18/02/2026

Contemplación de la Cruz 29 - Cuaresma

MIÉRCOLES IV DE CUARESMA

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 29

Contemplemos al Rey del Universo vestido de su preciosa sangre, crucificado, dando la vida por su pueblo, soportando todo por amor. Reparemos su Sagrado Corazón, acompañando a María al pie de la cruz. Escuchemos en nuestro corazón su dulce voz que nos dice:

  

Hijitos míos: acompáñenme. Vamos a contemplar la sangre derramada de mi Hijo en la cruz.

Contemplen el pecado asumido en su carne.

Contemplen al Hijo de Dios hecho pecado.

Cada herida de su cuerpo flagelado, torturado, martirizado, golpeado, lastimado, es un pecado cometido una y otra vez por muchos pecadores en todos los tiempos.

Contemplen la sangre que brota del interior del cuerpo del Hijo de Dios, que fluye y se derrama cubriendo todo su cuerpo, lavando cada herida, limpiando cada mancha, purificando todo lo impuro, que Él –el único y tres veces santo, la pureza absoluta que jamás cometió pecado–, asumió como suyo, para expiarlo en la cruz, para destruirlo con su muerte, y para con su sangre limpiar, purificar y renovar a toda la humanidad, lavando su cuerpo y dejándolo totalmente purificado, para ser bajado de la cruz tal y como es: perfecto, puro, santo, limpio de toda mancha, perfectamente lavado y purificado con su bendita y preciosísima sangre.

Contemplen cómo esa sangre ha escurrido por todo su cuerpo y ha sido derramada sobre la tierra, ha empapado la tierra para renovarla y hacer nuevas todas las cosas.

Contemplen al pie de esa cruz a los sacerdotes recogiendo esa purísima y bendita sangre en el cáliz del que han de beber, junto con Él, participando de la misma misión redentora, llevando a cada  alma, a través de los sacramentos, su misericordia, para aplicar la eficacia de la cruz, que es la purificación y la salvación de las almas de los arrepentidos, que son los que aceptan el sacrificio de Cristo como medio único de salvación.

Pidan perdón, hijitos, por aquellos miembros de la Iglesia que no aceptan la salvación de Jesús a través de las manos de los sacerdotes.

Pidan perdón por los que desprecian la bendición de un sacerdote y por los que no aceptan la administración de los sacramentos, y no reciben la gracia derramada de la sangre preciosa de Jesús en la cruz.

Pidan perdón por los que desprecian el trabajo y la labor pastoral de un sacerdote, despreciando al mismo Cristo que a través de ellos quiere servirlos.

Pidan perdón por los que son responsables, autores intelectuales o materiales, de la sangre derramada de un sacerdote.

 

 

Contemplemos a Jesús en la cruz, aprisionado entre clavos y madera para darnos la libertad. Agradezcamos cada sufrimiento, cada gota de su bendita sangre derramada, y pidamos la gracia de enfrentar las dificultades de la vida con serenidad y paz, como Él. Escuchemos, en nuestro corazón, su voz que nos dice:

 

 

Amados míos: contemplen la cruz, y en ella, al Crucificado, y crean que Yo Soy.

Crean que he sido enviado por el Padre del cielo que tanto los ha amado, que les ha revelado la verdad a través de mi humanidad, para que puedan comprender la divinidad que se manifiesta en el mundo a través del amor y de la misericordia del Hijo de Dios, del Mesías, del Libertador, del Redentor que ha venido a salvarlos de la muerte, liberándolos de las cadenas del pecado, para que sean verdaderamente libres, y elijan con libertad, y por su propia voluntad, creer en mí, que soy la única verdad, y seguirme a través de la cruz a la gloria de mi Padre, o cerrar sus ojos y sus oídos, rechazando la verdad, para seguir viviendo en la mentira y en el pecado que los arrastra a la muerte.

Crean que en esta cruz ya todo está consumado, pero cada hombre debe creer y aceptar la verdad que se les ha revelado, para que se aplique en cada uno la eficacia de mi sacrificio en la cruz, porque yo he venido a salvarlos amándolos hasta el extremo, con amor verdadero, que se dona y que espera ser correspondido en total libertad, porque el verdadero amor es en esencia libre.

Yo les doy la libertad derramando mi sangre en la cruz, para que alcancen la plenitud del amor, que es libre.

Pidan perdón por los sacerdotes que me honran con sus labios, pero sus corazones están lejos de mí, porque, aunque yo los he llamado para ser mis siervos y ellos han dicho “sí”, los he ungido, les he dado mi poder, los he configurado conmigo y los he llamado amigos; conservan su libertad y pueden elegir permanecer conmigo y creer en mí, o rechazarme, traicionarme, y alejarse de mí.

Pidan perdón por los sacerdotes que no enseñan la verdad, sino que engañan a mi pueblo con mentiras, con falsas doctrinas que imponen en mi nombre y que los encadenan y los hacen esclavos de sus propios pecados, conduciéndolos al abismo de la muerte seducidos por el diablo. Ellos no viven en la verdad, y someten a mi pueblo para su beneficio personal hiriendo profundamente mi corazón.

Pidan perdón por los sacerdotes que viven en medio del activismo y no se detienen ni un momento en el día para orar y adorar, ni siquiera para celebrar la Santa Misa, o si lo hacen, no ponen su corazón en el altar.

Ellos no creen en mí, no conocen la verdad, porque si lo hicieran, buscarían y encontrarían tiempo para orar y para adorar al único Dios verdadero que ellos mismos, por el poder de sus manos, hacen bajar del cielo.

Ellos viven esclavizados al trabajo y a los quehaceres; no son verdaderamente libres, porque no conocen la verdad. Aunque la verdad se les ha revelado, no han querido ver, no han querido escuchar, no han querido entender, y no han aprendido a amar.

Pidan la conversión de los sacerdotes que aún no se deciden a creer en mí, a abandonarse totalmente en mí y a seguirme. Pidan para que reciban la gracia de disponer el corazón para que el conocimiento de la verdad los haga verdaderamente libres. 

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!