18/02/2026

Contemplación de la Cruz 31 - Cuaresma

VIERNES IV DE CUARESMA

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 31

Contemplemos a Jesús en su dolorosa pasión, injustamente flagelado, brutalmente torturado, despiadadamente humillado. Acompañemos a María compartiendo el sufrimiento de su Inmaculado Corazón. Escuchemos en nuestro corazón la dulce voz de la Madre del Hijo de Dios que nos dice:

 

Hijitos míos: acompáñenme.

Vamos a contemplar el cuerpo flagelado de Jesús.

Contemplen esas heridas tan numerosas que no pueden contarse, que son latigazos llenos de odio y de furia, castigando a un inocente.

¿Qué daño ha hecho?

¿Por qué le pegan?

Abren su carne, se derrama su sangre.

¡Cuánto sufrimiento!

¡Cuánto dolor!

Lo golpean con fuerza, pero no hay razón. Jesús es el bien y los malvados ejercen el mal sobre Él.

Lo odian, lo desprecian, lo torturan porque Él es bueno, y el malvado no soporta la bondad.

Contemplen en ese cuerpo bendito y puro el horror del pecado que cometen los hombres malvados.

Contemplen la sangre inocente que brota de cada herida, y contemplen el rostro del Cordero de Dios que guarda silencio, soportando todo por amor, aceptando la voluntad de su Padre, que salva a su pueblo redimiéndolo a través del sufrimiento, de la pasión y de la cruz de su Hijo Jesús y de Él mismo, porque el Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre, y el Padre y el Hijo son uno.

Contemplen a los sacerdotes flagelados con Jesús por el látigo de la indiferencia del mundo, por los golpes de quienes los persiguen, los acusan y los juzgan injustamente, los azotan con el látigo del desprecio, tan solo porque son sacerdotes, porque no es a ellos, sino a Cristo a quien persiguen.

Pidan perdón por los miembros de la Iglesia que participan en actos de violencia contra los sacerdotes.

Pidan perdón por los que los tratan con indiferencia o con  desprecio.

Pidan perdón por aquellos que no valoran el sacrificio, la entrega, el servicio y el bien que hace a la comunidad un sacerdote.

Pidan perdón por los que presumen de ser cristianos, pero no reconocen a Cristo en los sacerdotes.

 

 

Contemplemos a Jesús crucificado, compadeciendo el dolor más grande de su Corazón: el sufrimiento que le causan las lágrimas de su Madre, derramadas al pie de la cruz, compartiendo el sufrimiento de Él. Escuchemos, en nuestro corazón, su voz que nos dice:

 

Amados míos:  contemplen a mi Madre al pie de la cruz.

Contemplen y compadezcan el dolor de mi Corazón al verla sufrir por mí, mientras desde esta cruz le entrego a su cuidado a todos los hijos de Dios, representados en el hijo que permanece valiente, firme y fiel al pie de mi cruz, mi discípulo amado, y a él le entrego a mi Madre para que la acompañe, la lleve a vivir con él a su casa.

Contemplen ese doloroso e inmaculado corazón atravesado por una espada de dolor, y abierto para acoger a todos los hijos de Dios, también a los incrédulos, a los blasfemos, a los que me crucifican, porque, al acoger a tantos hijos como verdaderos hijos, acepta ser Madre de la humanidad pecadora, para interceder por cada uno de sus hijos, para que acepten los beneficios de mi sacrificio en la cruz, se conviertan, crean en mí y se salven.

Contemplen los ojos de mi Madre cansados y su rostro demacrado por tantas lágrimas derramadas.

Contemplen su doloroso corazón que sufre, no solo por ver a su Hijo crucificado, sino a su Dios desterrado del mundo; y que sufre por cada hijo pecador que, a pesar de mi sacrificio y de haber sido redimidos, no se convierten, cierran los ojos para no ver, los oídos para no oír, y no quieren creer en mí, para no comprometerse a cambiar de vida, renunciando a las comodidades y placeres del pecado.

Contemplen mi sangre derramada, que empapa la tierra, unirse a las benditas y abundantes lágrimas de mi Madre que caen en la tierra, y contemplen por esas benditas lágrimas, unidas a mi sangre, la misericordia de Dios que se derrama sobre todos sus hijos, concediéndole el don –por los méritos de su maternidad  divina y los dolores de su corazón, unidos a los méritos de los sufrimientos de mi pasión–, de la omnipotencia suplicante, por la que todo lo que ella pida le concede Dios.

Contemplen el dolor del corazón de Juan, junto a mi Madre, al pie de mi cruz, y contemplen en esos sufrimientos los sufrimientos de mi doloroso Corazón, porque él tiene un corazón como el mío. Contemplen en él los sufrimientos de mis sacerdotes.

Pidan perdón por aquellos sacerdotes que no permanecen al pie de mi cruz, por aquellos sacerdotes que no acompañan a mi Madre y no la llevan a vivir con ellos.

Pidan perdón por aquellos sacerdotes que no viven en la verdad y no predican con sus obras la verdad. Aunque prediquen la verdad con sus palabras, si son incongruentes sus obras con su predicación, no les creerán.

Pidan perdón por los sacerdotes que ofenden a Dios causándole al Corazón Inmaculado de mi Madre mucho dolor.

Pidan la conversión de los corazones de los sacerdotes incrédulos, de los que no permanecen al pie de mi cruz, de los que no dicen la verdad, no predican la verdad y no viven en la verdad, para que se conviertan, y haciendo mis obras, cumplan con su misión y se santifiquen, porque la conversión de mis sacerdotes repara mi sagrado y doloroso Corazón, y alivia, alegra y glorifica el Inmaculado Corazón de María.

Acompañen a mi Madre y alegren su corazón, ofreciendo sus vidas por la conversión y santificación de mis sacerdotes. 

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!