Mt 11, 2-11 - Conversión verdadera
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CONVERSIÓN VERDADERA

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«He aquí que yo envío a mi mensajero para que vaya delante de ti y te prepare el camino. Yo les aseguro que no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista» (Mt 11, 10-11)

Amigo mío:

Es tiempo de llamar a mi pueblo a la conversión.

Es tiempo de guiarlos y rectificar su camino, para dirigirlos hacia la salvación.

Es tiempo de prepararlos para la venida definitiva de su Señor.

Es tiempo de que crean que en medio de ellos vivo yo.

Es tiempo de alimentar a mi pueblo con el Pan de la Vida.

Es tiempo de que crean y me adoren en la Eucaristía.

Es tiempo de arrepentimiento y de preparación.

Es tiempo de que permanezcan en vela, escuchando la Palabra de Dios.

Es tiempo de que escuchen a mi Madre y la obedezcan. Ella dice: “hagan lo que Él les diga”. Y yo les digo: “aquí estoy, vengan a mí los que están cansados, los atribulados, los enfermos, los sordos, los ciegos, los cojos, los que están encadenados a un mundo de pecado, que, con mi muerte en la cruz, ya destruí”.

Construyan conmigo el Reino de los Cielos.

Crean en mí.

Prepárense para recibirme. Yo merezco una morada digna en cada corazón.

Enseñen a mi pueblo a limpiarse por dentro, para que habite yo.

Es tiempo de que el mundo me conozca, de que sepan quién soy yo, y me vean en ti, y en cada uno de los que yo llamé y dijo sí.

Es tiempo de que hagas tu labor pastoral con amor, y que seas eficaz en tu trabajo.

Pero debes dar prioridad a tu oración, para que mi pueblo te escuche, para que te siga, para que te obedezca, para que aprenda de ti. Para que esté dispuesto a venir a mí para ser santificado.

Preciso es que tú primero te conviertas, que hagas mis obras, que vean en ti el sacerdote santo que yo vi cuando te impuse las manos y tu corazón ardía de amor por mí.

Dime, amigo mío, ¿estás dispuesto a dejarlo todo, esta vez en serio, para seguirme?

Dime, ¿en verdad deseas con todo tu corazón y con toda tu voluntad servirme?

Dime, ¿deseas darle a Dios un pueblo santo?

Dime, ¿me amas con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas?

Dime, ¿estás dispuesto a renunciar a todo pecado, y rechazar todo mal?

Dime, ¿deseas ser tan pequeño, como para dejarte en los brazos de mi Madre llevar?

¿Deseas tu alma sacerdotal renovar?

Dime, ¿eres tú aquel al que yo llamé, y conmigo configuré? ¿Aquel que me dijo sí, y yo como sacerdote ordené?

Dime, ¿estás dispuesto a dar tu vida por mí, entregando tu vida en el servicio a mi pueblo?, ¿o he de esperar a otro?

Si tú renuncias a tu responsabilidad, si un día te quieres marchar, romperás mi corazón. Pero te aseguro que vendrá otro que haga lo que yo a ti te pido, y mucho más, porque mi voluntad se hará, contigo o a pesar de ti.

Pero no te dejaré. Te buscaré. Y, si tú me dejas, te encontraré. Y, de vuelta a mí, te conduciré.

Y, mientras te bañas en las lágrimas que por ti derramé, tu corazón convertiré. Y el cielo se alegrará. Toda mi Iglesia cantará alabanzas a Dios por haberte encontrado, porque tú sabes que eres tú a quien yo llamé amigo, cuando tú dijiste sí para ser mi siervo. Y, al estar cerca de mí, tu alma arde de amor por mí. No porque tú me amas, sino porque yo te amé primero.

No me hagas esperar.

Yo estoy aquí.

Ven a mí, y haz lo que yo te digo.

«Juan tenía sus propios discípulos; no estaba separado, sino que era un testigo dispuesto a dar su testimonio. Convenía que diese testimonio de Cristo, que reunía también sus propios discípulos; podía sentir celos, si no podía verlo. Y como los discípulos de Juan estimaban tanto a su maestro, oían de él el testimonio sobre Cristo y se maravillaban; a punto de morir quiso que él los confirmara. Sin duda decían ellos dentro de sí: Juan dice de él cosas tan grandes que él no las dice de sí mismo. Id y decidle, no porque yo dude, sino para que vosotros os instruyáis. Id y decidle, lo que yo suelo decir, oídselo a él; habéis oído al heraldo, oíd ahora al juez la confirmación. Id y decidle: ¿Eres tú el que vienes o esperamos a otro? (ib., 3). Fueron y se lo preguntaron; por ellos, no por Juan. Y por ellos contestó Cristo: Los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan, los leprosos curan, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados (ib., 5). Ya me veis, reconocedme. Veis los hechos, reconoced al hacedor. Y bienaventurado quien no se escandalizare de mí (ib., 6). Y me refiero a vosotros, no a Juan. Por eso, para que viéramos lo que se refería a Juan, dijo: Tras haberse marchado ellos, comenzó a decir a las turbas acerca de Juan (ib., 7). Y el veraz, la verdad, cantó sus alabanzas verdaderas»

(San Agustín, Sermón: “Mis palabras son mis obras”, Sermón n. 66)

¡Muéstrate Madre, María!

(Pastores, n. 207)