PREGONES (Reflexión del Santo Evangelio según san Juan 5, 17-30) – (María Beatriz Arce de Blanco)
Como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así el Hijo da la vida a quien él quiere dársela.
«Contemplar al Hijo de Dios en la cruz nos hace reflexionar en su terrible agonía, en los atroces dolores que soportó en su cuerpo torturado, flagelado, desangrado.
Pero también en el profundo dolor de su corazón, porque Él, que nunca cometió pecado, se hizo pecado, al asumir todos los pecados de los hombres en su propia humanidad, y debía morir para el pecado destruir.
Se aborreció a sí mismo y entregó su vida, lavando con su preciosa sangre su cuerpo manchado de pecado, para no ofender a Dios.
Jesús nos da en la cruz ejemplo de la perfecta obediencia a la voluntad del Padre.
María, su Madre, recibe su cuerpo muerto en sus brazos, asumiendo como propia la voluntad del Hijo, que es la voluntad del Padre, compartiendo su misión, aceptando la muerte del Hijo único de Dios, como primicia de su resurrección, por la que todos los redimidos resucitarán: los que hicieron el bien, para la vida, y los que hicieron el mal, para la condenación, teniendo como juez al Hijo del hombre, quien es dueño de la vida por voluntad del Padre.
Alégrate tú, porque Cristo, que ha muerto por ti para salvarte, ha resucitado para darte vida, porque esa es la voluntad del Padre.
Aprende de Él y sigue su ejemplo, rechazando el pecado y uniendo tu propia voluntad, en todo, a la Divina Voluntad, confiando en que el Justo Juez te dará la vida, porque no buscas hacer tu voluntad, sino la suya.
Santifica tu trabajo haciendo todos tus quehaceres, tus deberes, las grandes y pequeñas cosas de la vida ordinaria, por amor de Dios, uniendo los frutos de tu trabajo a la ofrenda del vino y el pan en el altar, para que sean transubstanciados en la vida, que es el cuerpo y la sangre de Cristo, por quien has sido justificado y salvado, para la vida eterna de su resurrección».
