OBRAS DE FE
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«El que obra el bien conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios» (Jn 3, 21).
Hijo mío, sacerdote: todo, absolutamente todo, ha hecho Dios por los hombres.
Los creó a cada uno de manera particular.
Cada uno es diferente. No hay dos exactamente igual.
Les dio alma, que al cuerpo anima con su soplo de vida.
Les dio espíritu, para que con él eternamente vivan.
Los amó hasta el extremo, dándoles a su Hijo único para perdonar todas las infidelidades y ofensas de los hombres.
Y, por el sacrificio de su Hijo Jesucristo, los liberó de la muerte, a la que habían sido condenados por su soberbia, por su pecado.
Pero no lo recibieron: lo mataron. Y Dios, por su inmenso amor y misericordia, contuvo su ira, aceptando el sacrificio de su Hijo amado, como propiciación de los pecados del mundo.
Y Cristo resucitó con el poder de Dios, para reunir a su rebaño, y conducirlo, como buen pastor, a verdes campos y a fuentes de agua cristalina, para apacentarlos y volverlos a Dios.
Una sola cosa les pide el Señor a cambio, y también les da la gracia para lograrlo: que crean, hijos, que crean.
Que abran sus corazones y dejen que el Espíritu Santo los llene y los desborde de su gracia infinita, y los encienda con el fuego del amor.
Sólo tienen que querer, decir sí. Todo lo demás lo hace Dios.
Renunciar a su soberbia, reconocerse criaturas necesitadas del Creador.
Creer verdaderamente en la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Jesucristo, el Hijo único de Dios, que ha venido al mundo para salvarlos.
Pero no basta decir que creen.
El que verdaderamente cree cumple los mandamientos del Señor, vive su palabra, poniendo en obra su fe.
Hace lo que Él le dice, precisamente porque en Él cree.
Lucha contra la tentación de la duda, del orgullo, de la incredulidad, de la comodidad.
Busca la conversión de su corazón, y hace obras buenas para permanecer unido a Él.
Rechaza el mal, pero sabe reconocer cuando se equivoca y pide perdón, acercándose al sacramento de la Reconciliación.
Adora la Sagrada Eucaristía, que es el Cuerpo y la Sangre del Hijo de Dios, vivo y presente, y lo recibe en la Comunión, para hacerse suyo, para ser unido a Él y ser con Él uno, una sola alma, un solo corazón.
El que verdaderamente cree pone en Cristo su confianza, su esperanza, su vida. Encuentra en Él la paz y la felicidad, que muestra al mundo con su alegría.
Yo intercedo por ustedes, hijos míos, sacerdotes, para que crean de verdad, y correspondan con valor y total voluntad al que es, al que era y al que vendrá, entregándole su vida entera, ejerciendo eficazmente y con amor sus ministerios, para ser en perfecta configuración uno con Él, para conseguir, a través de la predicación, que el mundo crea y se salve, y así glorificar eternamente a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
«La luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (Jn 3, 19). Jesús también retoma esto de la luz. Hay personas —incluso nosotros, muchas veces— que no pueden vivir en la luz porque están acostumbrados a la oscuridad. La luz los deslumbra, no pueden ver. Son murciélagos humanos: sólo saben moverse en la noche.
Y nosotros también, cuando estamos en pecado, estamos en este estado: no toleramos la luz. Es más cómodo para nosotros vivir en la oscuridad; la luz nos abofetea, nos hace ver lo que no queremos ver.
Pero lo peor es que los ojos, los ojos del alma de tanto vivir en la oscuridad se acostumbran tanto a ella que terminan ignorando lo que es la luz. Perder el sentido de la luz porque me acostumbro más a la oscuridad. Y tantos escándalos humanos, tantas corrupciones nos señalan esto. Los corruptos no saben lo que es la luz, no lo saben.
Dejemos que el amor de Dios, que envió a Jesús para salvarnos, entre en nosotros y “la luz que trae Jesús” (cf. v. 19), la luz del Espíritu entre en nosotros y nos ayude a ver las cosas con la luz de Dios, con la verdadera luz y no con la oscuridad que nos da el señor de las tinieblas»
(Francisco, Homilía 22 de abril de 2020).
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 151)
