18/02/2026

Contemplación de la Cruz 32 - Cuaresma

SÁBADO IV DE CUARESMA

Desde el Corazón de María al pie de la Cruz

Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma

María Beatriz Arce de Blanco

Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación

CONTEMPLACIÓN DÍA 32

Acompañemos a María, contemplando los pies de Jesús, siguiendo sus pasos que nos llevan a la cruz. Escuchemos en nuestro corazón la dulce voz de la Madre del Hijo de Dios que nos dice:

 

Hijitos míos: acompáñenme a contemplar los benditos pies de mi Hijo Jesús.

Miren cómo han sido torturados e inmovilizados en la cruz.

Miren cómo brota su sangre bendita por tantas heridas en sus pies hinchados, amoratados.

Miren sus dedos lastimados.

Miren esos pies empapados de la sangre que brota desde su cabeza y se derrama por su rostro, por su pecho, por sus piernas, y moja sus pies hasta llegar al suelo y empapar la tierra que pisaron esos benditos pies.

Contemplen esos pequeños pies que sentí moverse llenos de vida en mi vientre.

Contemplen esos pies de bebé que yo contemplé y admiré desde que acababa de nacer. Eran los pies de Dios hecho niño, ¡y eran tan perfectos!

Contemplen esos pies que aprendieron a caminar y a sostener su cuerpo.

Contemplen sus primeros pasos, y luego contemplen esos pies corriendo.

¡Hermosos y benditos los pies que corren por los montes  llevando buenas noticias!

Contemplen esos pies caminando largas distancias, llevando la Palabra de Dios a todos los pueblos.

Contemplen esos pies caminando, jugando, corriendo.

Contemplen sus pies caminando entre la gente, buscando a los pecadores, haciendo milagros, curando a los enfermos, expulsando demonios, multiplicando el alimento para dar de comer a multitudes.

Contemplen esos pies que navegaron, que trabajaron, que caminaron sobre el agua.

Contemplen esos pies cansados de tanto caminar, dejando huella para que sus apóstoles y sus discípulos lo siguieran.

Contemplen esos pies cansados, encadenados, sufriendo humedad y frío en el suplicio del calabozo.

Contemplen esos pies sufriendo el dolor de los golpes de los látigos, de las torturas a las que fue sometido mientras esperaba ser juzgado y condenado a muerte.

Contemplen esos pies heridos, hinchados por los golpes, lastimados, soportando el peso de la cruz y el peso de Jesús al levantarse de sus caídas.

Contemplen esos benditos pies obedientes conduciendo al Cordero de Dios hasta el Monte de la Calavera, lugar de muerte.

Contemplen esos pies ser traspasados por el fuego de dolor del filoso fierro, para ser al madero clavado.

Contemplen sus pies sosteniendo el peso de su cuerpo en la cruz hasta la muerte.

Contemplen en esos pies los pies cansados de los sacerdotes, de tanto caminar llevando el Evangelio a todo el mundo, trabajando arduamente, cumpliendo sus ministerios muchas veces sin contar con medios suficientes y adecuados.

Contemplen los pies adoloridos de los sacerdotes que pasan largas horas de pie o recorriendo largas distancias.

Contemplen los pies entumecidos de los sacerdotes que pasan largas horas inmóviles en la cruz de los confesionarios.

Contemplen esos hermosos pies que le prestan a Cristo para llevar la buena nueva al mundo entero.

Pidan perdón, hijitos, por aquellos miembros de la Iglesia que truncan los pasos  de un sacerdote.

Pidan perdón por aquellos que les ponen obstáculos a los sacerdotes en el camino y los hacen tropezar.

Pidan perdón por aquellos que no siguen los pasos de los sacerdotes y andan solos, y se pierden, no se dejan por ellos ayudar, causándoles gran cansancio cuando los salen a buscar, y los buscan y los encuentran, pero después, despreciándolos, otra vez se van.

Pidan perdón por aquellos que siguen muy de cerca los pasos de los sacerdotes para acosarlos, para hostigarlos, para calumniarlos, para difamarlos, para crucificarlos.

 

Contemplemos al Hijo de Dios, nuestro libertador crucificado, inmovilizado entre fierro y madera. Escuchemos, en nuestro corazón, su voz que nos dice:

 

Amados míos: contemplen mis manos y mis pies crucificados, unidos e inmovilizados al madero por grandes y filosos clavos de hierro.

Contemplen a su Rey exaltado en esta cruz para congregar en la unidad a todos los hijos de Dios, para que todos sean uno conmigo, y, muriendo conmigo al mundo y al pecado, resuciten conmigo a una vida nueva, a una vida eterna, que es por eso que he sido enviado para rescatarlos, para salvarlos, para abrir las puertas del Paraíso para todos los hijos de Dios.

Pidan perdón por los sacerdotes que no permanecen en la cruz, por los que se alejan de mí, y por su pecado fomentan la división de los hijos de Dios en la Iglesia a la que yo los he llamado, provocando cisma y destrucción de ellos mismos, de sus fieles; y en lugar de obrar los prodigios que yo les mando en mi nombre, causan escándalo con sus malas obras y dispersan a las ovejas, como si fueran lobos en medio de ellas, y no pastores.

Pidan perdón por aquellos sacerdotes que tienen miedo de reconocer mis prodigios y pretenden dirigir a la Iglesia de modo ordinario, tratando con escepticismo y con desprecio los prodigios y obras extraordinarias que yo realizo a través de los más pequeños, a los que yo elijo para que los incrédulos crean, los pecadores se arrepientan, y todos los hijos de Dios vuelvan a la unidad conmigo en un solo pueblo y con un solo pastor.

Pidan la gracia que mis sacerdotes necesitan para tener el valor de obrar prodigios en mi nombre, de reconocer la belleza extraordinaria y verdadera de las manifestaciones divinas de mi presencia viva en medio del mundo.

Pidan las gracias que necesitan para que perseveren extendiendo sus brazos conmigo en la cruz y para que crean que yo los he llamado, no para que sean mil hombres trabajando y dando la vida por su Señor, sino para que comprendan que han sido llamados para que todos seamos uno, Cristo, quien da la vida muriendo en la cruz.

Un solo hombre. Un mismo espíritu.

Un solo hombre y Dios verdadero, para congregar a la unidad en la unidad a todos los hijos de Dios, porque para eso los he ungido y los he configurado conmigo, y sean ustedes instrumentos de unión, permaneciendo perseverantes con mi Madre en la oración.

Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:

 

Señor Jesús:

    Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.

Por todos los que los injurian.

Los que los lastiman.

Los que se burlan de ellos.

Los que los odian.

Los que los asesinan.

Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.

¡Perdón, Señor, perdón!

¡Perdona a tu pueblo, Señor!

¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!