Mt 4, 12-17. 23-25 - La misión de salvar almas
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LA MISIÓN DE SALVAR ALMAS

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Desde entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo: “Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos”. Y andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la buena nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia» (Mt 4, 17.23).

Hijo mío, sacerdote:

Predicar el Evangelio es tu misión.

Llamar a la conversión es tu misión.

Llevar la misericordia de Dios a su pueblo es tu misión.

Acercar a las almas a Cristo es tu misión.

Procurar que el pueblo de Dios cumpla su ley y sus mandamientos es tu misión.

Llevar la paz a todo lugar a donde vas es tu misión.

Interceder por los pecadores, haciendo expiación, es tu misión.

Salvar almas es la misión del Hijo de Dios. Él es el Salvador, y tú compartes con Él esa misión.

Cumple, hijo mío, con amor y entusiasmo tu ministerio, porque es así como cumples con tu misión, que urge, porque ya está cerca el Reino de los Cielos. Es más, ya llegó, ya está aquí. Y tú compartes con el Rey el honor de establecer su Reino en el mundo perdonando los pecados, curando a los enfermos, enseñando, gobernando, santificando al pueblo de Dios.

Y si no sintieras alegría o entusiasmo, acude a tu Señor, cuéntale tus cosas, pide su ayuda en la oración. Ábrele tu corazón para que Él lo llene de su gracia transformante y haga arder su fuego de amor en él, para que lo convierta y te dé un corazón como el suyo, lleno de vigor, lleno de pasión, lleno de juventud y de vida, ansioso de conquistar para la gloria de Dios.

Yo pido para ti la gracia de la renovación de tu alma sacerdotal para que vuelvas a sentir el deseo de aquel amor primero, como cuando Él lo era todo para ti.

Que traiga a tu memoria el gozo de la satisfacción del cumplimiento del deber, dejando todo para tomar tu cruz y seguirlo a Él.

Que sientas hervir la sangre ante las ofensas de los hombres a Dios.

Que recuerdes la ira santa que impulsaba tu espíritu para dar la vida por amor al Hijo de Dios y al prójimo, defendiendo con todas tus fuerzas al rebaño que te encomendó.

Que vuelvas a sentir el amor de juventud por el que no dudas arriesgar tu vida por quien dejas todo, cambias todo, entregas todo lo necesario para no perderlo, no por un apego caprichoso, sino por temor a no tenerlo. Y aunque los años se queden en tu rostro y en tu cuerpo, tu espíritu viva fuerte, sereno y de los años de sabiduría lleno.

Que las experiencias vividas sirvan para mostrarle a otros el buen camino, alertarlos de los peligros; y tú, con lo que has aprendido, llegues a tu destino, que es Cristo, que te abre las puertas a su Paraíso, que es el Reino de Dios que ha llegado a ti, para que seas no solo un servidor, sino rey, configurado plenamente con Cristo, Rey de reyes y Señor de señores.

Toma mi mano, hijo mío. Yo te acompaño. Siente mi presencia viva y maternal junto a ti. Déjate abrazar por mi misericordia, que te dará lo que necesitas para cumplir con tu misión.

Nunca olvides quién eres. Tú eres uno con Jesús, el Salvador del mundo, y esa, hijo mío, es tu misión.

Bendice a los habitantes del Reino de Dios. Tienes el poder, te lo ha dado el Rey.

 

«En virtud del sacramento del Orden, los presbíteros participan de la universalidad de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles. El don espiritual que recibieron en la ordenación los prepara, no para una misión limitada y restringida, «sino para una misión amplísima y universal de salvación “hasta los extremos del mundo”» (PO 10), “dispuestos a predicar el evangelio por todas partes” (OT 20).

Su verdadera función sagrada la ejercen sobre todo en el culto eucarístico. En ella, actuando en la persona de Cristo y proclamando su misterio, unen la ofrenda de los fieles al sacrificio de su Cabeza; actualizan y aplican en el sacrificio de la misa, hasta la venida del Señor, el único Sacrificio de la Nueva Alianza: el de Cristo (LG 28). De este sacrificio único, saca su fuerza todo su ministerio sacerdotal (PO 2).

Los presbíteros sólo pueden ejercer su ministerio en dependencia del obispo y en comunión con él. La promesa de obediencia que hacen al obispo en el momento de la ordenación y el beso de paz del obispo al fin de la liturgia de la ordenación significa que el obispo los considera como sus colaboradores, sus hijos, sus hermanos y sus amigos y que a su vez ellos le deben amor y obediencia».

(Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1565-1567)

¡Muéstrate Madre, María!

(Pastores, n. 273)