Mt 1, 1-17 - Saber quién eres
Mt 1, 1-17 - Saber quién eres
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SABER QUIÉN ERES

Reflexión para sacerdotes

desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

SABER QUIÉN ERES

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo» (Mt 1, 16)

 

Hijo mío:

Te amo, porque te conozco, hijo. Y mientras más me permites conocerte, más me permites mostrarte mi gran amor por ti.

¿Podrías imaginar mi amor por mi Hijo Jesucristo, el Hijo de Dios?

Aunque no puedas imaginarlo, debes creer que así de tanto te amo yo. Nadie puede creer o amar lo que no conoce.

Es necesario conocer a Cristo para creer en Él y amarlo. A Él, que es infinitamente amable, mientras más se le conoce, más se le ama.

Tú sabes bien quién es Él. Crees en Él y lo amas. Pues bien, conócelo más, trátalo más, para que sea tan grande tu amor por Él, que puedas dar la vida por su causa.

Yo quiero darte un consejo. El Señor te ha mandado amar a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo. Sé obediente, hijo, y ámate a ti mismo, para que, en la medida que tú te ames a ti mismo, ames al prójimo.

Pero, para amarte, debes conocerte.

Debes saber quién eres, de dónde vienes, quiénes fueron tus padres, tus antepasados, cuál es tu linaje.

Qué hay en tu corazón sacerdotal, cuáles son tus sentimientos, cuáles son tus deseos.

Qué hay en tu conciencia, qué es lo que te avergüenza, qué te hace sentirte feliz.

Cuáles son tus valores, cuáles son tus virtudes.

Cuáles son tus defectos, cuáles son las tentaciones que te cuesta resistir.

Cuáles son esos pecados frecuentes que te hacen esconderte de mí, para no ser mirado por sentirte avergonzado.

Quiénes son aquellos a quienes llamas tus amigos, quiénes son tus parientes, quiénes son tus enemigos.

Quién es la esposa a quien juraste fidelidad el día de tu ordenación sacerdotal.

A qué te dedicas. ¿Te gusta lo que haces?

Cuáles son tus fortalezas, cuáles son tus debilidades.

Qué tanto conoces a Jesús, por quien has jurado dar tu vida.

Cuáles son los santos a quienes profesas devoción.

Qué trato tienes con tu ángel de la guarda.

Qué hay en tu corazón.

Quién le roba espacio en tu corazón a tu Señor. ¿No es tu corazón todo de Él?

Cuáles son tus apegos.

Cuáles son tus miedos, tus tristezas.

Qué es lo que te hace sentir paz.

Qué es aquello que te inquieta.

Qué es aquello que te tiene tan ocupado, que no tienes tiempo para orar.

¿Eres aquel muchacho que escuchó el llamado de su Señor? ¿O al paso de los años has olvidado quién eres, quién es aquel que dijo “sí” con tanta emoción, y soñaba celebrar la Santa Misa con gran devoción, ayudar a la gente, confesar a los pecadores, celebrar bautizos, primeras comuniones, matrimonios, llevar a los enfermos la unción?

Descubre en tu interior quién eres hoy.

El Señor te ama tal y como eres hoy. Ámate tú también, y si descubres que has perdido el camino y estás ofendiendo a tu Señor, seguramente no te gustará quién eres, en quién te has convertido.

Ven a mí, pide mi auxilio, para que recibas las gracias que el Espíritu Santo tiene para ti y ha puesto en mis manos, para que te conviertas, para que rectifiques el camino y seas quien en el plan de Dios estás destinado a ser: sacerdote santo en configuración total con Jesucristo, el Hijo de Dios.

Ámalo y ámate a ti mismo, y luego procura conocer a tus hermanos y a las ovejas de tu rebaño, para que los ames tanto como a ti mismo, y en ellos ames a Cristo.

Lo que sea que descubras de ti mismo, yo ya lo sé, y te amo con todos tus defectos y tus errores, porque una madre no puede olvidarse del hijo de sus entrañas. Y aunque se olvidara, yo no me olvidaré, te abrazaré, y a Jesús te llevaré.

 

«Los mismos ministros tienen necesidad de la práctica de la dirección espiritual, que está siempre vinculada a la intimidad con Cristo: «Al fin de cumplir con fidelidad su ministerio, gusten de corazón del cotidiano coloquio con Cristo Señor en la visita y culto personal de la Santísima Eucaristía, practiquen de buen grado el retiro espiritual y estimen altamente la dirección espiritual» (PO, n. 18)

La realidad ministerial exige que el ministro reciba personalmente la dirección espiritual buscándola y siguiéndola con fidelidad, para guiar mejor a los otros: «Para contribuir al mejoramiento de su propia vida espiritual, es necesario que los presbíteros practiquen ellos mismos la dirección espiritual. Al poner la formación de sus almas en las manos de un hermano sabio, madurarán — desde los primeros pasos de su ministerio — la conciencia de la importancia de no caminar solos por el camino de la vida espiritual y del empeño pastoral. Para el uso de este eficaz medio de formación tan experimentado en la Iglesia, los presbíteros tendrán plena libertad en la elección de la persona a la que confiarán la dirección de la propia vida espiritual» (Directorio, n. 73)

Para las cuestiones personales y comunitarias es necesario hacer uso del consejo de los hermanos, sobre todo de aquellos que deben ejercerlo para la misión que se les ha confiado, según la gracia de estado, recordando que el primer “consejero” o “director” es siempre el Espíritu Santo, al que es necesario acudir con una oración constante, humilde y confiada».

(Congregación para el Clero, El sacerdote, confesor y director espiritual, ministro de la Misericordia divina, nn. 74-76)

¡Muéstrate Madre, María!

(Pastores, n. 209)