¡AY DE TI SI NO TE CONVIERTES!
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han hecho en ustedes, hace tiempo que hubieran hecho penitencia, cubiertas de sayal y de ceniza. Pero yo les aseguro que el día del juicio será menos riguroso para Tiro y Sidón, que para ustedes» (Mt 11, 21-22).
Amigo mío: yo te llamo para que te conviertas, para que perfecciones tu configuración conmigo y te santifiques, haciendo lo que yo te digo.
¡Ay de ti, sacerdote, si no te conviertes!
A nadie se le ha dado más que a ti.
He realizado el milagro más grande que a ningún otro hombre, sino tan solo a mis elegidos –tú entre ellos–, se le ha concedido por mi misericordia: el Orden sacerdotal, el sacerdocio ministerial.
¡Te di poder para hacer y deshacer!
¡Para hacer mis obras, y aun mayores!
¡Para santificar a mi pueblo, administrándole mis sacramentos, derramados como fruto de mi cruz!
A ti me he revelado. Yo te llamé, tu dijiste sí, y todo te lo di.
¡Ay de ti si no me obedeces, si no te conviertes y aprovechas todos los dones que te di! Porque te pediré cuentas de cada uno.
El juicio de un sacerdote es más riguroso que el de cualquier otro hombre. Es un juicio más exigente, porque se les dio más que a cualquier gente.
Abre los ojos y mírate. En ti Yo soy. No hay mayor don. Y, si no crees en los milagros, entonces dime: ¿qué es lo que realizan tus manos en el altar?
No solo he hecho milagros en ti. Te he dado el poder para milagros obrar.
Tú realizas con tus manos y tu voluntad la transubstanciación del vino y del pan en mi Cuerpo y en mi Sangre.
No es solo un recuerdo de aquel día en que celebré la Pascua con mis apóstoles. Yo soy, y es aquel mismo día, y celebro la misma Pascua antes de padecer por ti y por mi pueblo, para quedarme aquí en cada uno, para llevarlos conmigo a mi eterno Paraíso.
Pero no lo haré sin ti. Tú eres responsable de presentarte ante mí, el día de tu juicio, con los tesoros que yo gané para mi Padre, cuando al mundo vencí, resucitando de entre los muertos, para darte vida, para darle vida a todo aquel que crea en mí.
¡Ay de ti si me rechazas! ¡Ay de ti si me traicionas!
No tendré más remedio que apartarte de mí. Sufrirá mi corazón. Sí.
Pero el día en que llegue mi justicia para ti, no negaré mi esencia. Yo soy el Justo Juez, y justicia haré.
Pero abre tus oídos y escucha lo que te digo: hoy estoy aquí, frente a ti, porque te amo. Y yo a los que amo los corrijo.
Endereza tu camino. Cree en el Evangelio. Cree en mí. Entrégame tu corazón. Arrepiéntete de tus pecados, y vuelve a ser feliz.
Si quieres glorificarme sé feliz.
Pero te advierto que la verdadera felicidad, aquella que me glorifica, solo la encontrarás en mí. Aún es tiempo de santificar tu vida.
Dame, amigo mío, esa alegría.
Ahí tienes a tu Madre.
Acude al auxilio de la Santísima Virgen María. Ella es el camino más seguro y más corto para ir y volver a mí.
«Como ya en los profetas, la llamada de Jesús a la conversión y a la penitencia no mira, en primer lugar, a las obras exteriores «el saco y la ceniza», los ayunos y las mortificaciones, sino a la conversión del corazón, la penitencia interior. Sin ella, las obras de penitencia permanecen estériles y engañosas; por el contrario, la conversión interior impulsa a la expresión de esta actitud por medio de signos visibles, gestos y obras de penitencia (cf Jl 2,12-13; Is 1,16-17; Mt 6,1-6. 16-18).
La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia. Esta conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables que los Padres llamaron animi cruciatus (aflicción del espíritu), compunctio cordis (arrepentimiento del corazón) (cf Concilio de Trento: DS 1676-1678; 1705; Catecismo Romano, 2, 5, 4).
El corazón del hombre es torpe y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo (cf Ez 36,26-27). La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones: «Conviértenos, Señor, y nos convertiremos» (Lm 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron (cf Jn 19,37; Za 12,10)».
(Catecismo de la Iglesia Católica, La penitencia interior, nn. 1430 a 1432)
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 193)
