Jn 7, 40-53 - Creer en el Evangelio
Jn 7, 40-53 - Creer en el Evangelio
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CREER EN EL EVANGELIO

Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de María

P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Los guardias del templo, que habían sido enviados para apresar a Jesús, volvieron a donde estaban los sumos sacerdotes y los fariseos, y éstos les dijeron: “¿Por qué no lo han traído?”. Ellos respondieron: “Nadie ha hablado nunca como ese hombre”» (Jn 7, 45-46).

Hijo mío, sacerdote: arrepiéntete y cree en el Evangelio.

Es lo que tú le dices a tus fieles.

Es lo que tú predicas.

Es Palabra de Dios que sale de tu boca, pero que proviene de tu corazón, porque tú sabes que ese es el camino para seguir a tu Señor, para guiar a tu rebaño al abrazo misericordioso del Padre.

Es el camino de la conversión.

Pues bien, hijo mío, yo a ti te digo lo mismo:

Arrepiéntete y cree en el Evangelio.

Cree en la Palabra de Dios, que se cumplirá hasta la última letra.

Cree en tu propia predicación, pero no solo creas con el pensamiento, no le dejes la responsabilidad de tu propia santidad a la razón; cree, hijo mío, con todo tu corazón, y lleva tu fe a la acción.

El que cree en el Evangelio, cree en Jesucristo, y hace todo lo que Él dice.

Él es el Verbo encarnado, la Palabra de Dios, la Luz que vino al mundo, pero el mundo no lo recibió; pero a los que lo recibieron, se les dio la gracia de ser hijos de Dios.

Tú has recibido la Luz.

Tú eres hijo del Padre, por obra del Espíritu Santo.

Estás configurado con el Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad.

Cree firmemente en esta verdad: tú eres sacerdote de Cristo, eres uno con Él para obrar en su nombre. Por tanto, estás configurado con la Palabra de Dios.

He ahí la importancia de tu predicación, no solo con palabras, sino con obras, con tu propia vida, con virtud, dando ejemplo, para que, quien te reciba, a través de tus palabras, crea en Cristo vivo y haga lo que Él le diga.

Todo aquel que desea conocer a Cristo, que desea acercarse a Él, que siente la necesidad de sentir su corazón arder con el fuego del amor de Dios, debe escuchar su Palabra. Pero no solo con los oídos del cuerpo, sino con total disposición del corazón, para dejarse transformar por la gracia santificante que atraviesa el corazón, y que es la fuerza de Dios.

La Palabra de Dios es como espada de dos filos que penetra hasta lo más profundo, hasta las entrañas, huesos y médula, y convierte el alma.

Quien se deja transformar entregándole a Dios su voluntad, encuentra en el cumplimiento de la Palabra la verdadera felicidad.

Pero el que no escucha con el corazón, el que no tiene disposición para aceptarla y experimentar la profunda conversión, permanece en la oscuridad. Duda, y para todo tiene una excusa con la cual justificar su mal comportamiento. Incluso busca acomodar las palabras del Evangelio a su propia conveniencia, interpretándolas con mentiras para su propio beneficio, y ese no vive en la verdad, y se aleja de Dios, y Dios no vive en él.

Predicar la Palabra es una gran responsabilidad. Tú tienes la gracia de interpretarla de acuerdo a la verdad. Es un honor, un privilegio, tu ministerio sacerdotal.

Cree en el Evangelio para que puedas predicar la verdad con palabras y con obras. Entonces los que te escuchen creerán y se salvarán, y tú habrás cumplido con tu misión, podrás dar buenas cuentas a Dios.

Por eso yo te digo, hijo mío: arrepiéntete y cree en el Evangelio, necesitas conversión.

Cree en la presencia viva de Cristo en la Eucaristía.

Vive tu fe, para que seas luz para el mundo.

Tú tienes el poder de Cristo. Úsalo bien, y defiende la Palabra con tu vida.

«Con la conversión aspiramos a la medida alta de la vida cristiana, nos adherimos al Evangelio vivo y personal, que es Jesucristo. La meta final y el sentido profundo de la conversión es su persona, él es la senda por la que todos están llamados a caminar en la vida, dejándose iluminar por su luz y sostener por su fuerza que mueve nuestros pasos. De este modo la conversión manifiesta su rostro más espléndido y fascinante: no es una simple decisión moral, que rectifica nuestra conducta de vida, sino una elección de fe, que nos implica totalmente en la comunión íntima con la persona viva y concreta de Jesús. Convertirse y creer en el Evangelio no son dos cosas distintas o de alguna manera sólo conectadas entre sí, sino que expresan la misma realidad. La conversión es el “sí” total de quien entrega su existencia al Evangelio, respondiendo libremente a Cristo, que antes se ha ofrecido al hombre como camino, verdad y vida, como el único que lo libera y lo salva.

El “convertíos y creed en el Evangelio” no está sólo al inicio de la vida cristiana, sino que acompaña todos sus pasos, sigue renovándose y se difunde ramificándose en todas sus expresiones. Cada día es momento favorable y de gracia, porque cada día nos impulsa a entregarnos a Jesús, a confiar en él, a permanecer en él, a compartir su estilo de vida, a aprender de él el amor verdadero, a seguirlo en el cumplimiento diario de la voluntad del Padre, la única gran ley de vida. Cada día, incluso cuando no faltan las dificultades y las fatigas, los cansancios y las caídas, incluso cuando tenemos la tentación de abandonar el camino del seguimiento de Cristo y de encerrarnos en nosotros mismos, en nuestro egoísmo, sin darnos cuenta de la necesidad que tenemos de abrirnos al amor de Dios en Cristo, para vivir la misma lógica de justicia y de amor».

(Benedicto XVI, Catequesis en la Audiencia general, 17 de febrero de 2010)

¡Muéstrate Madre, María!

(Pastores, n. 261)