DOMINGO V DE CUARESMA
Desde el Corazón de María al pie de la Cruz
Para Madres Espirituales y Custodios de Sacerdotes en Tiempo de Cuaresma
María Beatriz Arce de Blanco
Tiempo de oración, contemplación, perdón, conversión, reparación
CONTEMPLACIÓN DÍA 33
Acompañemos a María, contemplando a Jesús, mientras carga su pesada cruz en el camino al Calvario. En este Via Crucis escuchemos en nuestro corazón la dulce voz de la Madre del Cordero de Dios que nos dice:
Hijitos míos: vengan conmigo. Acompáñenme.
Vamos a contemplar a Jesús cargando su cruz camino al Calvario.
Contemplen el peso de la cruz, que debiendo sostener todo su cuerpo, es más grande que Él, más pesada que Él.
Pero miren su tenacidad y su fortaleza de espíritu. Pone todo su corazón en cumplir su misión de redención.
Pero miren cómo lo sorprende el darse cuenta de su debilidad, de su fragilidad, de sus pocas fuerzas bajo el peso de la cruz, cuando cae por primera vez, y se levanta, y continúa.
Han pasado muchas horas desde su captura, desde el inicio de su Pasión. Ha sido maltratado, ha sido flagelado, ha sido torturado.
Está débil, adolorido y cansado.
Mucha sangre ya ha derramado, y sigue brotando de sus heridas abiertas.
Aún le falta largo camino para llegar al lugar del martirio.
Sigue caminando entre los gritos desesperados de los demonios, que intentan disuadirlo de su misión, tentándolo, burlándose, maldiciéndolo, blasfemando, porque saben que el sacrificio del Hijo de Dios será para ellos su destrucción.
Contemplen su silencio y su concentración, ajeno al ruido, atento en su camino, evitando cualquier distracción.
Está orando, caminando con paso firme, ayudado de la gracia de Dios, soportando todo con paciencia, entregándose a la voluntad de su Padre por amor.
Sus pensamientos están fijos en el deseo de glorificar a Dios.
Pidan perdón, hijitos, por todos aquellos miembros de la Iglesia que intentan disuadir a un sacerdote del cumplimiento de sus promesas y de su misión.
Pidan perdón por los que los hacen caer en tentación.
Pidan perdón por los que no respetan la dignidad de un sacerdote.
Pidan perdón por los miembros de la Iglesia que ponen cargas tan pesadas a los sacerdotes, y provocan que se debiliten sus fuerzas, y que caigan en la enfermedad o en el pecado, y no los ayudan a levantarse.
Contemplemos el misterio de la Pasión de nuestro Señor, cada momento, cada sufrimiento, cada dolor, acompañando a María, permaneciendo como ella, siempre junto a Él. Escuchemos, en nuestro corazón, su voz que nos dice:
Amados míos: contemplen mi Pasión rezando los Misterios Dolorosos del Santo Rosario, acompañando a mi Madre en cada misterio, participando como si estuvieran allí, doliéndose verdaderamente de mis sufrimientos, ofreciendo su vida acompañando a María, como lo hizo ella, a través del servicio a Dios, sirviendo a los sacerdotes, haciéndoles llegar la misericordia que necesitan, la compañía, la oración y los medios materiales y espirituales, para que vivan conmigo mi Pasión, a través del cumplimiento de sus ministerios.
Acompañar a un sacerdote es llevarle la compañía de María, de la Madre que nunca abandona. Su misericordia, su ternura, su amor, y las gracias que cada uno necesita para perseverar en su misión, en su entrega de vida en la cruz de cada día, participando de mi misión redentora, a través de la administración de los sacramentos, de la evangelización, de la caridad, del ejemplo con buenas obras, y de la oración, expiando los pecados de mi pueblo, dándoles nueva vida, haciéndolos partícipes de mi resurrección.
Pidan perdón por los sacerdotes que no viven mi Pasión, que no se entregan conmigo en la cruz, que no mueren al mundo renunciando a todo, hasta a sí mismos, y no me siguen.
Pidan perdón por los que no perseveran en el cumplimiento de su misión y no cargan su cruz, sino que la desprecian, y hacen que otros la lleven por ellos.
Pidan perdón por los sacerdotes que no viven con devoción los días santos, sino por obligación.
Pidan perdón por los sacerdotes que me aclaman como Rey en las celebraciones, en las fiestas, en la Santa Misa, pero después, con sus pecados, me crucifican.
Pidan perdón por los sacerdotes que, en lugar de servirme, se sirven a sí mismos.
Pidan la gracia que mis sacerdotes necesitan para convertirse, para vivir con verdadera fe y entrega mi Pasión y mi cruz, ejerciendo sus ministerios con celo apostólico y con amor, conduciendo a mi pueblo a la vida nueva de mi resurrección, y se comporten de tal manera que, cuando sus fieles los vean, aclamen al cielo con fuerte voz: «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!»
Demos gracias, y pidamos al Espíritu Santo que, como fruto de esta contemplación, nos conceda abundantes gracias para nuestras almas, y nos fortalezca para perseverar acompañando a María, todos los días, al pie de la cruz de cada uno de nuestros hijos espirituales sacerdotes, reparando con nuestro amor y nuestras obras el Sagrado Corazón de Jesús, suplicando:
Señor Jesús:
Por todos los miembros de tu Iglesia que persiguen a tus sacerdotes.
Por todos los que los injurian.
Los que los lastiman.
Los que se burlan de ellos.
Los que los odian.
Los que los asesinan.
Los que los lastiman solo porque son sacerdotes, solo porque te representan.
¡Perdón, Señor, perdón!
¡Perdona a tu pueblo, Señor!
¡Ten misericordia de nosotros, que hemos pecado!
