Mt 12, 46-50 - Nuestra Señora del Carmen - 16 de julio
Mt 12, 46-50 - Nuestra Señora del Carmen - 16 de julio
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ESTRELLA DEL MAR

Señalando a sus discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos.

Del santo Evangelio según san Mateo: 12, 46-50

En aquel tiempo, Jesús estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus parientes se acercaron y trataban de hablar con él. Alguien le dijo entonces a Jesús: “Oye, ahí fuera están tu madre y tus hermanos, y quieren hablar contigo”.

Pero él respondió al que se lo decía: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

Palabra del Señor.

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE

Señor Jesús: tú quisiste tener una madre en la tierra, y en el Calvario quisiste dejarla como madre nuestra.

Tú recibiste de ella los cuidados de una buena madre y tuviste así la experiencia viva de la necesidad que tenemos todos de esa amorosa ayuda y compañía.

Tú quisiste que esa madre nuestra fuera también la omnipotencia suplicante, para que nos sintiéramos seguros en sus brazos.

Y quisiste también que a través de Ella llegáramos también a ti.

La fiesta de la Virgen del Carmen, igual que todas las fiestas de nuestra Madre, nos ayudan a tener presente su amorosa protección. Gracias, Jesús, por dejarnos a María.

Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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 «Sacerdotes, hijos de Dios, ovejas de mi rebaño: el Escapulario del Carmen es la protección de mi Madre, para que me lleven consigo.

Caminen conmigo, síganme para que no se pierdan, manténganse unidos, porque las ovejas que dispersan los lobos, si quedan solas, se pierden, y los lobos se las comen.

Pastores que conducen y guían al pueblo de mi Padre, sean niños como yo, confíen en mi Padre y abandónense en los brazos de mi Madre, y Ella los llevará hasta mí.

Sean como niños, para que mi Padre los reciba y los abrace.

¡Ay de aquel que, siendo hombre, lastime a un niño, porque no verá los brazos de mi Madre!

¡Ay de aquel que toque a uno de estos, porque no será como niño, y el que no sea como niño no podrá entrar en el Reino de los cielos!

Sean hombres, pero háganse niños, como yo, con mansedumbre y humildad de corazón, para que se dejen guiar en los brazos de mi Madre.

Hagan lo que Ella les diga, y llegará el tiempo en que Ella les dirá que hagan lo que yo les diga, y entonces harán milagros.

Renuncien a ser hombres, para que se entreguen conmigo, en sacrificio, en ofrenda para la salvación de las almas.

Sean corderos y sean pastores; crean en mi Palabra y conviértanse, es tiempo; vean la luz y síganme, es tiempo; rectifiquen el rumbo y naveguen por mi camino, es tiempo; mueran al mundo y vivan conmigo, ya es tiempo.

Es tiempo de conversión, de arrepentimiento, de perdón.

Es tiempo de misericordia. Yo soy la misericordia que el Padre les ha entregado por mi sacrificio, por mi pasión y muerte, para que mueran a las miserias del mundo y vivan en plenitud conmigo.

No caminen sin rumbo, como ovejas sin pastor. Yo soy el Buen Pastor y conozco a mis ovejas, y ellas me siguen a mí.

Sean como niños, y aprendan, y conózcanme, para que me amen y me sigan, y llegará el día en que, postrados ante mi altar, serán ungidos en la cabeza y en las manos, para llevar la verdad, para predicar la Palabra, para dar nueva vida, para hacer milagros con sus manos y entregarme en sacrificio, en Eucaristía, para la salvación de los hombres.

Síganme, para que sean niños como yo, y ocupen los tronos que mi Padre ha destinado para ustedes en el cielo.

Cumplan los mandamientos de mi Padre, para que ustedes, mis amigos, sean mis hermanos y mi Madre, para que sean los niños que abrace mi Padre.

Abran su corazón para que me conozcan, a través del medio más fácil para llegar a mí, que soy puerto seguro de salvación: mi Madre. Ella es la estrella que los guía. Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Es tiempo de que se dejen guiar por esa estrella.

Conózcanla a ella y reciban los tesoros de su corazón, para que, al seguirla a ella, me encuentren, porque ella siempre los lleva hacia mí. Ella es el camino más fácil y más seguro para llegar a mí en medio del mar, entre la oscuridad de la noche y los desiertos de la tierra».

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Madre mía, Virgen del Carmen: me alegra mucho celebrar todas tus fiestas, porque cada una de ellas me hace tener presente tu continua protección sobre todos tus hijos.

En la fiesta de hoy te agradezco el regalo de tu Escapulario, con el que me siento protegido por ti aquí en la tierra, y me refuerza la esperanza del cielo.

También me viene a la cabeza y al corazón llamarte “Estrella del Mar”, y me hace sentirme seguro, con tu ayuda, en medio de las tempestades de esta vida.

Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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 «Hijo mío, sacerdote: yo soy como el faro que lleva la luz en medio de la oscuridad, para guiar, para corregir el rumbo, para llegar a puerto seguro.

Yo llevo en mis brazos a mi Hijo, para darte luz y llamar tu atención, para llevarte su Palabra y mostrarte el camino, para que navegues en la verdad y vivas en plenitud. Quiero que voltees a verme, y te conduciré a Jesús.

 Este Niño es Dios, omnipotente, omnisciente, omnipresente y eterno, que se ha hecho frágil y pequeño para ser como los hombres, para nacer en la miseria humana, para vivir con todas sus carencias, para ser igual en todo como los hombres, menos en el pecado.

Y se ha abandonado en la confianza de un vientre humano, en la debilidad de la necesidad de ayuda, en la dependencia de un ser a quien Él mismo ha creado, dependiendo de su voluntad y de sus cuidados, para crecer, para alimentarse, para aprender a ser un hombre.

Y se ha hecho niño para vivir en el mundo como niño, para entregarse y morir como hombre en manos de los hombres, para el perdón de los pecados y la salvación del mundo.

Y es oveja que se deja guiar por la madre que eligió, por el padre que escogió.

Y es pastor que guía a su rebaño, que Él mismo llamó como sus discípulos, como sus amigos.

Un Dios necesitado de la ayuda del hombre, porque es un Dios que elige la libertad y respeta la voluntad.

Un Dios que lo merece todo, pero que no pide nada, que se entrega todo por amor, y que solo espera ser amado.

Un Dios que, teniéndolo todo, lo deja todo para buscar y abrazar a la humanidad perdida.

Él confía en ti. Recíbelo tú, mientras yo recibo y abrazo a todos mis hijos perdidos, que han visto la luz, y como niños buscan y reciben el abrazo de su madre.

Hijos míos: yo les doy este tesoro de mi corazón: mi silencio.

Silencio para que puedan escuchar y sean almas contemplativas en medio del mundo.

Silencio para conducirlos al monte alto, que es la oración en la presencia de Cristo.

Silencio para que escuchen y obedezcan al Padre, que dice: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo”.

El monte alto es el lugar de la perfección, la alegría constante que envuelve al corazón y lo regocija en una fiesta eterna, en presencia de Cristo nuestro Señor, Rey de los ejércitos, verdadero hombre y verdadero Dios. El que llega hasta aquí llega a la posibilidad de alcanzar la santidad. El que persevera aquí llega hasta el final.

La salvación está al alcance de todos. Eso es lo que Cristo, Dios hecho hombre, ha venido a darle a la humanidad: una eternidad alcanzable, transformando la muerte en vida, y en vida a la humanidad, por Él, con Él y en Él.

El que llega al monte alto lo tiene todo. El que persevera en el monte alto lo conserva todo. Pero se necesita disposición y recurrir al silencio de la oración, contemplando la encarnación, la vida, la pasión, la muerte, y la resurrección del Salvador, para perseverar y alcanzar la gracia que Dios le ha prometido a los que lo aman, a los que le demuestran fidelidad, manteniéndose en su amistad, anhelando un día compartir la alegría de los santos, participando de la gloria de Dios en su eternidad. Pero solo serán dignos los que el mismo Cristo ha constituido como su madre y sus hermanos.

Ellos son los que escuchan la Palabra de Dios, que transforma sus corazones y los motiva a cumplir para cada uno la voluntad de Dios, que se revela a través de sus conciencias y de la paz en sus corazones, que hacen lo que Dios les manda, siendo dóciles a aquel que se derrama sobre sus almas: el Espíritu divino, que anima y vivifica el alma. Dime, hijo, ¿tiene paz tu corazón? ¿Está tranquila tu conciencia?

Hijitos: mi Hijo ha venido a traer la salvación y la lluvia sobre la tierra. Yo pido para que ustedes escuchen y se conviertan, se arrepientan y obedezcan, para que pongan su confianza en Dios, y Él haga llover para fecundar la tierra.

Sean ustedes perfectos como el Padre del cielo es perfecto, y amen a sus enemigos y oren por los que los persigan, porque Dios, que es Padre, hace salir el sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos e injustos.

Acompáñenme, y yo los haré permanecer en el monte alto, en donde estarán protegidos en el silencio de la oración, mientras meditan conmigo todas las cosas de mi corazón, para que oren y obren siempre en la presencia de Dios.

Los medios de salvación les han sido dados por los sacramentos. Mi Hijo me ha concedido sacramentales, para que reciban mi ayuda e intercesión para su disposición a recibir, de Cristo y los sacramentos, la salvación.

Usen mi Escapulario, como signo de devoción y Consagración a mi Inmaculado Corazón, por lo que yo consigo para ustedes abundantes gracias. Que sea un signo de mi amor y mi presencia constante, porque es un signo de misericordia, por el que yo les prometo mi ayuda para alcanzarles la gracia necesaria para su salvación. Yo los bendigo»

¡Muéstrate Madre, María!