PERMANECER EN EL MONTE ALTO
Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
ESPADA DE DOS FILOS VII, n. 12
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).
EVANGELIO DE LA FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR
Su rostro se puso resplandeciente como el sol.
+ Del santo Evangelio según san Mateo: 17, 1-9
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.
Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres, haremos aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.
Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”.
Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.
Palabra del Señor.
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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? ... (Francisco, Evangelii Gaudium, n. 153).
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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: cuando voy a hacer oración delante del Sagrario pienso que sucede algo parecido a la escena de tu Transfiguración en el monte Tabor.
Subo al monte de la oración, para estar contigo, y escuchar la voz del Padre. Porque estás realmente presente en la Sagrada Eucaristía, y porque esa conversación con Moisés y Elías es la Ley y los Profetas, tu Palabra, que yo debo meditar, y estar atento a lo que me dice, para transmitirla a los demás, porque no puedo dejar de hablar de lo que he visto y oído en mi oración.
El sacerdote es la transfiguración de Cristo. Nosotros tenemos la capacidad de ver y escuchar a Dios, pero debemos poner atención, y reflejarte a ti como en un espejo. Eso es el sacerdote.
Todo lo que pensamos que eres tú, Señor, eso debemos reflejar, porque eso somos. Cuando subimos al altar, subimos al monte alto, y te transfiguras tú en nosotros. Cuando estamos en el altar, el pueblo de Dios es como tus discípulos, cuando subieron contigo al monte Tabor. Somos Jesús transfigurado, y responsables de que el pueblo de Dios sea partícipe de esa transfiguración.
Jesús, ayúdame a vivir la Misa, a ser más consciente de esa experiencia de todo un Dios que se hace presente en mis manos.
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.
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«Sacerdote mío: ven y sube conmigo al monte para hacer oración.
Tú eres mío, no te distraigas. Permanece en el monte alto, que es la oración, en un encuentro constante conmigo, transfigurado en la Eucaristía, participando todos los días en la Santa Misa, que es la experiencia del amor de Dios Espíritu Santo y el encuentro con Dios Padre en el monte alto, en el que Él mismo mira a Dios Hijo, mientras te mira y te dice: “este es mi Hijo amado, escúchalo”.
Es la experiencia de amor eterno en el que se conmemora el único y eterno sacrificio de Dios Hijo, que se hace presente a través de la transubstanciación, por la que la ofrenda en las manos del sacerdote se convierte en Eucaristía, que es mi presencia, mi Cuerpo, mi Sangre, mi Alma y mi Divinidad, y que refleja la gloria de Dios en Cristo resucitado y vivo, que es el sacerdote transfigurado en el altar.
Yo soy al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar. Tanto así es el sacerdote, al que Dios se da y en quien confía. Pero, al que mucho se le da, mucho se le pedirá, y al que mucho se le confía, más se le exigirá.
Amigo mío: a ti se te ha dado mucho, por eso se te pide mucho. Yo te pido que no te distraigas, y que des testimonio de mi amor por ti, de tu amor por mí, a través de las pruebas en medio de la tribulación, de la incomprensión, del sacrificio, del silencio, de la constancia en la oración, y en la entrega de todo lo que yo te doy, confiando en mí, dejando todas las cosas importantes en mis manos, para que te ocupes solo de una, porque muchas cosas son importantes, pero solo una es necesaria.
La paz de tu corazón en medio de los problemas del mundo será también tu testimonio. Quiero que subas conmigo al monte Tabor.
Para mostrarte mi gloria.
Para mantener firme tu fe, tu esperanza y tu amor, aun en medio de las tormentas.
Para que lleves a los demás tu testimonio de fe, que no es una fábula, sino la verdad que has visto y que has oído.
Para que seas lámpara que ilumina en la oscuridad.
Para que todos obedezcan a mi Padre y me escuchen.
Para que me conozcan y crean en mí.
Para que hagan lo que yo les digo.
Para que correspondan bien a lo que les confío y cumplan con lo que les exijo.
Yo quiero que veas mi gloria, amigo mío, para que quieras alcanzarla.
Apóstoles míos: por su fe y su confianza, les agradezco.
Por entregarse conmigo en cada celebración, en cada oblación, les agradezco.
Por subir conmigo al altar, y permitir, por su disposición y propia voluntad, unir sus brazos, su voz, su alma, su mente, conmigo, para que sea yo quien realice cada vez el milagro de la transubstanciación, les agradezco.
Por abandonar su espíritu en las manos de mi Padre y abrir el cielo en cada consagración, en la que se escucha su voz diciendo: “Este es mi hijo amado, escúchenlo”, les agradezco.
Por alimentar a mi pueblo con la Palabra que el Espíritu Santo infunde en sus corazones y pone en sus bocas, les agradezco.
Por alimentar a mi pueblo con el amor por el que me doy en la Eucaristía, les agradezco.
Por reducir su humanidad durante la Santa Misa, para configurarse conmigo y dejar que me vean, les agradezco.
Por creer que yo soy el Cristo, el Hijo de Dios, el que ha venido a morir para destruir el pecado para la salvación de las almas, les agradezco.
Porque cuando están cansados y fatigados vienen a mí para aliviarlos, para recibirme y entregarse en mis brazos, les agradezco.
Porque ustedes, pastores fieles y obedientes, son mi descanso, mi esperanza, instrumentos humanos y divinos de salvación, les agradezco.
Por permanecer en mi amor y en mi amistad, les agradezco.
Por su generosidad, por practicar la virtud, por vivir en santidad conmigo, les agradezco.
Por ser compasivos y misericordiosos, como mi Padre que está en el cielo es compasivo y misericordioso, les agradezco, y los uno en mi cuerpo y en mi Espíritu, para que sean partícipes conmigo de la gloria de mi Padre.
Por subir al altar con pureza de intención, con el corazón limpio y el alma pura, para consagrar conmigo, les agradezco, porque es en su pureza en donde se hace visible mi divinidad y mi humanidad, y resplandece la gloria de mi resurrección, como hijo del hombre, como Hijo de Dios».
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Madre mía: yo sé que siempre me acompañas durante la celebración de la Santa Misa, como acompañaste a Jesús junto a la cruz. Pienso que estás junto a mí, de pie, a la derecha.
De igual modo, me acompañas durante mi oración. Te pido que me ayudes para estar muy atento, que no me deje vencer por el cansancio, por el sueño, para poder escuchar a Jesús, y la voz del Padre, y decir, como san Pedro, “Maestro ¡qué a gusto estamos aquí!”.
Permanece, Madre, a mi lado, en ese diálogo con tu Hijo, e intercede por mí para que sepa escucharlo y rinda mucho fruto.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.
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«Hijos míos, sacerdotes: yo los acompaño a los pies del monte alto, que es el altar de Jesús. Yo ruego por ustedes, para que resplandezcan con Cristo, unidos al Padre por el Espíritu Santo, para que salven almas y glorifiquen a Dios.
Yo los ayudo a subir al monte alto de la oración, para que, en el encuentro con Cristo, Él transfigure su corazón, llenándolos de su gloria, para que, tomando cada uno su cruz, glorifiquen al Señor, bajando del monte alto después, para mostrar su gloria a todas las almas, y para invitarlos a subir al monte de la oración, para abrazar su propia cruz, y ellos también glorifiquen a Dios.
El que sube al monte alto de la oración y experimenta un verdadero encuentro con Cristo se siente tan a gusto, que quisiera permanecer ahí para siempre. A ustedes se les ha dado mucho, y se les dará más, para que muestren a Cristo glorioso y todopoderoso, y consigan así permanecer en el monte alto en medio del mundo, para que escuchen allí a mi Hijo, y lo conozcan transfigurado, a través de la Palabra, para que permanezcan en vela. Y que, aunque tengan sueño, no se duerman. Que estén despiertos para que puedan ver su gloria, y puedan escucharlo; para que, guardando la Palabra, hagan lo que Él les diga. Y, cuando Él vuelva, los encuentre despiertos y no dormidos, para que sean luz para el mundo, y su luz brille, para que den testimonio de fe, de amor y de misericordia, y se vean sus buenas obras.
Yo ruego para que sea reafirmada la fe de ustedes en la verdad, y glorifiquen al Padre que está en el cielo.
Hijos míos: yo los acompaño en el camino de la fe, viviendo el Evangelio, para que a través de su oración y de sus obras hablen de lo que han visto y han oído; para que, ustedes, que han sido llamados y han sido elegidos para guiar a las almas, para anunciar y construir el Reino de los Cielos, para unirlos en un solo pueblo Santo de Dios, en una sola Iglesia, perseveren y sean confirmados en una misma fe, para que acepten la tierra que les ha sido heredada, para que en esta tierra den fruto y ese fruto permanezca.
Ya les ha sido dada la tierra para cumplir su misión, para que siembren la semilla que es la Palabra de Dios, y con su fe alimenten la tierra, para que la semilla dé como fruto la vida misma de ustedes, transformada en oración, entregada como ofrenda a Dios, para que sean confirmados en la fe, para que se abran a la gracia y a la misericordia de Dios, para que suban al monte alto de la oración y sean abiertos sus ojos y sus oídos, renovando la alianza que cada uno ha hecho con mi Hijo, al aceptar y practicar en santidad su vocación para cumplir su misión, para que guíen al pueblo de Dios, porque es un pueblo que camina como ovejas sin pastor.
La mies es mucha y los obreros pocos. Acompáñenme y oremos con insistencia al Señor para que envíe más obreros a su mies. Han sido enviados como corderos en medio de lobos, pero quien los escucha a ustedes escucha a mi Hijo, y quien los rechaza a ustedes rechaza a mi Hijo y a quien lo ha enviado».
¡Muéstrate Madre, María!
