PREGONES (Reflexión del Santo Evangelio según san Marcos 6, 34-44)
La Compañía de María, Madre de los Sacerdotes
«El Hijo de Dios vino al mundo a iluminar a todos los hombres y a derramar su misericordia, que se multiplica para que llegue a todos, y aun así sobra, porque es infinita.
Él caminó en el mundo en medio de los hombres, y se compadeció de ellos al ver que caminaban perdidos, como ovejas sin pastor.
Él es el Divino Maestro, que vino a enseñar el camino de la verdad a todo aquel que quiera seguirlo.
Él es la misericordia misma, la palabra de Dios encarnada, que alimenta, que sacia, que sana, que salva, que da vida eterna.
Dios es amor, y no puede contradecirse a sí mismo. El que se acerca a Él recibe su amor y los bienes eternos.
Dios es el bien supremo, Padre providente y bondadoso, justo y misericordioso, omnipotente, omnisciente, omnipresente. Todo lo ve, todo lo sabe, todo lo conoce, todo lo puede. No hay nada oculto a sus ojos y, ante la miseria de sus hijos, se compadece y los atiende.
Ha venido al mundo a manifestar su amor por todos los hombres: por el más rico, por el más pobre, por el más sabio, por el más ignorante, por el más fuerte, por el más débil, por el que pertenece a la casa de Israel y por el inmigrante, por el justo y por el pecador. Su deseo es reunirlos a todos en un solo pueblo y con un solo Pastor.
Confía tú en la Divina Providencia. Acércate a Jesús y muéstrale tus miserias, para que te llene de su misericordia y multiplique sus dones, haciendo llegar sus bienes a los tuyos y sus comunidades, extendiendo el favor del Padre también a aquellos que no saben pedir, pero que de ellos se compadece como se compadece de ti.
Aliméntate de su cuerpo y de su sangre en la Eucaristía, y Él saciará tu hambre y saciará tu sed, te dará vida en abundancia, te guardará y te bendecirá, mostrará su rostro sobre ti y te concederá la paz.
Abandónate en sus manos con la confianza de un hijo a un Padre, y recibe su heredad, aceptando su voluntad, entregándole la tuya para que Él haga contigo lo que quiera, teniendo como garantía que Él dio por ti su vida, porque Él te amó primero».
