CELEBRAR LA VIDA DE MARÍA
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús
En la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María – 8 de septiembre
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
Amigo mío.
Celebro la vida de mi Madre.
Celebra conmigo.
Celebrar su vida es celebrar también tu vida y la mía.
Bendita sea María entre todas las mujeres.
Ella es pura, inmaculada, perfecta, excelsa creatura, creada según mi Padre pensó a la humanidad desde un principio, antes de que el mundo existiera.
Por eso Ella es llamada la nueva Eva. En Ella comienza de nuevo el plan perfecto de Dios para renovar a la humanidad, porque para eso me envió.
El Espíritu Santo en Ella me engendró, y la Pureza no podía ser engendrada sino en la pureza.
Por eso no hay creatura en el mundo más bella que Ella.
Y ahora reina en el Cielo y en la tierra como modelo para la humanidad.
Modelo de virtud, de perfección, en quien mi Padre se complació tanto, que por Ella concedió a la humanidad la adopción filial.
Y del mismo modo que José fue un verdadero padre para mí, a pesar de que no fue él, sino el Espíritu Santo, quien me engendró en el vientre virginal y perfecto de la mujer que Él creó para mí, y yo la llamé “Madre”…
Así como heredé de mi padre José su linaje, y fui tan parecido a él, porque de él aprendí, él me crio, me cuidó, me enseñó, me protegió, me ayudó a conocerme a mí mismo, verdadero hombre y verdadero Dios…
Así la humanidad, en filiación divina, recibe de mi Padre su heredad, y deben aprender de Él para parecerse a Él. Y deben dejarse cuidar y proteger por Él. Dejarse guiar, haciendo su voluntad, para que lleguen a ser como Él: perfectos.
Todo aquel que busque la santidad debe aprender de mi Madre y de mi padre José.
Ellos son los modelos de la perfección en medio del mundo, que mi Padre a la humanidad le dio. Y a mí, porque de ellos aprendí a aceptar la voluntad de Dios, para poder un día decir: “hágase tu voluntad y no la mía”.
Celebra conmigo la vida de María. Pero no celebres como un hombre común, sino en perfecta configuración conmigo, con tu corazón puro y limpio. Por tanto, si no lo está, ve y límpialo. Confiesa tus pecados con verdadero arrepentimiento. Pide perdón. Y luego, ven y celebra conmigo a mi Madre y tu Madre, en quien el Espíritu Santo te engendró en su vientre virginal –como lo hizo conmigo–, el día de tu Ordenación, porque Ella ya te había engendrado en su corazón, como a toda la humanidad.
Pero a ti te elegí yo de entre el mundo para ser como yo VERDADERO CRISTO. Una sola carne, un mismo espíritu, la misma sangre.
Compréndelo de una vez, amigo mío: en la cruz yo le entregué la Madre al hijo, y el hijo a la Madre. Y no era cualquier hijo. Era mi sacerdote más amado, el único que se quedó conmigo EN PERFECTA CONFIGURACIÓN con Cristo vivo.
Y tú, que permaneces conmigo, eres también un verdadero hijo.
Agradece a Dios la vida de María, tu Madre y mi Madre.
Y agradece a Ella tu vida y mi vida.
Bendícela todos los días, porque, por Ella vino al mundo la salvación.
Déjate acompañar por Ella hasta la muerte, como lo hice yo. Y te aseguro, yo te resucitaré. Y lo primero que verás será su belleza, como lo hice yo.
«Convenía que esta fulgurante y sorprendente venida de Dios a los hombres fuera precedida de algún hecho que nos preparara a recibir con gozo el gran don de la salvación. Y este es el significado de la fiesta que hoy celebramos, ya que el nacimiento de la Madre de Dios es el exordio de todo este cúmulo de bienes, exordio que hallará su término y complemento en la unión del Verbo con la carne que le estaba destinada. El día de hoy nació la Virgen; es luego amamantada y se va desarrollando; y es preparada para ser la Madre de Dios, rey de todos los siglos.
Un doble beneficio nos aporta este hecho: nos conduce a la verdad y nos libera de una manera de vivir sujeta a la esclavitud de la letra de la ley. ¿De qué modo tiene lugar esto? Por el hecho de que la sombra se retira ante la llegada de la luz, y la gracia sustituye a la letra de la ley por la libertad del espíritu. Precisamente la solemnidad de hoy representa el tránsito de un régimen al otro en cuanto que convierte en realidad lo que no era más que símbolo y figura, sustituyendo lo antiguo por lo nuevo.
Que toda la creación, pues, rebose de contento y contribuya a su modo a la alegría propia de este día. Cielo y tierra se unen en esta celebración, y que la festeje con gozo todo lo que hay en el mundo y por encima del mundo. Hoy, en efecto, ha sido construido el santuario creado del Creador de todas las cosas, y la creación, de un modo nuevo y más digno, queda dispuesta para hospedar en sí al supremo Hacedor.
(San Andrés de Creta, obispo, Sermón “Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado”)
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 294)
