EXPERIENCIAS ESPIRITUALES EN TIEMPO DE CUARESMA
DESEOS DE JESÚS
Reflexión para sacerdotes desde el Corazón de Jesús
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme» (Mt 26, 21).
Amigo mío:
En este día santo medita bien estas palabras: “Ay de aquel por quien el Hijo de Dios va a ser entregado. Más le valdría no haber nacido”.
Son palabras referidas a un sacerdote, igual que tú.
Con las mismas debilidades, pero también con las mismas gracias que yo te di.
Qué difícil es comprender cómo un hombre cercano a mí, consagrado para mí desde antes de nacer, elegido y ungido por mis manos, configurado SACRAMENTALMENTE conmigo, puede traicionarme, cometiendo los más graves pecados…
Cómo puede despreciar su dignidad sacerdotal vendiendo a su Dios…
Cómo puede CRUCIFICARME, cometiendo pecados contra su propia carne…
Pero más incomprensible es que yo esté dispuesto a todo perdonarle.
Y aun así… no se humille ante mí, no pida perdón, no se avergüence de su comportamiento, y siga revistiéndose, portando con orgullo los ornamentos.
No los juzgues.
Reza por ellos.
Y considérate uno de ellos.
No codicies ser igual a Dios.
Eres tan solo un hombre, indigno y pecador.
Arrepiéntete de tus faltas, acudiendo al sacramento de la reconciliación.
Y si piensas que tus pecados son pocos, que no tienes pecado grave, recuerda que serás juzgado con rigor, porque tú sí sabes lo que haces, y sabes que no merezco ser ofendido por un amigo, NI SIQUIERA CON EL PENSAMIENTO.
Yo deseo darte la gracia que necesitas para que seas santo.
Yo deseo que no ofendas a mi Padre, sino que lo glorifiques.
Yo deseo darte la gracia para que nunca me traiciones.
Ojalá tú desees lo mismo que yo, y me pidas esas gracias con todo tu corazón.
Si tú lo quieres, yo lo quiero.
Yo te concedo lo mismo que yo deseo.
Yo deseo, en ti, glorificar a mi Padre que está en el cielo.
Que sea tu vida una ofrenda unida a mi cruz, para la conversión de los pecadores, de los que yo amé primero, y los llamé como mis servidores.
Pero no los llamé siervos, los llamé amigos.
Y los hice, para siempre, SACERDOTES.
