Jn 6, 35-40 - Participar de la misión de Cristo
Jn 6, 35-40 - Participar de la misión de Cristo
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PARTICIPAR DE LA MISIÓN DE CRISTO

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«La voluntad del que me envió es que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día» (Jn 6, 39).

Amigo mío.

Nadie va al Padre si no es por el Hijo. Y nadie va al Hijo si el Padre no lo atrae hacia Él.

YO SOY EL HIJO. Y yo cuido, guardo, protejo y no pierdo lo que mi Padre me da.

Con fuerte celo defiendo lo que es mío, porque lo que yo más amo y deseo es que se haga la voluntad de mi Padre que está en el cielo.

Santa es su voluntad.

Divina es su voluntad.

Bendita es su voluntad.

Hágase su voluntad.

Él me envió al mundo para hacer su voluntad.

ALABADO SEA MI PADRE.

GLORIFICADO SEA SU NOMBRE.

Tú eres mío.

Eres un regalo que me dio mi Padre, y que yo elegí para hacerte siervo, SACERDOTE MÍO para la eternidad.

Pero no te llamo siervo, te llamo amigo, porque contigo quiero compartir todo lo que mi Padre me ha dicho.

QUIERO QUE PARTICIPES CONMIGO DE MI MISIÓN.

No porque yo no pueda hacerlo todo. Sí puedo. Pero no quiero.

Te amo tanto que me complace que tú hagas tuya mi misión, para que tú y yo seamos uno -como mi Padre del cielo y yo somos uno-, y hagamos su voluntad.

Yo soy el Pan de vida para alimentar el pueblo de Dios, porque todo aquel que se acerque a mí y venga a mí nunca tendrá hambre.

Todo aquel que me vea y crea en mí nunca tendrá sed.

Que crean en mí es la voluntad de mi Padre.

ESO ES LO QUE TÚ VAS A HACER.

Predicar el Evangelio es tu obligación.

Hablarles de mí, para que crean en mí.

Conquistar los corazones de los hombres para enamorarlos de mí.

Llevarles mi paz y la salvación a través de los sacramentos.

Procurar que mi misericordia llegue a todos.

Por tanto, que crean, amigo mío, depende de ti.

Yo me abandono en tus manos, te doy mi poder, te doy el don para hacer y deshacer; para perdonar los pecados; para transmitir mi mensaje, llevando mi Palabra a todos los rincones del mundo.

Yo soy quien te da los medios para que hagas mis obras.

Pero es tu voluntad lo que se necesita para que se haga mi voluntad, que es hacer la voluntad de mi Padre.

La voluntad de mi Padre es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. YO SOY LA VERDAD.

Todo lo ha puesto en mis manos.

Ha sometido a mis enemigos a mis pies.

He destruido la muerte con mi resurrección para hacer la voluntad de mi Padre, que es que no se pierda a ninguno de los que me ha dado, y yo los resucite en el último día.

Medita en estas palabras y sé consciente de lo difícil y grande que es esta misión que te encomiendo yo: QUE TODOS SE SALVEN. Que yo no pierda a ninguno.

Pero mira, amigo mío, cómo está el mundo. Pareciera imposible esta misión. Es más fácil contar a los que se acercan a mí, a los que creen en mí, que a los que no lo hacen.

Mira cómo sufre mi Corazón por todos aquellos sacerdotes míos que arriesgan su vida, pero no por mí, en el cumplimiento de sus ministerios, sino su vida espiritual, poniéndose en tentación, cometiendo los más horrorosos pecados, tentando a la muerte luchando contra mí en el ejército del diablo.

Pero yo te digo, amigo mío, NO HAY NADA IMPOSIBLE PARA DIOS.

Yo cuento contigo.

Tú eres instrumento de mi sabiduría y de mi misericordia, PARA DEFENDER CON CELO LO QUE ES MÍO.

Yo te envío con el arma de la fe y la compañía de María, mi Madre, y las almas que con Ella rezan por ti, para que perseveres siendo fiel a tu ministerio y hagas la voluntad de mi Padre que está en el cielo atrayendo con su poder y su gracia a muchas almas a mí.

A mis pastores primero, porque los fieles, sus ovejas, vienen detrás de ellos.

Haremos juntos la Obra de Dios.

SERVIAM!

«La identidad de los presbíteros se constituye en torno a su ser para y es inseparable de su misión. De hecho, quien «pretende encontrar la identidad sacerdotal buceando introspectivamente en su interior quizá no encuentre otra cosa que señales que dicen “salida”: sal de ti mismo, sal en busca de Dios en la adoración, sal y dale a tu pueblo lo que te fue encomendado, que tu pueblo se encargará de hacerte sentir y gustar quién eres, cómo te llamas, cuál es tu identidad y te alegrará con el ciento por uno que el Señor prometió a sus servidores. Si no sales de ti mismo, el óleo se vuelve rancio y la unción no puede ser fecunda»[1]. Como enseñaba san Juan Pablo II, «los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu»[2]. Así, la vocación sacerdotal se desarrolla entre las alegrías y las fatigas de un servicio humilde a los hermanos, que el mundo a menudo desconoce, pero del que tiene una profunda sed: encontrar testigos creyentes y creíbles del Amor de Dios, fiel y misericordioso, constituye una vía primordial de evangelización» (León XIV, Carta Apostólica “Una fidelidad que genera futuro”, con motivo del LX aniversario de los Decretos Conciliares Optatam Totius y Presbyterorum Ordinis”, n. 23, 8.XII.25).

¡Muéstrate Madre, María!

(Pastores, n. 289)

 

[1] Francisco, Homilía de la Misa Crismal, 17 de abril de 2014.

[2] San Juan Pablo II, Ex. Ap. Pastores dabo vobis, n. 15.