ENGALANAR A LA NOVIA
EVANGELIO DE LA FIESTA DE SANTA ROSA DE LIMA
Va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.
+ Del santo Evangelio según san Mateo: 13, 44-46
En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.
El Reino de los Cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la compra”.
Palabra del Señor.
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Señor Jesús: santa Rosa de Lima es una santa especialmente venerada por su entrega generosa al servicio de los pobres y de los enfermos, viéndote siempre a ti cuando estaba con ellos. También quiso revivir en su carne tu Pasión, llevando una vida de fuerte penitencia.
Cada persona tiene su propia vocación, y sigue distintos caminos. A algunos les pide Dios apartarse del mundo, pero a la mayoría le pide santificarse en medio del mundo, cumpliendo con sus obligaciones ordinarias, con respecto a Dios y a los demás.
Pero todos esos caminos deben llevar a una plena identificación contigo, que eres el tesoro escondido y la perla preciosa que hemos de buscar, dejándolo todo.
Jesús ¿en qué consiste para mí, sacerdote, dejar todo, para poseer ese tesoro y esa perla de gran valor?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.
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«Sacerdote mío: quiero compartir contigo el tesoro anhelado de Dios.
Yo he luchado en la batalla y tengo en mi cuerpo heridas de guerra. Son heridas de muerte, y con mi muerte he obtenido la victoria. He encontrado un tesoro y lo he ganado para mí.
Yo encontré un tesoro y me llené de alegría, y me despojé de todo, hasta de mí mismo, para hacerlo mío. El Padre me envió a recuperarlo, dejando la gloria que tenía con Él antes de que el mundo existiera.
El tesoro son los hombres, con los que el Hijo glorifica al Padre. Son tan valiosos para mí, que quise reunirlos en un solo cuerpo, como virgen pura, para engalanarlos con joyas preciosas y desposarlos conmigo.
Yo he venido a buscar ese tesoro hasta encontrarlo. He dado mi vida derramando hasta la última gota de mi sangre para recuperarlo. Ese es su valor.
He descendido a los infiernos para anunciarlo como mío, destruyendo la muerte, infundiendo la vida en este campo maravilloso de Dios, que es el mundo, en el que posó las plantas de sus pies el Hijo de Dios. Ese es su valor.
Por tanto, el valor de la humanidad es infinito, como infinito es el Hijo de Dios.
Yo te digo, amigo mío, que vale la pena darlo todo, dejarlo todo, para recuperar lo que solo le pertenece a Dios. Pero mira cómo hay ladrones en el mundo, que buscan robarse los tesoros de Dios. Pues yo te digo que Él ha permitido mantener en el campo los tesoros, dándoles libertad, dándoles voluntad para hacerse suyos para la eternidad, o para permanecer enterrados sin dar fruto, pudriéndose en la miseria del pecado, para ser lanzados al fuego y al destierro, en un castigo eterno.
Yo te aseguro, amigo mío, que las almas que se pierden no devalúan ni minimizan el valor del tesoro de Dios, pero desgarran de dolor y de sufrimiento mi Corazón, porque no puedo conservarlos para, a través de ellos, glorificar a Dios. Es un misterio.
Yo instauré para los hombres el Reino de los Cielos en la tierra: mi Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Una sola Iglesia, triunfante, militante y purgante, para ser la ciudad santa, la novia engalanada para su esposo.
Y elegí de mi tesoro a las doce joyas más preciosas, para adornar mi corona. Yo los llamé y los hice guerreros como yo, para defender el tesoro de mi Reino, y desposar a la novia, para que cuiden y protejan a la esposa, que es débil y frágil.
Tanto así amo a mis amigos, tanto así confío en ustedes, que les he dado mi poder para ganar las almas del mundo entero, y reunirlas y convertirlas en una virgen pura, virtuosa y santa, engalanada de novia, para que, cuando yo venga a reclamar lo que es mío, sea una digna esposa del Cordero.
Pero no todos la han protegido. Esta generación adúltera y pecadora, que se avergüenza de mí, ha herido a la esposa, la ha descuidado, la ha traicionado, la ha lastimado, la ha manchado. Ha escondido el tesoro, no se ha enriquecido, no lo ha compartido, lo ha olvidado, y el enemigo le hace la guerra constantemente, para que no quiera buscarlo.
A mi derecha está la Reina. Ella es Madre de la Santa Iglesia. Y, como Madre, auxilia a sus hijos, para que la amen como la amé yo. Tanto, que me entregué a mí mismo por ella. Que la santifiquen y la purifiquen, para que me la presenten resplandeciente, sin que tenga mancha, ni arruga, sino que sea santa e inmaculada, para que participe dignamente, con todos sus miembros, de las bodas del Cordero.
Yo he de venir a desposarme con la novia, pero la novia aún no está lista.
Amigo mío: tú, que has encontrado el tesoro, de verdad te digo, deja todo y enriquécete con el tesoro, porque vale la pena. Encárgate de mis cosas, que yo me encargo de las tuyas.
El tesoro que encontraste soy yo. Te he engalanado para unir tu alma íntimamente con la Santísima Trinidad. Tú eres mío, y yo soy un Dios celoso, que te ama hasta dar la vida, derramando hasta la última gota de sangre para hacerte mío, y envolverte en mi locura divina de amor, en fusión continúa, para que permanezcas en mí, como yo permanezco en ti.
Tú me escuchas y me sigues. Yo te amo, y te cuido, y te protejo, y nadie te arrebatará de mi mano. Yo te digo, amigo mío, que has encontrado un tesoro, y espero de ti que lo cuides y lo protejas, pero que no lo escondas, porque los tesoros no son para guardar, sino para enriquecerse y enriquecer a muchos.
No hay tesoro más grande para Dios que su propio Hijo y sus amigos, por quienes consigue lo que Él mismo ha creado, para transformarlo en el mismo Cristo, que Él les ha dado. Ese es el valor que Dios le ha dado al mundo: vale lo que tú y vale lo que yo. Cuídenlo, aceptando la compañía de mi Madre, consagrándolo a su Inmaculado Corazón, pidiendo perdón, y propiciando con sus oraciones y su ejemplo, con su entrega de vida, su conversión, haciendo todo por amor de Dios. Mi Madre es la perla más preciada y más hermosa del universo entero. Toda la humanidad, que vale tanto, no vale tanto como mi Madre.
Sacerdotes míos: extiendan de nuevo la fe en el mundo, para que este tesoro conserve la gracia y el valor en cada uno, que les dio mi sangre preciosa cuando por ustedes pagó. La deuda está saldada, pero cada uno debe aplicarse a sí mismo ese valor a través de los sacramentos y de su fe, glorificando con sus obras al Padre a través del Hijo, como el Hijo glorifica al Padre a través de cada uno de los que Él le dio. Cuiden mi tesoro, amigos míos. Aquí tienen a mi Madre, pídanle su ayuda. Ella siempre está con ustedes».
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Madre mía: tú eres la perla más preciosa. Llevas en tu vientre la luz para el mundo. Eres un arca en donde se contiene el más grande tesoro para enriquecer a los hombres.
Tu corazón es como un campo de tierra fértil en donde se enriquece la semilla con tesoros escondidos, para que crezcan y den fruto en abundancia, para almacenar tesoros en el Cielo.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: yo te pido que me compartas tus tesoros para crecer en virtud y gracia, y alcanzar la santidad. Déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.
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«Hijos míos, sacerdotes: yo soy la Perfecta Siempre Virgen Santa María, Madre del Verdadero Dios por quien se vive.
El que es bienaventurado es el que encuentra el verdadero tesoro para enriquecerse y transformarse en un tesoro de Dios. El verdadero tesoro es Cristo.
Los tesoros de Dios son las almas de los justos que brillan en el Cielo. Las almas de los justos son las almas bienaventuradas que construyen el Reino de los Cielos en la tierra.
El Reino de los Cielos en la tierra es la Santa Iglesia, en donde se contienen los tesoros más preciados de Dios: ustedes, sus sacerdotes. La riqueza de esos tesoros son las almas que ustedes conducen y salvan para la gloria de Dios, quien envía a sus ángeles custodios para que sus tesoros no sean robados.
Pero el ataque del enemigo es muy fuerte. Entonces les ha dado una Madre. Yo los cuido y los cubro con la protección de mi manto.
Yo piso la cabeza de la serpiente. Pero el ataque es muy fuerte. Yo pido para ustedes la misericordia, para que se acerquen a mí, para reunirlos conmigo, porque a mí no puede acercarse el enemigo.
Mi corazón es custodio de cada vocación sacerdotal. Yo pido para ustedes, además, un ángel por cada uno, con la misión especial de custodiar el tesoro más preciado de mi Hijo, que es el ministerio sacerdotal.
El arma más poderosa es el amor, y nadie tiene un amor tan grande que el que da la vida por sus amigos. Yo les entrego los tesoros de mi corazón, para que los hagan suyos, y sean uno con Cristo, y por Él, con Él y en Él, los lleven como luz al mundo.
No amontonen tesoros en la tierra, en donde hay ladrones que se los roban. Más bien amontonen tesoros en el Cielo, porque donde esté su tesoro, allí estará también su corazón.
El hombre más rico es el que posee el Reino de los Cielos. Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos. Yo protejo los tesoros más preciosos de Dios con mi amor y mi misericordia, llevándoles el verdadero tesoro, que es Cristo, para que se enriquezcan, y con Él sean luz que brille en el Cielo, para la gloria de Dios.
Yo les entrego mis tesoros, para fortalecer sus corazones, que son los vasos de barro que contienen el tesoro más preciado de Dios: el tesoro de la verdad, que es Cristo, y que se manifiesta en ustedes a través del ministerio sacerdotal.
Yo los acompaño, con alegría, a buscar el tesoro que un día encontraron y por el que dejaron casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos y campos, pero luego lo escondieron. No se enriquecieron, lo olvidaron, pero es suyo, existe, está en ustedes y está vivo.
Yo quiero enriquecer a todos ustedes, mis hijos sacerdotes, para que se ocupen de cuidar, proteger y engalanar a la novia, para que, cuando el esposo venga, la encuentre con las lámparas encendidas y el vestido de fiesta, porque el banquete está listo. Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.
Quiero que lleven el tesoro de la verdad al mundo entero, que es alimento de vida, que es Eucaristía».
¡Muéstrate Madre, María!
