AMAR COMO JESÚS
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Jesús dijo a sus discípulos: “Éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando”» (Jn 15, 12-14)
Amigo mío: un mandamiento nuevo les he dado: amarse los unos a los otros como yo los he amado.
Quiere decir que todos se amen con el amor de Dios que han recibido.
Quiere decir que ¡odiarse está prohibido!
Quiere decir que practicar la caridad es un deber.
¿Por qué no lo cumplen?
¿Por qué no se desean unos a otros el bien?
¿Qué acaso no creen en mí?
¡¿Qué acaso no valen mis palabras?!
¡¿Qué acaso no tengo autoridad sobre mis siervos?!
¿Qué acaso no me llaman Amo y Señor?
¿Qué acaso no me dicen “ven, Jesús, mi Salvador”?
¿Qué acaso no creen que yo soy el Hijo de Dios todopoderoso, hecho hombre, que murió en la cruz para perdonar sus pecados, para rescatarlos, para abrirles las puertas del Paraíso?
¿Qué acaso creen que voy a permitir, a pesar de haber dado la vida por ustedes, que vivan en mi Paraíso sin haberse arrepentido por no haber obedecido, y haber vivido despreciándose y odiándose unos a otros, ofendiendo a mi Padre, que ya está muy ofendido?
Tu misión sacerdotal es hacer que el pueblo de mi Padre obedezca sus mandamientos, cumpliendo el mío.
Yo les mando amarse unos a otros. Pero ustedes, mis amigos, deben amarse primero entre hermanos. Deben amar a sus rebaños, conquistarlos para mí, enseñarlos a amar a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo como a ellos mismos, poniendo como ejemplo el amor de ustedes por ellos, hasta el extremo.
Por eso les digo que ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Porque un siervo mío que no ama como amo yo, no merece que yo lo llame amigo.
Yo conozco tu corazón. Está encendido con el fuego vivo de mi amor. Te he dado la capacidad de amar como amo yo. Tú debes aspirar a tener mis mismos sentimientos.
Rechaza la ira, el odio, el egoísmo, la soberbia, el orgullo, y todo pensamiento vano e impertinente que llene tu mente de rabia, de burla, de juicios, de maldad.
Rechaza todo sentimiento y pensamiento impuro que ofende tu propia castidad.
Despréciate a ti mismo, para que puedas amarte con mi amor, y te ames a ti mismo como te amo yo. Y con ese amor, que yo te doy, ames a tus hermanos y a las ovejas de tu rebaño, con el ferviente deseo de llevarlos a Dios.
Abre tu corazón y mantenlo abierto de par en par. Déjame entrar y yo te daré un corazón como el mío, en perfecta configuración, para que ames como yo, con perfecto amor.
Y si no sintieras nada, si pensaras que tu corazón se ha vuelto frío y duro como piedra, y lo único que tuvieras fuera indiferencia ante el sufrimiento o la alegría de los demás, yo te doy este consejo: busca a mi Madre, acude a María, y entrégale tu despreciable corazón.
Ella lo tomará, y con sus lágrimas y ternura, en ofrenda suya lo transformará; en mis manos lo entregará, ardiente de amor maternal, y yo lo convertiré en un corazón ardiente, que ame, que sufra, que goce, que llore, que lata fuerte, sediento del amor de Dios, para que beba de la fuente de agua viva del amor sacerdotal de mi corazón.
Lo único que te pido es la disposición y el deseo de obedecerme y de cumplir mi mandamiento de amor.
Yo te llamo amigo, te amo con mi corazón sagrado, y te bendigo con el amor del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
«Todas las palabras sagradas del Evangelio están repletas de mandamientos del Señor. ¿Entonces, por qué el Señor dijo que el amor era su mandato? “Este es mi mandamiento: amaos los unos a los otros”. Resulta que todos los mandamientos surgen del amor, que todos los preceptos son solo uno, y cuyo único fundamento es la caridad. Las ramas de un árbol brotan de la misma raíz: así todas las virtudes nacen solo de la caridad. La rama de una buena obra no permanece vigorosa, si se separa de la raíz de la caridad. Por lo tanto, los mandamientos del Señor son numerosos, y al mismo tiempo son uno: múltiples por la diversidad de las obras, uno en la raíz del amor.
¿Cómo mantener este amor? El mismo Señor nos lo da a entender: en la mayoría de los preceptos de su Evangelio, ordena a sus amigos que se amen en Él, y que amen a sus enemigos por Él. El que ama a su amigo en Dios y su enemigo por Dios, posee la verdadera caridad.
Hay personas que aman a sus familiares, pero solo movidos por sentimientos de afecto que surgen del parentesco natural... Las palabras sagradas del Evangelio no hacen a estos hombres ningún reproche. Pero lo que espontáneamente se le da a la naturaleza es una cosa, y aquello que se da por caridad en obediencia es otra. Las personas a las que me he referido aman sin duda a su prójimo... pero según la carne y no según el Espíritu... Diciendo: “Este es mi mandamiento: amaos los unos a los otros”, el Señor, inmediatamente ha añadido: “Como yo os he amado.” Estas palabras significan claramente: “amar por la misma razón que Yo os he amado”.
(San Gregorio Magno, Sobre los Evangelios, n. 27)
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 227)
