UNO CON EL PADRE
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano. Me las ha dado mi Padre, y él es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. El Padre y yo somos uno» (Jn 10, 27-30).
Amigo mío:
El Padre y yo somos uno. Pero no somos dos, sino tres. Una Santísima Trinidad. Tres personas distintas, un solo Dios verdadero.
Esa es la verdad de fe. Lo que todos los que son ovejas de mi redil deben creer.
El Padre me envió al mundo para salvarlos a todos.
Él ama a cada una de sus criaturas, sin excepción.
Su voluntad es que todos los hombres se salven, sin excepción.
Él me los dio, porque son suyos, y nadie puede arrebatar de su mano lo que es suyo. Y lo que, con mi sangre, derramada en la cruz, gané yo.
Todo es para su gloria. Él es el todopoderoso, el creador de todo lo creado.
Él es el increado, el que existe desde siempre y para siempre.
El Padre y yo somos uno. Todo lo que Él es, yo soy.
Todo lo que es suyo es mío, y lo mío es suyo.
Pero yo no ando por mi cuenta, no hago lo que quiero
YO OBEDEZCO EN TODO A MI PADRE.
MI VOLUNTAD ES HACER SU VOLUNTAD.
Sus deseos son mis deseos.
Yo lo glorifico, y Él me corona con su gloria.
Él ha puesto todas las cosas bajo mis pies. También a mis enemigos. Y me ha nombrado Justo Juez.
Yo tengo poder para juzgarlos, para decidir quiénes son y quiénes no son de mi redil.
Yo deseo con todo mi Corazón que todos sean ovejas de mi redil, y sean reunidos en un solo rebaño y con un solo pastor.
Yo soy el Buen Pastor.
Yo conozco a mis ovejas. Ellas escuchan mi voz y me siguen.
Yo soy la fuente de agua viva que les da de beber.
Yo soy quien les da de comer, y me hago alimento de vida eterna.
Yo soy quien las conduce hacia verdes praderas y las hace descansar.
Yo soy la puerta que conduce al Paraíso, y quien las hace entrar.
Tengo también ovejas en otros rediles, que las haré venir y ser parte de este redil.
Pero hay ovejas que no son mías, que me han rechazado, que me hacen sufrir, porque han decidido no escucharme. Han decidido no creer en mí, y se han apartado de mí.
Nadie puede ser arrebatado de mi mano, pero yo les doy libertad para elegir si están conmigo o están contra mí.
Y dentro de las ovejas de mi rebaño yo te he elegido a ti.
Cuando aún eras un cordero te tomé de mi mano, te llamé, me escuchaste, me seguiste.
Yo te hice mío. Pero te confieso que yo tenía una ventaja sobre ti: desde antes de nacer yo ya te conocía, y te tenía consagrado para mí. Y ahora te he convertido en pastor, para que seas como yo.
Te he dicho que el Padre y yo somos uno. Y ahora te digo: tú y yo somos uno.
Reflexiona lo que quieres ser.
Ser el mismo Cristo, que obedece y hace lo que el Padre le dice.
Y lo glorifica. Y será coronado con su gloria. Y sus enemigos serán puestos a sus pies.
La lógica te lo dice todo: si el Padre y yo somos uno, y tú y yo somos uno, ¿el Padre y tú qué son?
Uno en Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
«He aquí la fe católica: veneramos a un Dios en la Trinidad y a la Trinidad en la unidad, sin confundir a las personas, sin dividir la sustancia: una es, en efecto, la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo; pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen una misma divinidad, una gloria igual, una misma majestuosidad eterna. Así como es el Padre, es el Hijo y el Espíritu Santo: increado es el Padre, increado el Hijo e increado el Espíritu Santo... De este modo el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios; y sin embargo ellos no son tres dioses, sino un mismo Dios...
Esta es la fe sin desviaciones: nosotros creemos y confesamos que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y hombre: Él es Dios, de la sustancia del Padre, engendrado antes de los siglos; y Él es hombre, de la sustancia de su madre, nacido en el tiempo: Dios perfecto, hombre perfecto, compuesto de un alma razonable y un cuerpo humano, igual al Padre según la divinidad, inferior al Padre según la humanidad. Aunque Él sea Dios y hombre, no existen dos cristos sino un solo Cristo: uno, no porque la divinidad haya pasado a la carne, sino porque la humanidad fue asumida por Dios; una unión no por mezcla de sustancias, sino por la unidad de la persona. Porque, al igual que el alma razonable y el cuerpo forman un hombre, Dios y el hombre forman un Cristo. Él sufrió por nuestra salvación, descendió a los infiernos, resucitó al tercer día de entre los muertos, subió a los cielos, y está sentado a la derecha del Padre; desde allí vendrá a juzgar a vivos y muertos».
(San Atanasio, Símbolo “Quicumque”)
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 224)
