Mt 6, 1-6.16-18 - Permanecer en lo secreto
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PERMANECER EN LO SECRETO

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres, para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial» (Mt, 6, 1).

Hijo mío: tú has sido enviado en el nombre del Señor. Santifícate haciendo buenas obras que ante los hombres exalten la bondad y la misericordia de Dios y no tu nombre, porque tú ya no te perteneces, tú eres uno con Cristo, estás configurado con Él.

La configuración no es una fusión en la que eres mitad tú y mitad Él. La configuración con Cristo es que tú, sacerdote, eres transformado en Él. Ya no eres tú quien vive, sino Él. Tus obras son sus obras.

Eso es lo que el mundo necesita ver: a Cristo en medio de ellos. Aunque sean tu rostro, tus manos, tu voz y tus pies, los fieles que tienen fe no te ven a ti, lo ven a Él.

Pero cuando tú te olvidas de quién eres y deseas volver a ser el que antes eras, y te comportas con superioridad, faltando al amor, olvidándote de la caridad con la soberbia, poniendo la eficacia antes que la caridad, deseando que el mundo te alabe, te agradezca, te pague por lo que haces, utilizando tu poder, tu ministerio, tu carácter sacerdotal para beneficiarte a ti mismo, tus fieles no ven a Cristo en ti, y algunos se sienten defraudados al ver que detrás del alba y la casulla, hay tan solo un hombre pecador que busca el aplauso, el reconocimiento y la admiración, no de los fieles, sino de un público que escucha no su predicación, sino su discurso.

Se sienten defraudados y lastimados, no por el hombre pecador que ven en ti, sino por el mismo Cristo que ellos buscan y no encuentran en ti. Y aunque la configuración permanece, Cristo sufre crucificado en ti.

Por tanto, hijo mío, no busques complacerte a ti mismo, no busques ser reconocido por tus propios méritos, porque no los tienes.

En cambio, con tus buenas obras, administrando la misericordia con el poder que Dios te dio, enaltece el nombre de Cristo en ti, y tú permanece en lo secreto orando, experimentando la alegría de haber sido elegido de entre muchos para ser el mismo Cristo, que camina en medio del mundo reuniendo a su rebaño.

Vive con alegría, aceptando tu cruz de cada día, rechazando la recompensa que el mundo te ofrece por tu trabajo, viviendo para Dios, porque eres de Dios, en la esperanza de que Él te recompensará en su Paraíso. Entonces, darás buen ejemplo, y tus fieles verán en ti a Cristo vivo del mismo modo que lo reconocen presente y vivo en el pan divino que tú haces bajar del cielo para alimentarlos, para saciarlos, para santificarlos.

Pero para que se esconda tu humanidad imperfecta y se vea la humanidad y divinidad perfecta del Hijo de Dios en ti, debes ser un hombre de oración, tener en tu alma la experiencia viva de Dios en la intimidad, que es solo de dos; tratar a tu Señor de amistad frecuentemente; conocerlo; dejarte por Él mirar; escuchar su Palabra; dejar que posea totalmente tu alma con disposición; y con voluntad hacer en todo su divina voluntad, dispuesto a dejar que Él haga contigo lo que quiera.

Tus sacrificios, tus ofrendas, tu oración personal, la manifestación de los deseos de tu corazón adorando a tu Señor, entregándole tus angustias y preocupaciones, sabiendo que Él se encargará, tu lucha contra las tentaciones, y la victoria de Cristo sobre tus pasiones, todo eso que solo ve Dios en lo secreto, ten la seguridad de que Él te lo recompensará con bienes eternos.

¡Alégrate, hijo mío!, porque el Señor está contigo. Ten fe y confianza en que Él te mira, todo lo sabe, todo lo conoce. Está contigo todos los días y te ayudará a hacer sus obras, y aún mayores, porque no hay nada imposible para Dios.

Adora con tu vida a tu Señor y descúbrelo en tu silencio interior.

Permanece atento a su voz.

Eleva tus ojos al cielo en la soledad de tu habitación.

Pídele lo que necesitas, y lo que necesita el mundo.

El Señor escuchará tu clamor. No será sordo a tu voz, corresponderá a tu humildad con su generosa misericordia.

«No nos dice precisamente ahora que oremos, sino que nos dice cómo debemos orar, así como antes nos ha enseñado, no que demos limosna, sino cómo debemos darla.

No es un pecado el ser visto por los hombres, sino el hacer esto con el fin de ser visto por los hombres.

Debemos huir cuanto nos sea posible de que los hombres conozcan que hacemos esto, con el fin de esperar el fruto de agradar a los hombres, y por esto añade: En verdad os digo, recibieron su galardón.

Por nuestros aposentos deben entenderse nuestros corazones, de quienes se dice en el Salmo: Lo que decís en vuestros corazones, lloradlo en vuestros aposentos (Sal 4,5). La puerta es el sentido de la carne. Fuera están todas las cosas temporales que penetran por medio de los sentidos del cuerpo a nuestro pensamiento, y muchas veces una multitud de vanas teorías distraen a los que oran.

Debe cerrarse la puerta, esto es, debe resistirse a la tentación carnal, para que la oración espiritual se dirija al Padre, y por eso se hace en lo íntimo del corazón donde se ruega al padre en lo escondido. Y por ello sigue: Y tu Padre que ve en el secreto, te dará la retribución».

(San Agustín, De sermone Domini, 2)

¡Muéstrate Madre, María!

(Pastores, n. 235)