el buen camino, se pierden...
Si los que tienen ojos y oídos, no quieren ver y no quieren oír la verdad, y en ella vivir…
Si se rinden ante la debilidad de su propia carne, arriesgándose, poniéndose en ocasión de pecado, y caen…
¿Quién los levantará?
¿Quién, al pueblo, a la verdad conducirá?
¿Quién se salvará?
Amen, hijos míos, a sus rebaños. Amen a sus fieles. Conviértanse, y den la vida por ellos. Esa es su vocación. Esa es su misión.
Entreguen los tesoros que llevan en vasijas de barro, sin romper el barro, que es también parte del tesoro de Dios.
No digan mentiras. No digan que no existe el diablo. Porque estarían tentando contra la Palabra de Dios. Y su fe pobre estaría debilitada. Su espíritu dándole oportunidad al diablo de encontrar morada para toda una legión.
No dialoguen con él. Tengan prudencia y precaución. Reconozcan su presencia, y aléjense de él.
No se expongan, porque es astuto, y se burlará de ustedes, cuando los domine su propia soberbia.
Ante las asechanzas del enemigo: indiferencia, pasen de largo, recen, pidan mi auxilio, que estoy aquí para acompañarlos y ayudarlos. Yo piso la cabeza de la serpiente.
Si quieren ser poderosos, protéjanse bajo mi manto, y usen el poder de Cristo que tienen en sus manos, para dominar las tentaciones y expulsar a los demonios, poniendo a Cristo al centro de todo.
El arma más poderosa es la cruz. Recen el Santo Rosario, y lo que verá el diablo es el poder de Jesús, con quien están ustedes configurados, tanto en espíritu, como en persona y en gracia.
Vuelvan a la amistad, hijos míos pecadores, del Amigo fiel, que los comprende y nunca los abandona.
Pidan perdón y conviértanse todos los días, de corazón. Entonces, por sus obras, cuando el Señor vuelva, rodeado de sus ángeles, y con el poder de su gloria, encontrará la fe, que Él tanto anhela, sobre la tierra.
Que el Espíritu Santo les dé la gracia de la conversión, y los libre de toda tentación.
Yo soy Medianera de su gracia y Refugio de los pecadores. Quien se reconozca pecador, que venga a mí, y pida que le dé la gracia para que pueda las tentaciones del enemigo resistir y ganar todas las batallas.
«Conocemos que existen tres dardos principales con los cuales el diablo acostumbra a armarse para herir al alma humana: uno la gula, otro la vanidad y el tercero la ambición.
Por eso él comienza por donde ya venció: por eso comienzo a vencer en Cristo por donde yo he sido vencido en Adán, ya que Cristo, imagen del Padre, es mi modelo de virtud.
Aprendamos, pues, nosotros a guardarnos de la gula, de la sensualidad, pues es un dardo del diablo.
El lazo se tiende cuando se adereza la mesa de un festín real, que con frecuencia hace aflojar la constancia del alma.
Pues no solo cuando oímos las palabras del diablo, sino también cuando vemos sus riquezas, debemos evitar su lazo.
Has reconocido el dardo del diablo; toma el escudo de la fe (Eph 6, 16) y la coraza de la abstinencia»
(San Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas (1)).
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 132)
PASTORES: COLECCIÓN DE REFLEXIONES PARA SACERDOTES
