OBISPOS SANTOS
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Todos serán salados con fuego. La sal es cosa buena; pero si pierde su sabor, ¿con qué se lo volverán a dar? Tengan sal en ustedes y tengan paz los unos con los otros» (Mc 9, 49-50).
Hijos míos, sacerdotes:
¡Cuánto les agradezco que estén unidos a sus obispos!
Yo les aseguro que todo lo que hagan por ellos, lo hacen por Cristo. Y yo misma les daré su recompensa.
¡Qué difícil es el ministerio de un obispo!
¡Cuánta responsabilidad adquiere!
¡Cuánto compromiso siente!
Tanto, que un gran peso carga sobre sus hombros, y no hay nadie que lo ayude. Por eso debe aprender a abandonarse en Dios.
¡Cuánto bien puede hacer un obispo en el mundo, pero cuánto daño pueden causar sus pecados, convertidos en escándalo!
A un obispo lo siguen los fieles con gran fervor. En ellos reconocen la autoridad de Cristo, su Padre y pastor. Y ¡cuánto se alegra el pueblo al verlo! ¡Qué bien hace al rebaño sentir cerca a su pastor, escucharlo y hacer lo que él les dice!
Un obispo, como cualquier ser humano, puede caer en tentación, cometer los más atroces pecados, las más graves faltas y ofensas contra Dios. El enemigo siempre está al acecho, esperando que cometan un error, para aprovechar el momento y devorarlos.
Por eso, un obispo debe cuidarse de todos los peligros, hasta de sí mismo.
Debe procurar hacer mucha oración, meditar y reflexionar la Palabra de Dios y ponerla en práctica.
Debe tener una rigurosa vida de piedad, vivir las virtudes -especialmente la humildad-, y permanecer cerca de mí, sabiendo que su Madre lo protegerá y lo cuidará, porque, cuando llegue el momento del engaño, cuando se debilite su fe, cuando el sufrimiento de su cruz sea insoportable, yo estaré ahí para sostenerlo, pisando la cabeza de la serpiente, brindándole mi auxilio, para que venza al mundo con Cristo.
Un obispo debe luchar cada día contra las tentaciones y evitar ponerse en ocasión de pecado.
Debe conservar rectitud de intención en su corazón y tener la inocencia de un niño: desechar todo aquello que lo crece, que lo engrandece, que lo llena de orgullo, que lo hace que brille él y no se vea a Cristo en él.
Debe pedir constantemente la gracia para hacerse pequeño. Y, lo mismo que predica, lo mismo que enseña, debe vivirlo.
Un obispo debe formarse continuamente, espiritualmente, para conservar un corazón ardiente, que tenga paz y lleve esa paz a los demás.
Un obispo debe reflejar en su rostro la bondad, la compasión y el amor del Padre, tal y como lo hizo Cristo.
Un obispo debe buscar la santidad primero para él, para que pueda entonces santificar a su pueblo. Y, para esto, es necesario que reconozca sus debilidades personales y desprenderse de todo lo que sea para él ocasión de pecado.
Las ofensas de un obispo son como la lanza atravesada en el Corazón de Cristo. Son como una daga en mi Corazón clavada. Porque no solo ellos se pierden. Por los escándalos de los obispos, muchas víctimas inocentes corren peligro de perderse. Entre ellos, sus propios sacerdotes.
Oren, hijos míos, y promuevan la oración por la conversión de los obispos y por su santificación. Ellos también sacerdotes son. Considéralos en cada oración.
No hagan distinción: sacerdotes, obispos y cardenales, incluso el Papa, uno son, y llevan en su carne los sufrimientos de la cruz que deben padecer con su Señor con heroica virtud.
Un santo obispo glorifica a Cristo y a su Iglesia.
¡Cuánta alegría hay en mi Corazón Inmaculado cuando veo a un obispo arrodillado, humillado, con el corazón contrito, en el confesionario, sufriendo, llorando, pidiendo perdón por cada ofensa que ha cometido contra Dios; que le duele, porque, configurado con Cristo, padece la herida que esos pecados causan a su propio corazón, que, unido a Cristo, es un mismo Corazón Sagrado que debe ser reparado con amor!
¡Cuántas almas lleva al Cielo un obispo santo! Ellos son el triunfo de mi Corazón Inmaculado, que sufre, por su causa, tanto dolor.
«Deber de santificar que tienen los Obispos. En el ejercicio de su deber de santificar, recuerden los Obispos que han sido tomados de entre los hombres, constituidos para los hombres en las cosas que se refieren a Dios para ofrecer los dones y sacrificios por los pecados. Pues, los Obispos gozan de la plenitud del Sacramento del Orden y de ellos dependen en el ejercicio de su potestad los presbíteros, que, por cierto, también ellos han sido consagrados sacerdotes del Nuevo Testamento para ser próvidos cooperadores del orden episcopal, y los diáconos, que, ordenados para el ministerio, sirven al pueblo de Dios en unión con el Obispo y su presbiterio. Los Obispos, por consiguiente, son los principales dispensadores de los misterios de Dios, los moderadores, promotores y guardianes de toda la vida litúrgica en la Iglesia que se les ha confiado.
Trabajen, pues, sin cesar para que los fieles conozcan plenamente y vivan el misterio pascual por la Eucaristía, de forma que constituyan un cuerpo único en la unidad de la caridad de Cristo, “atendiendo a la oración y al ministerio de la palabra” (Hech 6,4), procuren que todos los que están bajo su cuidado vivan unánimes en la oración y por la recepción de los Sacramentos crezcan en la gracia y sean fieles testigos del Señor.
En cuanto santificadores, procuren los Obispos promover la santidad de sus clérigos, de sus religiosos y seglares, según la vocación peculiar de cada uno, y siéntanse obligados a dar ejemplo de santidad con la caridad, humildad y sencillez de vida. Santifiquen sus iglesias, de forma que en ellas se advierta el sentir de toda la Iglesia de Cristo. Por consiguiente, ayuden cuanto puedan a las vocaciones sacerdotales y religiosas, poniendo interés especial en las vocaciones misioneras».
(Concilio Vaticano II, Decreto “Christus Dominus”, n. 15)
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 275)
