COMO EL DISCÍPULO AMADO
Reflexión para el sacerdote desde el Corazón de Jesús
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¿qué va a pasar con éste?”. Jesús le respondió: “Si yo quiero que éste permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú, sígueme”» (Jn 21, 21-22).
Amigo mío:
Tú eres mi discípulo amado.
Sígueme.
Del mismo modo que me siguió Juan, movido por el Espíritu Santo, sin apartarse de mi lado jamás.
Con un corazón encendido en el fuego de mi amor.
Con inocencia.
Con pureza.
Con ilusión.
Con inquietud.
Con ánimo grande.
Con alegría.
Con firmeza.
Con serenidad.
Con fe.
Con esperanza.
Pero, sobre todo, con amor.
Tú, sígueme.
Dejando todo, sin importarte qué digan o qué piensen de ti.
Sin dar explicaciones a los necios.
Sin detenerte.
Sin descansar.
Permaneciendo conmigo en la cruz.
Llevando a mi Madre a vivir contigo.
Dejándote por ella acompañar.
Sígueme.
Sin dudar.
Poniendo en mí toda tu confianza.
Sabiendo que yo soy tu amigo y tu Dios, y no te voy a defraudar.
Sígueme.
Muy de cerca.
Tanto, que se pregunten los demás: “¿qué va a ser de este?”.
Porque no comprendan que no haya en ti otro deseo, otra necesidad, otro quehacer, que estar junto a mí, orando y llevando el Evangelio al mundo entero, para que me conozcan y me quieran seguir.
Sígueme.
Dame tu carga, que es pesada, y toma la mía, que es ligera.
Abraza tu ministerio.
Ama la misión que el Espíritu Santo te ha encomendado para hacer mis obras.
Ama la voluntad de mi Padre, y no la cuestiones.
Concentra tu atención no solo en lo importante, sino en la único que es necesario, que es recibir al Espíritu Santo, para que te dirija al conocimiento de la verdad plena, que soy yo.
Persevera en la oración con mi Madre. Ella siempre está conmigo. Por tanto, si tú permaneces con ella, conseguirás seguirme, irás a donde yo vaya, harás lo que yo te digo.
Yo no te prometo riquezas ni placeres en esta vida.
Yo te llamo para que me sigas y trabajes para mí.
Para que lleves mi amor al mundo, y me sirvas, sirviendo a mi pueblo, reuniéndolo en Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia.
El mundo sabrá que has acogido mi llamado y me has seguido, que me has amado, cuando vean en ti un corazón como el mío, enamorado de mi esposa, la Iglesia, tanto que des la vida por ella.
Sígueme.
Como testigo de mi amor.
Dando testimonio de mis obras, de mis milagros, de tantas cosas maravillosas que compartimos tú y yo.
Tú eres mi discípulo amado.
Sacerdote de mi corazón.
Que el Espíritu Santo descienda sobre ti y recibas las gracias que necesitas para seguirme y dar la vida por mí.
«El seguimiento de Cristo consiste, pues, en una amorosa y perfecta constancia en el sufrimiento, capaz de llegar hasta la muerte; la sabiduría, en cambio, permanecerá así, en estado de perfeccionamiento, hasta que venga Cristo para llevarla a su plenitud. Aquí, en efecto, hemos de tolerar los males de este mundo en el país de los mortales; allá, en cambio, contemplaremos los bienes del Señor en el país de la vida.
Aquellas palabras de Cristo: Si quiero que se quede hasta que yo venga, no debemos entenderlas en el sentido de permanecer hasta el fin o de permanecer siempre igual, sino en el sentido de esperar; pues lo que Juan representa no alcanza ahora su plenitud, sino que la alcanzará con la venida de Cristo. En cambio, lo que representa Pedro, a quien el Señor dijo: Tú, sígueme, hay que ponerlo ahora por obra, para alcanzar lo que esperamos. Pero nadie separe lo que significan estos dos apóstoles, ya que ambos estaban incluidos en lo que significaba Pedro y ambos estarían después incluidos en lo que significaba Juan. El seguimiento del uno y la permanencia del otro eran un signo. Uno y otro, creyendo, toleraban los males de esta vida presente; uno y otro, esperando, confiaban alcanzar los bienes de la vida futura.
Y no sólo ellos, sino que toda la santa Iglesia, esposa de Cristo, hace lo mismo, luchando con las tentaciones presentes, para alcanzar la felicidad futura. Pedro y Juan fueron, cada uno, figura de cada una de estas dos vidas. Pero uno y otro caminaron por la fe, en la vida presente; uno y otro habían de gozar para siempre de la visión, en la vida futura».
(San Agustín, obispo, Sobre el Evangelio de san Juan: Dos vidas)
¡Muéstrate Madre, María!
(Pastores, n. 282)
