DOMINGO IV DE CUARESMA (Jn 9, 1-41)
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 26
Acompañemos a María a contemplar, al pie de la cruz, al único y tres veces santo, Jesucristo, el Hijo de Dios, Rey de reyes y Señor de Señores, que, como cordero llevado al matadero, no abrió su boca, y fue obediente hasta la muerte. Escuchemos en nuestro corazón la dulce voz de nuestra Madre que nos dice:
Hijitos míos: vengan, acompáñenme. Vamos a contemplar la virtud de Jesús durante su pasión, su crucifixión, y hasta la hora de su muerte.
El hombre virtuoso es aquel que obedece a Dios y hace su voluntad en todo, poniendo todo su esfuerzo en hacer todo lo mejor que puede, y haciendo todo por amor de Dios, que es amando a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.
Contemplen conmigo las virtudes heroicas de Jesús en cada uno de sus momentos difíciles, en los que soportaba los tormentos, las burlas, la flagelación, el juicio injusto y la condena, el desprecio del pueblo gritando: ¡crucifícalo!
El camino cargando la cruz, las caídas, el peso sobre su hombro y su espalda, los clavos perforando sus manos y sus pies, la brutal exaltación de la cruz dejando caer el peso de su cuerpo que desgarraba la carne de sus manos y de sus pies.
Las espinas clavadas en su cabeza y el dolor de tantas heridas en todo su cuerpo.
Los golpes en su rostro, el sufrimiento de su Corazón.
Y Él guardó silencio.
Y obediente, perseveró en el cumplimiento de la voluntad de Dios.
Durante su pasión, su crucifixión, y hasta la hora de su muerte, fue probado en todas las virtudes, que cumplió heroicamente.
Contemplen conmigo en cada una de esas virtudes el ejemplo de su padre José, que fue modelo de todas las virtudes también para Él.
Contemplen la humillación de Jesús crucificado, como si fuera un malhechor, un reo, un pecador, y mediten en la vida de José, su padre, que desde antes de nacer lo acogió y dedicó toda su vida a custodiar el tesoro de Dios que era ese niño, y el cumplimiento de la misión a la que había sido enviado.
Y lo educó, lo preparó, lo cuidó, lo guio, lo enseñó, le dio ejemplo para que pudiera llegar hasta ese momento y soportar todo con paciencia y con amor, y perseverar hasta el final en la obediencia a la voluntad de su Padre Dios.
Jesús tuvo el mejor de los maestros, y aquí, en esta cruz, lo demostró.
Porque, aunque asumió todos los pecados de todos los hombres en su carne, haciéndose pecado, Él nunca pecó.
Con esa virtud, con la que consumó su misión, consiguió con su muerte el perdón y la redención para toda la humanidad.
Sus virtudes heroicas le consiguieron la victoria en la batalla contra el pecado, para ganar el mundo para Dios.
Pidan perdón, hijitos, por todos esos miembros de la Iglesia que tienen poder e imponen leyes que los sacerdotes no pueden cumplir sin faltar a la ley de Dios, y que los obliga a combatir en una lucha contra ellos mismos, poniendo a prueba sus virtudes, y decidir si obedecer la ley de los hombres y salvar su vida, u obedecer la ley de Dios, incumpliendo la ley de los hombres, arriesgándose a la condena en este mundo, de la cárcel o de la muerte.
Pidan perdón por todos aquellos que juzgan a un sacerdote injustamente, por los que lo privan de su libertad, y por los que lo condenan a muerte.
Pidan perdón por todos aquellos que no saben reconocer las virtudes de un sacerdote, y muchas veces lo someten a pruebas severas, con la mala intención de que fracasen en su lucha por permanecer en la cruz.
Pidan perdón, porque todo lo que ellos hacen a un sacerdote lo hacen a Jesús.
Son heridas y sufrimientos que Él soporta con virtud en su pasión y en la cruz.
Contemplemos al Hijo de Dios inmolado en la cruz, y a su Madre, que dijo sí siempre, también al pie de la cruz, aceptando en todo la voluntad de Dios. Escuchemos, en nuestro corazón, su voz que nos dice:
Amados míos: contemplen en la cruz el perfecto cumplimiento de la voluntad de Dios, que se manifiesta a través del único sacrificio agradable a Dios para la redención de los hombres. El Hijo único de Dios, inmolado en la cruz, y la Madre del Hijo de Dios, al pie de la cruz, entregándose totalmente a Dios de una vez y para siempre, desde el momento en que la Madre dijo: “Sí, hágase en mí, Señor, según tu palabra”, y el Hijo fue engendrado en su vientre puro e inmaculado, y en esta cruz todo ha sido consumado.
Contemplen el sacrificio del Hijo de Dios, entregando su cuerpo y derramando su sangre, entregándose voluntariamente a la muerte en obediencia al Padre, y contemplen a la Madre que dijo “sí” todos los días de su vida, recibiendo al Verbo encarnado en su vientre, llevándolo nueve meses en su vientre, dando a luz al que es la Luz del mundo, cuidándolo, enseñándolo, protegiéndolo y preparándolo durante toda su vida para este momento, el momento del sacrificio, para dar cumplimiento a la voluntad de Dios, un sacrificio más grande que el del hijo de Abraham.
Y ella, permaneciendo firme, con una fe, disposición, entrega, fortaleza y determinación más grande que la de Abraham, donando a su Hijo en sacrificio, entregándolo en las manos de los hombres, para ser torturado, flagelado, inmolado, crucificado y muerto en la cruz, para cumplir la voluntad del Padre.
Ese “sí” que le dijo al ángel lo sostuvo al pie de la cruz, lo que le mereció que Dios la hiciera Madre de todos sus hijos. No solo una descendencia tan grande como las estrellas del cielo, sino ser Madre de todos los hijos de Dios de todos los tiempos, de todas las generaciones, y el honor de ser coronada Reina de cielos y tierra, porque para eso la creó.
Contemplen en ella el perfecto cumplimiento de la voluntad de Dios, y en su corazón herido y traspasado de dolor el sufrimiento por todos sus hijos, los que no cumplen la voluntad de Dios, y no valoran, por tanto, mi sacrificio redentor.
Pidan perdón por todos aquellos sacerdotes, los que un día dijeron “sí” y fueron configurados conmigo para que se hiciera la voluntad de Dios en ellos, pero después se alejaron de mí, no cumplen la voluntad de Dios, y no participan en mi sacrificio redentor.
Pidan perdón por todos los sacerdotes que no perseveran en el cumplimiento de su misión y no le entregan su voluntad a Dios, para que Él haga sus obras a través de ellos, que es para lo que han sido creados, para lo que han sido consagrados desde antes de nacer, para lo que han sido llamados, para lo que han sido elegidos y ungidos.
Pidan para ellos la intercesión de mi Madre, la llena de gracia y medianera de todas las gracias, para que se conviertan, y haciendo la voluntad de Dios alcancen su santificación y la de todo el pueblo de Dios, para que en ellos se consume mi misión redentora y sea la voluntad del Padre en cada hombre, que es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad.
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
