Mt 5, 27-32 - Huir de las ocasiones de pecado
Mt 5, 27-32 - Huir de las ocasiones de pecado
00:00
00:00

 

HUIR DE LAS OCASIONES DE PECADO

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo» (Mt 5, 29)

Amigo mío: permanece en mi amor.

Permanece en la fidelidad a mi amistad.

No me traiciones.

Yo te he elegido desde antes de que nacieras, te consagré para mí, te llamé a mi servicio, para que tuvieras solo vida para mí, para que tuvieras ojos solo para mí, para que seas todo mío.

Y te configuré conmigo para que obres en mi nombre, para que seas en todo igual que yo, para que tengas un corazón como el mío, y participes en la obra de la salvación, y tengas lugar conmigo en mi trono de gloria.

Yo necesito tus manos para trabajar, para consagrar, para a mi pueblo alimentar, para bendecir, para sanar.

Yo necesito tu voz para predicar, para enseñar, para corregir, para alabar y glorificar a mi Padre.

Yo necesito tus pies para andar y guiar a las ovejas de mi rebaño en el buen camino.

Yo necesito tu mente, tus pensamientos, tus sentimientos. No al treinta, no al sesenta, no al noventa, sino en su total capacidad, concentrado en la vida sobrenatural, con los pies en la tierra, pero con el corazón en el cielo, en donde están tus tesoros, que son los míos. No acumules tesoros en el mundo, amigo mío. Nada de eso te llevarás. Al final de tu vida nada tendrás, sino los tesoros que hayas acumulado en el cielo.

Pon atención: ¿dónde estás? ¿Qué es lo que te distrae?

Tú naciste para mí y, aun así, libertad yo te di, para decidir entregarme tu vida a mi servicio; y tú dijiste sí, y ese sí lo hiciste juramento ante Dios y ante el mundo, renunciando al mundo para ser todo de Dios.

Adquiriste compromisos y responsabilidades junto con el poder que yo te di.

Llenaste mi corazón de alegría.

Tu nombre en un trono en el cielo yo mismo escribí, desde ese día de tu Ordenación, cuando, al ser configurado conmigo en el altar, te desposaste con mi amada, y juraste fidelidad a tu esposa, la Santa Iglesia, y a mí, tu Amo y Señor.

Y yo no te llamé siervo, te llamé amigo.

Desde ese instante tú te llamas “Yo Soy”.

¿Qué acaso has olvidado tus promesas?

¿Qué acaso te has arrepentido de tu decisión?

¿Qué acaso no he sido bueno contigo?

¿Qué acaso no te has dado cuenta de que te entregué mi corazón?

Te di toda mi confianza para que hicieras conmigo lo que quieras, esperando que me trataras con devoción, que me adoraras ¡como solo se adora a Dios!

Y ahora te miro, y no encuentro tu mirada. Busco dentro de ti, y encuentro un corazón tibio, que se ha alejado de mí.

¿En dónde has puesto tu corazón?

¿Por qué me tratas con indiferencia fuera del altar?

¿Qué acaso no crees en la configuración?

¿Qué acaso no te has dado cuenta de que me duele tu traición?

Los sentimientos de tu corazón.

Tus pasiones.

Tus malos pensamientos

Tus faltas de caridad.

Tu desgano en la oración.

Tu falta de interés en la formación.

La pobreza de tus palabras en la predicación.

Tu pereza para preparar la Santa Misa y para administrar el sacramento de la Confesión y de la Unción de enfermos.

Los pecados que cometes con tus manos.

Los caminos que siguen tus pies, buscando complacerte a ti mismo.

Los ojos con los que miras a las mujeres, incluso dentro de la celebración eucarística y del confesionario, cuando haces preguntas indiscretas con malicia.

Tu trabajo sacerdotal que busca recompensa y reconocimiento.

Tus viajes desenfrenados, en los que te olvidas de tu vocación y de tu ministerio.

Y todo eso que hay en tu corazón, que no hace falta decir, porque mis labios no son dignos de pronunciarlo.

Nada de eso es mío.

¿Cómo podrías estar configurado conmigo con tal comportamiento?

Y, sin embargo, lo estás.

Tú eres sacerdote para la eternidad, pero tus pecados crucifican mi carne, desgarran mi corazón, derraman mi sangre, con la que te perdono yo, cuando vienes arrepentido. Y te aseguro que después todo lo olvido, porque mi amor es más fuerte que todo el dolor que pudiera causarme tu traición.

Pero si no te arrepientes, con el dolor de mi corazón de no volver a tenerte, serás arrojado al lugar de castigo eternamente. Solo de pensarlo mi cuerpo suda sangre, como en Getsemaní, cuando rogué a mi Padre por ti, y acepté el cáliz que había de beber, para abrirte las puertas de mi Paraíso.

Por eso yo te aconsejo, amigo mío, que no me ofendas más, porque un pecado te lleva a otro, y ese a otro, y un día no podrás parar, y tendrás tanta vergüenza de acercarte a mí, que no lo harás. Correrá peligro tu alma, y entonces más me ofenderás.

Aléjate de toda tentación. Huye de toda ocasión de pecado, como huirías del mismo demonio si estuviera a tu lado. Si lo vieras, te aseguro que correrías, gritarías, llamándome, pidiéndome auxilio.

Huye de todos esos momentos que tú ya sabes que difícilmente puedes soportar, porque tu carne es débil, y probablemente me vas a traicionar. Conócete a ti mismo. Ten humildad. Te falta fortaleza en tu voluntad. Pídemela. Yo te quiero ayudar.

No me cansaré de buscarte. No estoy dispuesto a compartirte, y mucho menos a perderte. Eres mío, todo mío. Convéncete.

Y si quieres dejarme, solo te pido que no te alejes de los brazos de mi Madre. Solo eso te pido. Ella conseguirá que un día vuelvas a mí.

Yo te amo. Yo soy sincero. Yo soy la verdad. Cuando abras tus ojos y te des cuenta de que has rechazado la verdad, y la oportunidad de salvarte, no digas que no te lo advertí.

Mírame.

Si no quieres volver a ofenderme, ten ojos solo para mí.

«Jamás echa el Señor la culpa a la carne. La culpa la tiene siempre la mala voluntad. Porque no es tu ojo el que ve, sino tu espíritu y tu pensamiento.

La prueba está en que muchas veces, cuando nosotros estamos distraídos a otra cosa, nuestros ojos no ven a los que tienen delante. Luego no toda la acción de ver pertenece al ojo.

Y, si el Señor hubiera hablado de los miembros del cuerpo, no se hubiera referido a un solo ojo, el derecho precisamente, sino a los dos. Porque el que es escandalizado por el derecho, es evidente que también lo será por el izquierdo.

¿Por qué, pues, puso por ejemplo al ojo derecho y aún añadió luego la mano? Para que te des cuenta que no habla de los miembros corporales, sino de las personas que nos están familiarmente allegadas.

Si a alguno —dice— lo amas tanto que lo pones en lugar de tu ojo derecho y lo consideras tan útil para ti que hace veces de mano derecha, pero daña a tu alma, aun a ése, córtalo de ti»

(San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de san Mateo, n. 17).

¡Muéstrate Madre, María!

(Pastores, n. 172)