18/02/2026

Jn 4, 43-54 - Contemplación de la Cruz 27 - Cuaresma

LUNES IV DE CUARESMA (Jn 4, 43-54)

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 27

Contemplemos el Sagrado Corazón de Jesús, traspasado por la lanza, del que ha salido abundante sangre y agua, como un mar de misericordia, que nos libera y nos consigue la vida eterna. Acompañemos a María, y escuchemos en nuestro corazón su dulce voz que nos dice:

  

Hijitos míos:  acompáñenme. Vamos a contemplar el cuerpo de mi Hijo Jesucristo pendiendo de la cruz, y su sangre derramada hasta la última gota.

Contemplen su cuerpo vacío, sin vida.

El Rey ha muerto, y con su muerte se ha llevado mi alegría. Pero me queda la fe, la esperanza y el amor.

Confío en que cumplirá su promesa de resurrección. Y, mientras tanto, permanezco en oración, adorando su cuerpo y su sangre hasta que vuelva.

Contemplen la herida de su costado. Su Corazón sagrado ha sido traspasado por una lanza, y al momento ha derramado sangre y agua en abundancia, que se ha transformado en un mar de misericordia, para inundar de su divina gracia los corazones de todos los hombres.

La misericordia del Señor ha sido derramada, a través de su preciosa sangre, para el perdón de los pecados de los hombres. Y, sin embargo, no tendrá eficacia sino hasta que sea administrada por los sacerdotes, porque esa es la voluntad de Dios.

Contemplen el Corazón abierto de Jesús, que ha sido expuesto al mundo. Ese Corazón sagrado que latió dentro de mí mientras se gestaba en mi vientre inmaculado.

Contemplen ese Corazón expuesto en medio del silencio. Sus latidos han cesado, pero volverá a latir. Un Corazón que ha sufrido tanto, que ahora está en calma, pero que volverá a sufrir por las ofensas que le causarán todos aquellos que, a pesar de verlo resucitado, no creerán.

Contemplen el Corazón de Dios en el cuerpo inerte de un hombre que también es Dios, y contemplen en ese Corazón muerto la destrucción de todo pecado venial y de todo pecado grave, incluyendo el pecado original.

Contemplen las cadenas rotas de la esclavitud del pecado con las que los hombres habían sido atados al mundo y que los llevaban a su  propia condenación, y compartan mis sentimientos y mi esperanza de la vida de la resurrección.

Pidan perdón, hijitos, por todos los miembros de la Iglesia que hieren el corazón de un sacerdote con mentiras, con engaños, con desprecios, con faltas de respeto, con faltas de caridad.

Pidan perdón por todos aquellos miembros de la Iglesia que cometen sacrilegios contra la Sagrada Eucaristía, y lastiman profundamente los corazones de los sacerdotes.

Pidan perdón por todos aquellos que no aceptan y no reciben las gracias derramadas de la cruz a través de la misericordia de los sacerdotes que administran los sacramentos, porque no quieren, porque no creen, o porque no tienen las disposiciones necesarias.

Pidan perdón por aquellos miembros de la Iglesia que comulgan en pecado mortal y causan una profunda herida en el Corazón de Cristo, como la herida de la lanza con la que fue atravesado en la cruz.

 

 

Agradecidos, contemplemos al Hijo de Dios derramando su misericordia en la cruz, y recibamos su paz. Escuchemos, en nuestro corazón, su voz que nos dice:

 

Amados míos: contemplen la compasión y la misericordia de Dios en este rostro desfigurado, no con lástima, sino con agradecimiento y con amor, permitiendo que en ustedes despierte un sentimiento de arrepentimiento y de dolor por esos pecados que he asumido como heridas en mi cuerpo, para perdonar, para redimir, y para salvar a la humanidad.

Contemplen en esta cruz la misericordia de Dios que se adelanta a su justicia. Yo no vine a condenarlos, aunque por sus culpas merezcan la muerte. Yo vine a buscar a los pecadores para perdonarlos y decirles: “Yo te amo, te perdono, no te condeno. Vete en paz, y no vuelvas a pecar”, y para asumir las culpas de esos pecados y la condena que merecen, entregando mi vida en manos de los pecadores, para con mi muerte destruir el pecado y la muerte, y para darles vida nueva en mi resurrección.

Arrepiéntanse de sus pecados, y crean en el Evangelio.

Pidan perdón por los sacerdotes que no tienen compasión con el pecador, que lo juzgan y lo condenan, y no actúan como yo. Ejercen su autoridad para corregir, pero no tienen piedad.

Pidan perdón por los sacerdotes que no se reconocen a sí mismos pecadores, que acusan a los hombres malvados, y ellos no saben ver sus propios errores.

Pidan perdón por los sacerdotes que juzgan, critican, difaman, hacen chismes, y causan escándalo, levantando falsos juicios a los que se equivocan; los miran con desprecio y no con compasión, se alejan de ellos y los dejan morir con el alma manchada de pecado.

Pidan perdón por ellos y pidan gracias de conversión para ellos, porque yo les aseguro que ellos cargarán con esos pecados y me rendirán cuenta de todo lo que no perdonaron, y la misericordia derramada de mi cruz que no administraron.

 

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!