PERMANECER UNIDOS EN JESÚS
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante» (Jn 15, 5)
Amigo mío: permanece en mí, para que tengas vida. Para que produzcas fruto bueno y abundante, y juntos glorifiquemos a mi Padre que está en el cielo, y que ama a su Hijo y a todo lo que es suyo.
Tú eres mío. Por mí has sido creado. Tu vida brota de mí, como brota el sarmiento de la vid.
Pero tú no eres tan solo un sarmiento. Estás configurado con la vid. Yo te he dado mi poder para que hagas mis obras, y aun mayores.
Te he dado el poder de dar vida en mí. Y de mantener los sarmientos unidos a la vid.
Yo sé que tu corazón desea fervientemente permanecer unido al mío, aunque a veces haces el mal que no quieres, y te alejas de mí.
Pero mírame. Yo estoy aquí, frente a ti, vivo. Mi Cuerpo y mi Sangre están tocando tus manos y tu boca.
Estoy vivo. Te escucho, te siento, te miro, y te digo ¡ven! ¡Vuelve a mí! Déjate podar por el viñador, aunque te duela. Te hará ser un hombre mejor.
Déjate purificar por mi Palabra, y entrégame tu voluntad, para que yo haga contigo lo que quiera, para que yo haga mi voluntad en ti.
Mi voluntad es que tú permanezcas en mí, como yo permanezco en ti.
Entonces nada te separará de mí. Darás fruto en abundancia, para gloria de mi Padre.
El fruto de los sarmientos que tú alimentas y llenas de vida, al administrarles los sacramentos, serán contados entre los tuyos.
La gloria que tú puedes dar, unido a mí, es muy grande, y así de grande será tu recompensa.
Yo te pido que no desvíes tu mirada, no cierres tus oídos a mi voz, no endurezcas tu corazón, no te vayas. Yo te amo, y yo quiero que vayas a donde yo voy, y que tú estés donde esté yo.
Yo te elegí para mí: ¡compréndelo! Corresponde a mi amor de predilección. No quiero llamar a otro.
Quiero que seamos uno tú y yo.
«Siendo, pues, el amor algo muy grande e invencible, y no consistiendo en solas palabras, manifestémoslo en las obras.
Jesús nos reconcilió consigo, siendo nosotros sus enemigos.
En consecuencia, nosotros, hechos ya sus amigos, debemos permanecer siéndolo.
El comenzó la obra, nosotros a lo menos vayamos tras El.
Él no nos ama para propio provecho, pues de nada necesita; amémoslo nosotros a lo menos por propia utilidad.
Él nos amó cuando éramos sus enemigos; nosotros amémoslo a Él, que es nuestro amigo»
(San Juan Crisóstomo, Explicación del evangelio de San Juan, Homilía 76).
