LLAMAR AL MUNDO A LA CONVERSIÓN
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque son semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre!» (Mt 23, 27).
Hijo mío:
La sangre derramada del costado de Cristo en la cruz, y su misericordia fue por ti y por todos los sacerdotes, para lavar sus pecados y hacer un llamado al mundo a la conversión, invitándolos a participar de la riqueza de los sacramentos, que son un tesoro del cielo, un regalo de Dios.
Todos los hombres necesitan conversión. También los sacerdotes, los religiosos, los consagrados a Dios. Y especialmente ellos primero, porque son los que deben conquistar al mundo dando buen ejemplo.
Los sacerdotes de Cristo, como tú, tienen la gran responsabilidad de limpiar y purificar los corazones de los pecadores hipócritas que pretenden impresionar a los demás con sus buenas obras, pero, en realidad, sus intenciones son egoístas; de guiarlos, de enseñarlos, de convencerlos, para que acepten vivir en el camino recto de la verdad.
Todo pecador que no se humilla, que no se arrepiente, que no se confiesa, que no vive piadosamente, es un hipócrita, porque pretende vivir como si Dios no existiera. Pero su conciencia le reclama buscar, conocer y adorar al dueño de su existencia. Y es un hipócrita porque se engaña a sí mismo, vive dividido, buscando en el mundo la felicidad que no encontrará, porque no quiere darse cuenta de que la lleva dentro, en su corazón está.
Y tú, sacerdote, le debes mostrar el camino hacia la vida espiritual, para que a Dios, en su interior, pueda encontrar.
Pero si tú, hijo mío sacerdote, no te conviertes; si tú mismo no has encontrado la felicidad dentro de ti, que es Cristo; si vives de apariencias revestido de pureza, exaltándote a ti mismo, y enalteciéndote con el poder de tus ornamentos –por los que los fieles te miran con respeto–, y no te humillas confesando tus pecados, y estás sucio por dentro, escucha al Señor, que ha derramado su sangre por ti; que te ha elegido como su siervo, y te ha llamado amigo; y que hoy te llama hipócrita, porque lo has traicionado, porque aparentas estar a su lado, pero de su Corazón te has alejado.
Pero Él te ama tanto que a su Madre te ha enviado.
Yo estoy aquí para acompañarte y suplicarte: ¡conviértete!, ¡acércate a tu Señor, con el corazón contrito y humillado! Él te está esperando para darte su perdón, no porque lo merezcas, sino porque con mis lágrimas cuentas y mi poder de intercesión.
Su sacrificio en la cruz ha merecido cada lágrima que yo derramo por ti, hijo mío, para que vuelvas a su Corazón y Él te lave con su preciosa sangre; y no te llame siervo ni amigo; y no te llame hipócrita, SINO SANTO DE DIOS.
Llama al mundo a la conversión, porque eso es lo que merece tu Señor.
«La salud del cuerpo es un bien para la vida humana. Ahora bien, se es dichoso no sólo por conocer la definición de salud, sino por vivir en buena salud… El Señor Jesús no dice que se es dichoso por saber alguna cosa referente a Dios, sino que se es feliz por la posesión de él dentro de sí. En efecto, «dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». No dice que Dios se deja ver por cualquiera que haya purificado la mirada de su alma…; en otra parte lo dice más claramente: «El Reino de Dios está dentro de vosotros». Esto es lo que nos enseña: el que ha purificado su corazón de toda criatura y de toda atadura desordenada, ve la imagen de la naturaleza divina en su propia belleza…
Hay en ti, en cierta medida, una capacidad para ver a Dios. El que te ha formado ha depositado en tu ser una inmensa fuerza. Dios, al crearte, ha encerrado en ti la sombra de su propia bondad de manera semejante a cuando se imprime el dibujo de un sello en la cera. Pero al pecado ha escondido esta huella de Dios; ha quedado escondida bajo unas manchas. Si a través de una vida perfecta purificas las manchas fijadas en tu corazón, la belleza divina brillará de nuevo en ti. De la misma manera que un pedazo de hierro del que se ha quitado su herrumbre brilla bajo la luz del sol, igualmente ocurre en el hombre interior: en lo que el Señor llama «corazón», encontrará de nuevo la semejanza con su modelo cuando haya quitado las manchas de herrumbre que estropeaban su belleza».
(San Gregorio de Nisa, Homilía 6 sobre las Bienaventuranzas)
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 293)
